“Lo juro por ese muchacho que murió de SIDA”


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La Organización de Naciones Unidas, ONU, desde 1988 decidió instaurar el 1 de diciembre como “Día mundial de la lucha contra el SIDA”; en el año 2011, el título varió por “Día mundial de la respuesta contra el SIDA”. Estadísticas afirman que desde 1981, año en que se diagnosticaron los primeros 5 pacientes, el SIDA, iniciales de la pandemia conocida como Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, ha provocado la muerte de casi 30 millones de personas en todo el mundo. En la cifra anteriormente citada se contempla a Juan Alberto, primogénito de Juan Carlos. “Albertico, como le decíamos, nació el 17 de julio de 1970 y murió, según me cuentan, el 21 de agosto de 1998”. Quizás se sorprendan por la expresión de “según me cuentan”, pero así sucedió: Juan Carlos, próximo a cumplir los 70 años, sufre, en silencio, por la actitud asumida para con su primer, y único hijo. “Cuando supe que era gay no quise saber de él; cuando la madre fue a casa a decirme que tenía SIDA, le dije que, para mí, todos los putos tienen morirse, y entre ellos Albertico. Supe que se había muerto como 3 meses después. No sabe cuánto lo lamento”. Juan Carlos, entre sollozos y sorbos de cerveza, accedió a narrar su historia, su triste y, para no pocos repudiable, historia. “Me arrepiento de todo. Lo juro por ese muchacho que murió de SIDA”.

Es llamativa su actitud, Juan Carlos. ¿Por qué contra su hijo?

Ser padre era lo que más soñaba ser. Cada hombre quiere ser padre, como cada mujer quiere ser madre. Iba a ser padre y cuando aquel, 17 de julio de 1970, me dijeron que por fin era padre, y de un varón, sentí que volaba. ¡Había nacido mi niño! ¡Se había cumplido mi sueño, y por partida doble, porque quería ser padre, y de un bebé! ¡Era niño y no niña! Me hice mil ideas yendo al fútbol a ver a Cerro Porteño, compartiendo unas cervezas, que me hablara de sus novias, en fin. Yo no cabía en mí, periodista. Ese día lo recuerdo como uno de los más felices de mi vida; o, para ser exactos, como el día más feliz de mi vida. Yo amaba a mi hijo; siempre estuve con él; incluso, teniendo Albertico poco más de 10 años, me divorcié de su mamá, pero seguimos juntos. El divorcio había sido en buenos términos, y siempre dije que me divorciaba de la que era mi esposa, pero no de mi niño. Y así fue.

¿Qué motivó el cambio en su actitud?

Sucedió en 1985. Fue como en septiembre, porque Albertico había cumplido 15 años. En la escuela, dónde estudiaba, lo sorprendieron teniendo sexo oral con otro compañero. Aquello no trascendió, pero nos llamaron a su mamá y a mí, y nos explicaron que iban a dejar que terminara el curso, pero que para 1986 tenía que ser matriculado en otro centro. O sea, no querían gays, y expulsaban a mi hijo en silencio. Era un colegio privado que ya no existe.

No importa el nombre del colegio, Juan Carlos. Acá lo llamativo es la actitud que usted asumió.

No tengo perdón ni de dios, ni de nadie. Lo sé.

¿Qué sucedió ese día del mes de septiembre de 1985 al salir del colegio donde estudiaba Albertico?

Al salir no. Ahí mismo, en la oficina de la directora, delante de la directora y mi ex esposa, la emprendí a golpes contra él. Recuerdo que se cubrió el rostro y me decía “perdóname, papá”. Solo repetía que lo perdonara por no ser como yo había soñado. Cuando lograron controlarme le grité a la madre que para mí todos los gays estaban muertos, por lo tanto, Albertico, mi hijo, mi único hijo, también lo estaba. Di media vuelta y me fui.

¿Nunca más conversaron?

Nunca más. Nos cruzamos en la calle, y me daba cuenta de que quería saludarme, pero yo siempre le di la espalada. Me contaron que muchas dijo que me había perdonado, que para él todo estaba olvidado, pero el orgullo, el rencor pudo más. Incluso, le conversó a mis hermanos, a mis amigos, que si yo iba a verlo, me daba un beso y un abrazo, pero ya le digo, el rencor pudo más.

Eso, precisamente, es lo que no comprendo. ¿Por qué tanto rencor?

¿Usted tiene la respuesta?

¿Yo? Para nada, Juan Carlos.

