“El alcohol acabó con mi vida, como a muchos en Cuba”

ImageMi historia de borracha es larga y triste.

Hace tiempo que no tomo, pero se me ha quedado la lengua medio enredada, y el cerebro más enredado que la lengua. ¿Sabe qué edad tengo? 26 años, y si se fija bien, parece que ando rozando los 60; con arrugas, sin dientes… Tengo 26 años y empecé a tomar a los 12 con mi papá.

–       Nora, un hombre que no tome es feo, y una mujer que no tome es feo también. No quiero que seas como tu madre que es una mojigata de mierda.

Mi viejo trabajaba en los muelles de estibador y empecé a ir con él a un bar que está en la avenida del puerto. Antes era de mala muerte, hoy está lindo porque lo convirtieron en lugar donde se vende en dólares… No me acuerdo ahora si es el bar “2 hermanos” o “3 hermanos”, no importa cuántos hermanos son, lo cierto es que cierro los ojos y veo a mi papá sentado en el mismo banco de la barra, cantando la misma canción.

–       Tú me quieres dejar/ Yo no quiero sufrir/ Contigo me voy mi santa/ Aunque me cueste morir/ Un jardinero de amor/ Siembre una flor y se va/ Otro viene y la cultiva/ De cuál de los 2 será…

Iba allí con mi papá todos los días.

–       Atiendan acá, caballeros. ¿Ven este vaso lleno de ron? Mi hija se lo va a tomar sin respirar, como si se estuviera tomando un vaso de agua. A ver, Nora, demuestra que eres hija mía.

Y me lo tomaba. Y seguía tomando. Y vomitaba. Y me tenían que llevar cargada para mi casa. Eso era todos los días, y cuando mi papá no me llevaba a mí, yo llevaba a mi papá. Poco a poco me fui alcoholizando.

Le voy aclarar algo sin querer justificar mi problema, como aquí en este país el que estudia es el que menos chance tiene de vivir bien, nunca me interesó la escuela; y como me importaba más irme a tomar ron junto con mi papá, la dejé. No quería ser como mi tío Mario que se mató estudiando en la Unión Soviética Ingeniería en Riego y Drenaje, y como nunca pudo ejercerla porque el Riego y Drenaje de los soviéticos no era el mismo que los cubanos, se volvió loco y terminó ahorcándose en el parque Almendares. Mucho Partido Comunista, mucho hablar de sacrificio y nada. Cuando se murió, esa misma gente del partido comunista, en su velorio no puso ni una corona; por eso dejé la escuela. ¿Para qué tanto sacrificio si en este país estudiar no da nada? ¿Verdad? Además, para mí la escuela era un castigo. No me concentraba en las clases, llegaba y nada más me ponía a pensar en la borrachera que quería coger, se me secaba la boca, me empezaban a temblar las manos, me entraba un desespero terrible y con la misma me escapaba para irme donde mi papá a reventarme el hígado tomando. Muchas veces llegué de madrugada y quería seguir en la bebedera, entonces me preparaba un poco de “Caballo blanco”, o lo que es lo mismo, alcohol de cocinar con agua.

¡Todavía no me explico cómo estoy viva porque ese alcohol lo ligan con kerosene precisamente para que la gente no se lo tome, y yo me lo tomaba como si hubiera sido el mejor whisky del mundo!

En mi casa, papá borracho y yo borracha, entonces, mamá, no aguantó más aquello.

–       Te vas, Nora. Vete por esa puerta que no te quiero ver más en ese estado en lo que me queda de vida, vete por ahí a sobrevivir como sea, pero aquí no te quiero más. Con tu papá me basta y sobra, así que o dejas la bebida, o te vas de esta casa ahora mismo.

Y como no iba a dejar la bebida, me fui de la casa; y como no tenía donde vivir tuve que dormir en la terminal de ómnibus, dentro de los mismos ómnibus, en las funerarias, en las escaleras de los edificios, en el muro del malecón, en el portal de cualquier casa… Dormía donde me sorprendía la noche, comía cuando podía, me bañaba si era posible, meaba y cagaba en plena calle… Con el primero que me daba un plato de comida o un trago de alcohol me acostaba… Lo hacía sin importarme si era hombre o mujer.

Así estuve, hasta que conocí a Pepe.

–       ¿Qué haces?

–       Duermo aquí.

–       ¿Y por qué?

–       Porque no tengo casa.

–       ¿Qué edad tienes?

–       13 años.

–       Pero eres una niña.

–       Soy una niña pero si quieres te demuestro que en la cama soy una fiera y…

–       ¿Qué puedo hacer por ti?

–       No sé.

–       Vivo solo en el apartamento 48. ¿Quieres comer algo? ¿Quieres bañarte?

