“Los prostíbulos de Oliva y Colón son un asco”

Es miércoles, 31 de octubre, Día de Brujas. El reloj indica las 7.44 minutos de la noche, y, en la sala de profesores de la Universidad Americana, me encuentro inmerso en la lectura de “Gomorra”, del escritor italiano Roberto Saviano, “un viaje al imperio económico y al sueño de poder de la camorra”, según indica la portada. “Gomorra” atrapa, íntegramente, mi atención, cuando mi teléfono celular deja escuchar el tono de llamada entrante. Intento identificar a quien me solicita. “Privado”, leo en la pantalla. De mala gana atiendo. “¿Sos Aldo, el periodista de Ñandutí?”, me interpela una voz femenina. “Buenas noches”, riposté devolviendo un saludo no ofrecido, “sí, soy Aldo, soy el mismo que usted está solicitando, ¿en qué la puedo ayudar señorita?”. “Disculpe que lo haya molestado, señor, usted no me conoce, tampoco me ha dado su número de teléfono, solo quiero que me escuche. Necesito que usted me escuche”, contestó, en un tono rogativo. No soy dado a conversar con desconocidos; mucho menos cuando no he cedido mi número particular; muchísimo menos, reitero, cuando no ha mediado el saludo de rigor; no obstante decidí a escuchar, y, al concluir la conversación, di gracias a dios por permitirme escuchar.

Me llamo Fabiana, soy de Areguá, y por espacio de un año trabajé, por así decirlo, en los prostíbulos que están en Oliva casi esquina Colón. Yo necesitaba trabajar, y en el verano de 2012, en una de las playas de Areguá, conocí a un hombre; Miguel Antonio se llama, o se hace llamar, porque a todas estas ya dudo que ese sea su nombre. Ya yo era prostituta en Areguá, como le dije, lo conocí en una playa, le propuse mis servicios, y él, entonces, me dijo que “podía ponerme a vivir como una reina en Asunción. Acepté y, a la semana me fui de Areguá. A mala hora, señor. El “vivir como una reina” se convirtió en colocarme en los prostíbulos esos que están en Oliva casi Colón. Esos prostíbulos son un desastre, señor, un infierno; y no solo por las prostitutas, sino por las condiciones. Allí no hay condiciones. A nosotras nos tienen viviendo como si fuésemos perras callejeras. A nosotras no, a ellas, porque ya yo me fui.

Explícate mejor para poder comprender. ¿Te refieres a las condiciones de higiene?

Sí, a eso me refiero. Por ejemplo, hay muy poca agua; a veces no hay ninguna; por eso, todas las que están, tienen que lavarse con un mismo balde, o sea, para que me entienda, tenemos que lavarnos con la misma agua. Nos tenemos que turnar para ser la primera, porque la primera es quien usa el agua limpia, la última, como me sucedió muchas veces, le toca un agua turbia que parece salida de una cloaca. Como no hay agua, no se puede lavar ni limpiar. Todas tenemos que usar la misma toalla, y las mismas sábanas. Se ha estado más de un mes sin cambiar las sábanas. ¿Tiene idea de lo que le estoy diciendo?

Aunque nunca me he visto en las situaciones que describes, sí, me hago idea, e imagino todo lo que me cuentas.

Así estuve por un años, señor.

¿Por qué no te fuiste antes?

Porque Miguel Antonio me tenía amenazada. Yo podía salir, dar una vuelta por Asunción, incluso, venir a Areguá, pero regresar siempre. Miguel Antonio nos decía que si nos escapábamos, más tarde o más temprano, nos iba a encontrar, y el castigo iba a ser peor. Yo tenía miedo, mucho miedo, pero me un día me dije que aunque me encuentre, me iba. Y así fue.

¿Qué tiempo hace que pudiste irte?

Llegué en febrero de 2011, me escapé a finales de marzo de 2012; hace poco más de 7 meses.

¿Te encuentras bien?

No, señor, no estoy para nada bien. Vivo en un sobresalto pensando que Miguel Antonio, o alguien enviado por él, pueda aparecer en mi casa; además, tengo una infección vaginal que me la he ido tratando, de a poco, con antibióticos muy fuertes.

¿Infección vaginal?

Por lo que le conté, señor. Usar agua sucia, la misma toalla, hizo que me hiciera sentir una inflamación interna. Me sentía como una pesadez, y un día comencé a echar un líquido blanco, ese líquido blanco, cada día, se fue poniendo más turbio y con mal olor. Fui al médico, acá en Areguá porque en Asunción nunca me atendí, y el doctor me dijo el nombre de mi enfermedad, pero no lo recuerdo. También me han salido unas manchas blancas en la piel, como escamas. Hay amigas mías que están igual, o peor que yo. Una vez dijeron que a las putas de Oliva no se les tiene que tener miedo, sino asco. Y en eso tienen razón.

¿Qué edad tienes?

24 años, señor.

¿Cómo te sientes ahora?