Si la encuentra, dígamela. Yo hace mucho me la hago la misma pregunta, y tampoco puedo responderla. Lo único que puedo decirle es que me arrepiento de todo.

¿Cuándo supo que Albertico estaba enfermo de SIDA?

Sería por 1995. Laura, mi ex mujer, se apareció en mi casa. Recuerdo que cuando abrí, y la vi en el umbral, llorosa, comprendí que algo muy grande sucedía. La invité a entrar y me contó. Me dijo que Albertico hacía un tiempo que padecía de una gripe muy fuerte, y le hicieron unos estudios. Así le detectaron la enfermedad. Le dije que conmigo no contara. Le repetí lo mismo que aquel día de septiembre de 1985: Para mí todos los putos están muertos, por lo tanto Albertico también lo está. Ella rompió a llorar, pero no me importó. La eché de mi casa. Y le digo, con la misma sinceridad que he le hablado hasta ahora, que cuando Laura se fue, el que rompió a llorar fui yo.

O sea, si enfermó en 1995 y falleció en 1998, le sobrevivió 3 años al SIDA.

Así es, señor, en apenas 3 años mi hijo murió. Dicen que sufrió muchísimo, que no parecía él, pero que, a pesar de todo, no dejó de sonreír.

¿Quién le contó? ¿Laura?

¿Laura? ¡No, señor! ¡Laura me odia con todas sus fuerzas, y con toda su razón! Me contó Leonardo, su esposo. Laura no quería que nadie me contara, pero Leo lo hizo. Él quiere a Albertico como si fuera su hijo, lo apoyó en todo, y estuvo junto a él durante la enfermedad. Él y Laura vistieron el cadáver. Lo que yo no hice, lo hizo él.

¿Qué le contó Leonardo?

Que Albertico fue perdiendo peso; perdió tanto peso que se puso bien delgado, más que como era en realidad. Me dijo que le salieron unas llagas en la boca que no lo dejaban comer; que apenas hablaba; que llegó un momento que no podía sostenerse en pie; que por el rostro contraído, y silencioso, se daban cuenta de que soportaba los dolores terribles que le producían esas llagas en la boca; y que el día que murió pidió que lo cubrieran porque tenía frío, y que encendieran la luz de su cuarto; ahí se dieron cuenta de que estaba mal, porque todas las ventanas estaban abiertas, y eran las 10 y algo de la mañana; había sido que ya no veía. Cuando murió tenía 28 años. Todo eso lo supe como 3 meses después de Albertico haber fallecido. Leo me dijo donde estaba sepultado; yo imaginaba que era en el panteón familiar en el cementerio del este. Fui. Le puse una flores, y le mandé a hacer una tarja de mármol que decía “A mi hijo Juan Alberto, 1970- 1998. Sé feliz”. Era una tarja que quedó muy bonita, pero Laura la quitó. No sé qué hizo con ella.

¿Cómo es su vida ahora, más de 15 años después del fallecimiento de Juan Alberto, y tras haber asumido una actitud llamativamente rencorosa contra su propio hijo?

Vivo solo, como ya sabe. No tengo a nadie. Mis padres fallecieron; mis hermanos tomaron su rumbo. De vez en cuando me visitan. De Albertico tengo una fotografía, y muchos deseos de volverlo a abrazar. Sé que en algún momento, cuando dios quiera, va a suceder. Me arrepiento, pero es tarde; aunque, y le juro por lo más sagrado, que si pudiera echar el tiempo atrás todo va a ser distinto. Lo juro por lo más sagrado; lo juro por ese muchacho que murió de SIDA.

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4 comentarios sobre ““Lo juro por ese muchacho que murió de SIDA”

  1. Vivi muchas historias parecidas, porque trabaje en el campo de SIDA y vi muchos casos tristes de familiares que rechazaban a sus propia familia. Que horrible es la ignorancia y descriminacion

    1. Gracias por tu comentario, Ana. Sería loable que compartieras tan valiosas experiencias. Saludos, y, reitero, mi agradecimiento por comentar.

  2. Wow, muy triste historia. La gente necesita educarse y cambiar su manera de pensar. Ese padre vivira toda su vida con ese remordimiento encima.
    Gracias por compartir la historia Aldo, una leccion para todos!

  3. me da mucha tristeza esto, como puede ser posible que nuestros propios padres puedan hacernos tanto daño … destruyen nuestro futuro y lo cual hace dificil que seamos felices….

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