“Pablo Escobar, la cocaína, y el gobierno cubano”

pablo“¿Qué significaría la muerte de Pablo Escobar? ¡Nada! ¡Absolutamente nada, todo seguiría como antes!”. Con esta frase de Arcángel, el periodista Alonso Salazar J., culmina su libro “La parábola de Pablo”; un excelente acercamiento al “auge y caída  de un gran capo del narcotráfico”, y cito textual lo afirmado en la portada de la edición que, ávidamente, consumí en apenas 4 noches, a pesar de mi escaso tiempo.

La investigaciones del colega Alonso Salazar J. tuvieron su colofón en el año 2003, cuando le fue otorgado el Premio Planeta, 2003, con el título “Vida y muerte de Luis Carlos Galán”, candidato a la Presidencia de Colombia por el partido liberal, abatido por sicarios, el 18 de agosto de 1989, en la localidad de Soacha sita en el  sur de Bogotá, sufragados económicamente, además, por Pablo Emilio Escobar Gaviria; todos, un alevoso crimen que conmocionó al pueblo colombiano, que cifró esperanzas de cambio en la víctima mortal, un repudiable hecho que privó de la existencia terrenal a quien daban por sentado iba a ocupar la Presidencia de Colombia en el período comprendido entre 1990 y 1994. Cito lo anterior, para asegurar, públicamente, que le otorgo un voto de confianza en la información que Salazar J. expone en la compilación que sirvió de base para la producción televisiva vista, en Paraguay, primero partiendo de copias piratas vendidas en cualquier punto del país, y, actualmente, por las frecuencias de canal 9, SNT Cerro Corá, en horario nocturno.

Al concluir la lectura, releí, una y otra vez, lo expuesto en las páginas 186, 187, 226, y 227. Es algo que sospechaba, imaginaba, había procesado a medias, pero no había confirmado; ya lo hice, con datos y detalles, y no a través de un intelectual cubano, radicado fuera de las fronteras de la isla, obviamente, que, a pesar la seriedad que se le pueda comprobar, queda la duda de que exista algún vestigio de despecho: ¿Será o no?, suelen afirmar algunos incrédulos. En el caso de Alonso Salazar J., insisto, periodista colombiano, no sucede; su condición de escritor extranjero lo exime de ser “un escritorcito de mierda pagado por el imperio revuelto y brutal”, como acostumbra el régimen cubano a tildar a quiénes han osado cuestionar sus férreos métodos de gobierno.

“Pablo se había conectado con oficiales cubanos que le permitían operar a través de la isla- punto geográfico estratégico para el envío de cocaína a Estados Unidos-, por eso se sorprendió cuando uno de sus hombres en Panamá le anunció que otro oficial cubano, un Capitán Martínez de las Fuerzas Armadas Revolucionarias quería plantearle negocios (Alonso Salazar J. refiere al Capitán Jorge Martínez Valdés, ayudante del General de División Arnaldo Tomás Ochoa Sánchez, ambos oficiales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, FAR). En la reunión con Martínez, Pablo dijo que ya había realizado operaciones con oficiales cubanos. De regreso a La Habana, Martínez le informó al General Arnaldo Ochoa, un veterano oficial del ejército, héroe de la revolución, miembro del Comité Central del Partido Comunista y, por lo tanto, hombre de alta capacidad operativa. Ochoa sospechaba que quien desarrollaba operaciones con Pablo era Tony de la Guardia- oficial encargado de operaciones encubiertas para romper el bloqueo económico estadounidense-, lo buscó y acordaron trabajar conjuntamente (Alonso Salazar J. refiere al Coronel Antonio de la Guardia Font, oficial del Ministerio del Interior, Jefe del Departamento MC, Moneda Convertible). En abril de 1988, hombre de Pablo, entre ellos Fernando El Negro Galeano, se reunieron en La Habana con estos oficiales. Fueron recibidos en instalaciones militares, transportados en carros oficiales, alojados en casas de lujo, e invitados a recepciones con personalidades como el Ministro de Defensa, Raúl Castro Ruz (Alonso Salazar J. refiere al General de Ejército, y Héroe de la República de Cuba, Raúl Modesto Castro Ruz, actual Presidente cubano). Los oficiales y los hombres de Pablo, en reuniones privadas especularon con fabricar dólares e instalar un laboratorio de coca en Angola. Al regreso a Medellín, los hombres le narraron a Pablo la visita. Por las condiciones en que los habían atendido creían que se trataban de contactos del más alto nivel. Acordaron que desde aviones se bombardeara cocaína en los límites de las aguas jurisdiccionales de Cuba, donde sería recogida por lanchas rápidas que las llevarían a las playas de Estados Unidos. Aspiraban a realizar una operación semanal. Se pagarían mil 200 dólares por kilogramos. Martínez se comprometió a consultar solicitudes planteadas por Pablo, como permitir el paso de armas por la isla, venderle lanzacohetes, y mantener en la isla un avión a su disposición. Ante el fracaso de algunas operaciones de envíos de droga por Cuba, Pablo mandó al Negro Galeano a La Habana a aclarar la situación. Las respuestas de los militares amigos no lo dejaron satisfecho. Envió entonces a Yaír- amigo del Gobierno cubano, para entonces ya retirado del M-19- a poner las quejas a los altos jerarcas. Le afirmaron enfáticamente que desconocían cualquier transacción con narcotraficantes. Fidel Castro negó cualquier contacto de mayor nivel, pero miembros del cartel seguían presumiendo que por lo menos Raúl Castro, cuyo hijo viajaba con frecuencia a Medellín, estaba enterado”.

