“No me gusta el sexo con mujeres, pero es parte de mi trabajo”

Es día viernes. 02.am. Dispongo mi salida de Bar Rivera, centro nocturno, sito en la populosa calle Estrella entre Alberdi y 14 de mayo, donde, cada jueves, me presento como parte de la orquesta “Conexión Latina”, bajo la batuta del maestro “Riolo” Alvarenga, y, al intentar encaminarme en la búsqueda del lugar donde resido, escucho una voz femenina que detiene mi andar: “Hola, churro, ¿te vas conmigo?”. Solo sé que se hace llamar Monserrat y, que por necesidad imperiosa, según sus propias palabras, ejerce la profesión más antigua que reconoce la historia de la humanidad. Suele suceder que, de las féminas inmersas en ese mundo, despreciable, para no pocos, se tiene un concepto errado, en su mayoría, al desconocerse la génesis de la situación, o las situaciones, que condujeron a quien recurrió, reitero, a esa práctica antiquísima. He aquí la historia que, gustosamente, Monserrat, poseedora de una de las sonrisas más tristes que ser humano pueda mostrar, accedió a narrar, posterior a mi identificación como parte del staff de periodistas digitales de Radio Ñandutí. 

¿Te gusta lo que haces?

“No, señor, por favor, cómo me va a gustar. ¡Claro que no!”

Disculpa si te molestó la pregunta, pero hay algunas que afirman que sí.

“No tengo opción. Acá no hay trabajo, y hay que vivir. Tengo una niña de un año y 4 meses, vive en San Lorenzo con mi abuela. Soy huérfana desde los 5 años, y no tengo otra manera de ganarme. Apenas estudié, apenas sé hacer, porque eso es más fácil desnudarme, abrir mis piernas, y fingir que disfruto; pero de gustarme no me gusta. Si a algunas le gusta, no las critico, a mí no, aunque no niego que es mi trabajo”.

Lo que ganas, ¿te alcanza para vivir?

“Depende, señor. Yo cobro, mínimo, 100 mil guaraníes la media hora, y he estado, a veces, con 10 en una noche; esa noche, por ejemplo, sí valió la pena, pero hay otra que no pasa nada. El cliente y yo vamos a un hotel, que está acá cerca, y paga 20 mil guaraníes el tiempo que está conmigo; o sea, la media hora. Saque la cuenta por 120 guaraníes disfruta él, y yo, entonces, consigo algo para mi niña y mi abuela. Hay clientes que salen de este lugar y me pagan hasta 500 mil guaraníes por estar toda la noche. Me han llegado a pagar un millón 500, y me han llevado a hoteles de lujo, como el Guaraní, por ejemplo”.

¿Qué horario empleas?

“Llego a esta zona sobre las 9 y 9 media de la noche, estoy hasta las 6 de la mañana. Si la noche es buena, me voy antes”.

¿Citas a los clientes en tu casa?

“Antes sí. Antes mis servicios estaban en varias páginas de internet, pero no me funcionó. Ganó más saliendo yo a la calle, que esperando a que los clientes te contacten”.

¿Qué harías y qué no harías? Hablando de sexo, por supuesto.

“Hago de todo, pero nunca voy a estar ni con animal ni con un niño”.

¿A qué te refieres con eso de que haces de todo, Monserrat?

“He estado con un hombre, con 2, con 3, con 4, y hasta con 5, al mismo tiempo; he estado con mujeres, con muchas mujeres; he estado en orgías, he usado drogas… Por ejemplo, hay una señora que trabaja en el Ministerio ese que está en la esquina, y una o 2 veces por semana, voy donde ella, me monto en su auto, muy lindo auto, y me lleva a una casa en San Bernardino, donde vive una amiga, y estoy con las 2. Me pagan bien, por eso lo hago. A mí el sexo con mujeres no me gusta, pero es parte de mi trabajo”.

¿Te han ofrecido hacer algo de eso que no quieres?

“Sí. Una vez, 3 hombres, me llevaron a un lugar donde había una adolescente de cómo 14 años, una niña con cara de niña. Me dijeron que me iban a dar una sorpresa, y la sorpresa era una niña, como te dije. La pobrecita, estaba desnuda, y temblaba como una hoja del susto que tenía. Querían que la iniciara en el sexo con mujeres, pero me negué. Me iban a pagar bien, pero no quise. Pensé en mi niña. Yo pienso mucho en mi niña. No quiero para ella la misma vida que llevo yo. De hecho en mi abuela no sabe que hago esto. Para ella yo soy empleada doméstica en una casa acá, en Asunción”.

¿Qué exigen los clientes?

“Les gustan las rubias, delgadas, que sean limpias, que estén depiladas… Yo, si me ves, te das cuenta de que soy delgada, estoy teñida de rubio… Lo hago para complacer a los clientes, aunque hay otros que les da lo mismo. Esos están con cualquiera. También les gusta mucho sexo con 2 mujeres, o más, y con mujeres y travestis. En esta zona hay muchos también. Si pagan hago lo que me piden, menos, como ya te dije, estar ni con animales ni con niños”.

¿Riesgos que corres?

“Muchos. Ha sucedido que me han llevado a lugares, con la promesa de un buen pago y me han asaltado. Varias veces ya me sucedió. Me han golpeado, y me han quitado el dinero que llevo encima. Una vez me dejaron desnuda allá por el Jardín Botánico. Estuve como 2 horas dentro de un hierbazal, hasta que llegaron unos muchachos que hacían deportes. Me ayudaron desinteresadamente. Me prestaron una camisa ancha y con eso pude taparme y llegar a casa. Por eso ahora siempre ando con este cuchillo encima (Me lo muestra), gracias a dios nunca he tenido la necesidad de usarlo. Y, obvio, no tengo que decirte que todo sexo, incluso el oral, lo hago con preservativo”.

¿A qué te refieres cuando afirmas que te ayudaron desinteresadamente?

“Porque les propuse que, como forma de pago, iba a tener sexo con todos. No quisieron. Parecían buenos chicos. Me prestaron, como te dije, una camisa grande. Bueno, para ser sincera, me la regalaron, porque nunca más los vi. La camisa la tengo guardada como recuerdo de una buena acción. Todavía hay gente buena en este mundo”.

¿Has pensado alguna vez dejar esta vida?

“Muchas veces; es más, ahora tengo deseos de mandar todo al carajo para irme con mi familia, pero no puedo. Si lo hago, mi niña y mi abuelita se mueren de hambre. Mi abuelita, tiene 75 años, pero está fuerte. Ruego a Dios por ellas todos los días”.

¿Puedo publicar esta conversación?

“Por supuesto, señor. ¿Qué mal puede hacerme? Creo que me va a hacer un favor, porque así atraigo más clientes. Además, no me llamo Monserrat”.

Gracias por tu gentileza.

“Pero no contestaste mi pregunta”.

¿Pregunta?

“¿Te vas conmigo, churro?”.

No, Monserrat, gracias. Voy a casa. Mi esposa me espera. Buenos días. Que tengas suerte, y cuídate.

No hubo, entre Monserrat y yo, otra despedida. Caminé rumbo a casa. Fui a descansar, mientras mi interlocutora, en la espera de algún cliente, continuó rogando, en silencio, a Dios, porque la buenaventura y la bonanza, nunca den la espalda a su pequeña hija y a su abuela.

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