Un poco mejor. El líquido me sale, pero tanto, y no tiene olor. La inflamación se me quitó. El doctor me dijo que, posiblemente, no pueda quedar embarazada nunca. Según él mi sistema reproductor sufrió mucho.

¿Cómo es la vida en esos prostíbulos?

Ya le conté que no hay higiene, imagínese las que trabajan ahí, o las que una vez trabajamos. Imagínese también los clientes. Los clientes son tan sucios como las mujeres. Son borrachos, drogadictos, gente que vive, o malvive, en la calle, que reúne 20 o 25 guaraníes, más un mil o un mil 500 por el preservativo, y va en busca de nosotras. A muchos clientes se les estafa, señor.

¿Se les estafa aun pagando 20 y 25 mil guaraníes?

No olvide que si los clientes son de cuarta, nosotras también; y para nosotras 5 mil guaraníes, son 5 mil guaraníes; además, 5 mil a él, 5 mil al otro, y así, puedes hacer 30 ó 40 mil guaraníes diarios, sin hace nada. Porque, por ejemplo, ellos pagan 25, y a nosotras nos dan 10 o 15.

Disculpa que me sonría, lo hago irónicamente. ¿En qué consiste estafar a alguien que paga un servicio 20 o 25 mil guaraníes?

Muy fácil. Muchos llegar borrachos, o drogados, pagan, porque se paga por adelantado, nosotras los llevamos a la habitación, y ahí los acostamos, hacemos como que nos desnudamos, y ellos se quedan dormidos. Pagaron, y no hacen nada porque no pueden. Nosotras los dejamos dormir un rato, 10 minutos máximo, y los despartamos haciéndoles creer que disfrutamos mucho; se van contentos. Otras veces, les decimos 25 mil, ellos aceptan, pagan, y en la habitación les decimos que por 25 mil solo se hace una pequeña parte de lo que ellos aspiran, unas veces se van molestos, otras veces pagan más; cuando se van molestos no se les devuelve el dinero; se quejan a Miguel Antonio, pero este les dice que fue un trato del cliente con nosotras, y no puede hacer nada. Se va molesto, como le digo, pero sin el dinero.

¿Estafaste alguna vez?

Sí, muchas. Al principio no quería, pero una vez un borracho me vomitó encima. Me dio mucho asco, y me dije que no volvería a sucederme; por eso si uno pedía mis servicios, y como no podemos negarnos, entonces le estafaba. Todavía recuerdo lo del vómito y se me revuelve el estómago. A nosotras nos miran mal, pero nadie se imagina lo que pasamos. De nosotras nadie se acuerda. Quizás por aquello de que nos tienen asco, gente como usted ni se nos acerca.

Cuando estaba a decidido a resumir la conversación, se interrumpió la comunicación. “Se terminó su saldo, se quedó sin batería, o simplemente cortó”, pensé. No podía devolver la llamada porque, como aclaré, al comienzo, la pantalla de mi teléfono no indicaba su número sino “Privado”. Lamenté el no poder continuar, porque tenía curiosidad en identificar a quien le había proveído mi identificativo.

En un principio pensé en no hacer caso, no lo hago con comunicaciones anónimas, por eso la demora en publicar.

Sábado, 10 de noviembre de 2012

Me encuentro inmerso, no en la lectura de “Gomorra”, sino en la actualización de la página web de Radio Ñandutí, cuando mi teléfono celular, una vez más, indica llamada entrante. Identifico a quien me solicita.

–       “Trucupey”- respondo con alegría.

Es Juancito, para mí “Juancito Trucupey”, por una canción de salsa, popularizada, en Cuba, por Oscar D’ León, intérprete venezolano. A Juancito lo conozco, prácticamente, desde que arribé a Paraguay, en marzo de 2006. A Juancito, reitero, le profeso un gran cariño; mucho más de lo que él puede imaginar.

–       Cubano, un abrazo. Hace días que estaba por comunicarme contigo, hermano. Te llamo para saludarte, y para decirte que te va a llamar una chica.

–       ¿Una chica?- le pregunto.

Había olvidado a Fabiana. 10 días después ni recordaba la llamada. Había sido Juancito el que le había facilitado mi número telefónico. Me cuenta que la conoció en Areguá, un día en que paseaba, por esa ciudad, con Mónica y su hija, “la princesa” como él le llama.

–       Estábamos en la playa, y comenzó a jugar con la niña. Tras un rato le contó a mi señora. Estaba necesitada der contar, dice que no siente orgullo, pero tampoco vergüenza; por eso quiere que su historia se conozca. La hablamos de ti, de tus publicaciones, de tus entrevistas a gente que nadie entrevista, y le dimos tu número. ¿Hicimos mal? Si hicimos mal, discúlpanos.

Pensé en proferirle un responso, con cariño, pero no. No pude. Juancito es un paraguayo demasiado bueno para ser regañado.

–       No, hermano, no hiciste mal. Al contrario, te agradezco- le respondí- Cuéntame de tu vida. Hace mucho que no nos vemos.

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