Reitero, al concluir “La parábola de Pablo”, no me queda, absolutamente, indicios de dudas, de que el gobierno cubano obtuvo regias ganancias en sus transacciones con el cartel de Medellín, liderado por Pablo Emilio Escobar Gaviria. Esas 4 páginas- 186, 187, 226 y 227- de las 413 que abarca la amplia información dada a conocer por el autor, me obligan, indefectiblemente, a retroceder 24 años en la historia.

Recuerdo, mi extrema sorpresa, al leer en la edición del diario Granma, Órgano Oficial del Partido Comunista de Cuba, sobre la detención de Ochoa. La publicación sucedió el día, martes, 13 de junio de 1989; el arresto, del único oficial cubano vencedor en 2 contiendas bélicas en suelo africano, se había producido la noche anterior.

Tras el encarcelamiento de Ochoa- nacido en la ciudad de Cacocum, provincia de Holguín, en el año 1940- se sucedieron otras detenciones, tan sorpresivas, y escandalosas, como la del alto oficial de la FAR, que comenzó a formar de la historia de Cuba cuando, con apenas 15 años, se unió al ejército rebelde bajo las órdenes de Camilo Cienfuegos Gorriarán. Apresados, además, Ochoa, Martínez, los hermanos Antonio y Patricio de la Guardia, Amado Padrón Trujillo, comenzó lo que se conoce, en la isla y el orbe, como la “Causa #1 de 1989”.

De los mencionados anteriormente, solo Patricio de la Guardia Font, General del Ministerio del Interior, y hermano gemelo de Antonio, no resultó fusilado- a Patricio y “Tony” se les conocía como los “Twin”, gemelo en inglés; una fuente que pidió no ser identificada me reveló que ellos disfrutaban el término. Ochoa, Martínez, “Tony”, y Padrón Trujillo- tras concluir el proceso judicial que los condenó a muerte- fueron ejecutados en la madrugada del día 13 de julio de 1989, aproximadamente a las 02.00am, por un pelotón liderado por el Coronel Luis Mesa, en un potrero sito en las cercanías de la ciudad de Baracoa, entonces provincia Habana. Las últimas voluntades, por así decirlo, de Arnaldo Tomás Ochoa Sánchez, al que le fueron retirados los grados de General y los títulos honoríficos, fueron: ser fusilado en el último turno- afirman que alegó que quería ver morir “a la puta de ‘Tony’ de la Guardia”-, algo que le fue concedido; pidió, también, no ser amarrado ‘al palo’ donde suelen atarse los que van a ser ejecutados, algo que también le fue concedido; solicitó que sus ojos no fuesen vendados, deseo que pudo cumplir; y, finalmente, quiso ordenar su propio fusilamiento, algo que le fue denegado, porque, según comentarios bien fundamentados, “históricamente eso solo se le permiten a los héroes, y él había dejado de ser un héroe, para convertirse en un traidor”.

Tras este extenso recuento, me surge una reflexión final: La “Causa #1 de 1989”, tristemente, culminó con la condena a muerte, por fusilamiento, de 4 oficiales cubanos- y no menciono a aquellos que, involucrados, recibieron largar condenas; por ejemplo, Patricio de la Guardia Font, General del Ministerio del Interior, le fue impuesta una sanción de 30 años de privación de libertad. La “Causa #1 de 1989”, entonces dio paso a la “Causa #2 de 1989”, donde fueron procesados José Abrantes Fernández y Pascual Martínez Gil, ambos Generales de División, que ocupaban los cargos de Ministro y Viceministro del Interior, respectivamente. Abrantes fue condenado a 2 décadas de reclusión, mientras que “Pascualito” recibió 12 años de privación de libertad. Para el gobierno cubano era inadmisible que 2 militares, de alto rango, ocupantes de puestos, también de alto rango, estuviesen ajenos a todo el tráfico que concretaba en las filas de las fuerzas del orden, entidad que lideraban. Es cierto, el Coronel “Tony” de la Guardia y el mayor Amado Padrón Trujillo, oficiales del Ministerio del Interior, MININT, estaban involucrados, hasta niveles insospechados, en las relaciones del gobierno cubano con el cartel de Medellín; pero es cierto también que el General de División, y Héroe de la República de Cuba, Arnaldo Tomás Ochoa Sánchez, y el Capitán Jorge Martínez Valdés, ambos oficiales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, FAR, también estaban comprometidos, idénticamente, hasta niveles insospechados, insisto, en los turbios manejos por los que fueron condenados a muerte. Mi pregunta, para concluir, es: Si se procesó al General de División José Abrantes Fernández, entonces Ministro del Interior, ¿por qué no hubo ni la más muestra de condena contra el General de Ejército Raúl Castro Ruz, entonces, y por muchos años, Ministro de Defensa?

Solo me resta agregar que el General de División José Abrantes Fernández, Ministro del Interior entre 1985 y 1989, murió, el 21 de enero de 1991, estando privado de su libertad en la cárcel de Guanajay. Fue acusado de abuso de cargo, negligencia en el servicio, uso indebido de recursos financieros, y ocultamiento de información. Testigos dan fe de que Abrantes sufrió, en su celda, un ataque al corazón, mientras hacía ejercicios. Sospechan que los custodios del penal demoraron su traslado a un centro hospitalario, alegando esperar órdenes. “Murió solo, y con mucho miedo; se fue asfixiando paulatinamente, hasta que falleció”, me comentó un amigo vía email. “Lo dejaron morir”.

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