“Ron Clarke, la viva representación de la fatalidad”

Image1968. Juegos Olímpicos en Ciudad México, los primeros y únicos donde la sede es un país del tercer mundo. Se corre la final de los 10 mil metros planos. Falta menos de 100 metros para concluir. Los participantes ya casi vencen las 25 vueltas a la pista de 400 metros. El estadio aplaude de pie al grupo que finalistas. Banderas australianas se baten. Los australianos gritan:

–       Clarke… Clarke… Clarke…

Pero Ron Clarke no escucha. Ron Clarke, que suda a mares, recuerda. Los recuerdos atropellan a Ron Clarke, el ídolo de Sydney, Australia. Los recuerdos que duelen, y mucho, en el tiempo y la distancia. Los recuerdos que dan un salto en el tiempo retrocediendo 12 años.

1956. Melbourne, tercera urbe en importancia de Australia, la isla continente, es sede de la 16 edición olímpica de la Era Moderna. Ron Clarke, tiene 19 años, y es la promesa de los anfitriones en los mil 500 planos, tal es así que en la Ceremonia de Inauguración es el elegido para encender la llama olímpica. Eso lo enorgullece y lo compromete.

Con paso elegante, portando la antorcha, entra en el estadio Cricket Ground de su ciudad natal. Los presentes lo ovacionan y corean su apellido:

–       Clarke… Clarke… Clarke…

El joven atleta se detiene y comienza a vencer los 62 escalones que lo separan del pebetero. Mientras asciende, los espectadores continúan dándole muestra de cariño y admiración:

–       Clarke… Clarke… Clarke…

Clarke, por su parte, llega a su destino y enciende la llama olímpica que, como tradicionalmente sucede, arderá mientras duren los Juegos que ya son realidad. La alegría de los australianos es tal que no creen la nefasta noticia que se difunde, incluso, por los medios de comunicación:

–       Ron Clarke, la gran esperanza australiana en los mil 500 planos, no podrá participar en los Juegos Olímpicos.

Nadie se explica. Nadie entiende. Nadie cree. Hace 2 horas fue ovacionado durante la Ceremonia de Inauguración y… Nadie cree aún cuando las imágenes de Clarke desde un centro asistencia, con su diestra cubierta por un vendaje, son vistas por televisión. Nadie cree aún cuando los galenos dan una explicación lógica y real:

–       El gas en el pebetero estaba por encima del nivel permitido y la llama le alcanzó su mano derecha. En ese estado no puede competir. Él quiere, pero nosotros queremos cuidar su salud.

Ron Clarke no se resigna. El chico de 19 años llora de impotencia. Llora desconsoladamente. Llora como un niño y no escucha las muestra de ánimo y consuelo:

–       Eres joven. Te quedan muchos años.

Y en efecto. Le quedan muchos años y le sobran los deseos de ganar. De darle a su Australia querida el título que no pudo alcanzar en los Juegos de Melbourne.

Se recupera y entrena. Entrena mucho, pero comete un error: No se permite un instructor:

–       No. No me hace falta. Me basto solo.

Craso error. Todos lo saben, pero Clarke no sabe de consejos. Lo único que hace es correr 200 kilómetros semanales. Lo único que hace es correr endemoniadamente por las calles de Sydney. Su credo es entrenar solo y competir. Competir sin más ciencia.

1960. Roma, Italia. Ron Clarke, en magnífica forma deportiva, se inscribe para correr en los  mil 500, 5 mil y 10 mil metros planos, además, en la maratón. Demasiadas pruebas para un ser humano.

Accede a la final de los mil 500 planos. Es el gran favorito para investirse como campeón olímpico. Banderas australianas se agitan en el estadio. Sus compatriotas alientan a su estrella de 23 años:

–       Clarke… Clarke… Clarke…

Suena el disparo. Arrancan los corredores, pero apenas recorridos los primeros 200 metros  los australianos enmudecen. Clarke, en el suelo, se retuerce del dolor. Una contracción muscular le impide dar un paso más. Grita. Llora. Los paramédicos llegan, lo asisten. Hacer traer una camilla y lo sacan del estadio ante la mirada atónita de los espectadores. La lesión es tan seria que le impide continuar participando en los Juegos Olímpicos. Adiós, nuevamente, a la gloria deportiva. A su llegada a Australia le echan en cara el haber entrenado sin orientación especializada:

–       Tendré que esperar 4 años más- Concluye Clarke compungido.

Aprendió la lección y para los Juegos Olímpicos de Tokio, Japón, en 1964, ya con 27 años, entrena bajo la égida del mejor preparador australiano del momento. Entrena. Entrena lo justo. No comete excesos como 4 años antes. Entrena y los resultados comienzan a ver la luz. Una semana antes de la lid olímpica rompe el Récord del Mundo de los 10 mil metros planos. Asciende al número uno del ranking del orbe en la distancia. Se sabe campeón. Todos lo saben campeón, pero…

¿Por qué siempre hay un pero en la vida de Ron Clarke?

Un fuerte estado gripal lo ataca al llegar a la capital nipona. Decaimiento. Fiebre. Dolor en todo el cuerpo. Malestar general. Se siente mal pero compite. No se deja vencer, pero la gripe lo derrota. Doña Fortuna le esconde el rostro enviándolo al lugar nueve en los mil 500 y al tercero en los 10 mil:

–       Felicidades por tu medalla de bronce. Es muy meritorio tu tercer lugar.

Clarke sonríe a medias, porque está contento a medias. Otro estuviera más que feliz con el bronce, pero él no. Él quiere ser campeón, porque sabe que tiene para ser campeón. Pero otra verdad, paulatinamente, se le va acercando: Sabe que las posibilidades de una medalla de oro olímpica, la magna fiesta deportiva mundial, le están resultando paupérrimas:

–       Para México, Clarke, en México verás que ganas.

1968. Los recuerdos vuelve después de saltar 12 años atrás. Los recuerdos atropellan a Ron Clarke que es animado por entusiastas australianos:

–       Clarke… Clarke… Clarke…

Clarke puede resultar campeón en los 10 mil metros planos. Lleva un buen paso, pero otro paso, el de los años, hace que aminore la velocidad a escasos metros de la meta. La altura. Los años… Clarke quiere pero puede. Clarke que, finalmente, es relegado al cuarto puesto. Tras cruzar la línea final detiene el paso. Felicita al campeón, Gerard Tomu de Kenya. Mira al suelo y cabizbajo se dirige a las duchas. Cabizbajo y, además, con un solo pensamiento:

–       Adiós a la gloria olímpica.

Ron Clarke nació el 21 de febrero de 1937 en la ciudad de Victoria, Melbourne, Australia, aunque de pequeño fue a residir a Sydney. Se retiró oficialmente del deporte activo en 1970 sin haber obtenido algún título internacional importante. A pesar de su fatalidad atlética ha sido objeto de homenajes y reconocimientos. Como dato curioso cabe agregar que fue electo alcalde, en el 2004, de Gold Coast, Queenland, localidad australiana. Aún vive y, según él mismo, los recuerdos, frecuentemente, lo asaltan y atropellan.

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