–       Bueno…

Pepe vivía en el edificio donde había escogido dormir esa noche. Subí a su apartamento. Me bañé bien con agua tibia, y en lo que me preparaba algo de comer me dormí, y no desperté hasta el otro día por la mañana. Me salió el cansancio y me tumbó. Cuando desperté encontré que Pepe había dormido en el sofá.

–       ¿Por qué no te acostaste a mi lado?

–       No quería despertarte. Mira, te tengo preparado desayuno.

Desayunando le conté mi historia sin omitir ni una coma. Cuando concluí, le pedí permiso para ir al baño y regresé desnuda.

–       Quiero sexo contigo.

–       Pero ayer te dije que eres casi una niña y…

–       No importa. Soy casi una niña, pero tengo calle. Me he acostado con hombres y mujeres, por nada, y tú has sido muy bueno conmigo. Creo que eres la única persona buena que me he encontrado en mi vida. Lo que lamento es no haberte encontrado antes.

Quiso hablarme, pero no lo dejé. Lo interrumpí con un beso, y nos fuimos a la cama. Era la primera vez que hacía el amor en una cama, con sábanas limpias; era la primera vez que, haciendo el amor, me decían cosas bonitas; y fue la primera vez que al terminar de hacer el amor, hice una promesa.

–       Prométeme que no vas a tomar más, Nora.

–       Te lo prometo, mi amor.

Me aguanté y estuve como un año sin tomar, pero como dice el refrán, perro huevero aunque le quemen el hocico… Empecé por un trago a la semana, después dos, y así hasta que, sin llegar a emborracharme, me fui enviciando de nuevo.

–       No tomes más.

–       Un traguito al año, no hace daño.

–       Pero tuyo no es un traguito al año.

–       No me va a pasar nada.

–       Yo te voy a advertir una cosa, Nora, si sigues tomando   y caes en lo de antes, te vas por donde mismo viniste.

Volví a aguantarme, pero más o menos a los 6 meses tuve unos enormes deseos de beber y entré a un bar. Ese día me emborraché como cuando iba a beber con mi papá; y ese día tuve una pelea muy grande con Pepe.

–       Ni una más, Nora, ni una más.

–       Perdóname, mi amor.

–       Ni una más, ya te dije.

Lloré, me tiré en el suelo, grité, y… ¡Perdí el conocimiento! Pepe se asustó mucho, y cuando volví en mí, me había llevado al hospital. Yo en una camilla, él a mi lado junto a una doctora sonriente.

–       Felicidades, futuro papá; felicidades, futura mamá.

¡Qué alegría! Pepe no tenía hijos, y yo… ¿Sería cierto eso de que iba a ser mamá?

–       No tienes que decírmelo, no voy a tomar más.

Paré hasta que parí, y cuando parí, de la alegría, estuve bebiendo como 20 días consecutivos:

–       Tú te salvas…

–       ¿Me estás amenazando?

–       Tú te salvas porque estás recién parida, porque si no te ibas ahora mismo de aquí.

–       Bah, chico, tú siempre con lo… ¡Este chiquillo no se   calla! ¡No llores más, carajo! ¡Cállate la boca!

–       Dámelo, Nora.

–       Coño, que el que dijo que el llanto de un niño era lo más dulce que había los primeros 5 minutos tuvo tremenda razón.

–       ¡Dámelo, Nora! No te lo voy a repetir.

–       ¡No te lo voy a dar, Pepe! ¡No me jodas más con lo mismo!

–       Dámelo…

–       Quita. Quita que no te voy a dar nada.

–       Estás borracha.

–       No estoy borracha nada. Tomé un poco pero ya. No estoy borracha, yo lo que estoy contenta porque parí,  y lo que quiero ahora es que este cabrón chiquillo se  calle.

–       Dámelo.

–       Alcánzame la botella. Alcánzame la botella que le voy a dar un trago para ver si se emborracha y está durmiendo una semana.

Todavía no me explico cómo le iba a dar alcohol a Luisito, si era un niño de brazos. Pepe, luego de este incidente, no permitió que le continuara dando el pecho al niño. Yo me fui de la casa, pero el niño quedó con él. Mientras yo andaba por ahí haciendo de las mías, él cuidaba de su hijo mejor que cualquier madre; pero como la mala suerte me acompaña, y acompaña a todos los que tienen que ver conmigo, Pepe murió en un accidente de tránsito, y yo regresé a su casa, que es la de mi hijo. Lo peor que le pudo pasar a él era volver a mi tutela porque yo seguía con mis borracheras.

¡No me interesaba nada! No me preocupaba si él comía, si se bañaba, si estaba bien en la escuela… Para hacer dinero y poder tomar lo vendí casi todo. También gastaba la pensión que le daba el estado en bebida. Le pegaba hasta por gusto. Nadie me trataba. Nadie quería saber de mí… ¡Ni mi hijo! Hasta que mi prima María Luisa me habló de un tratamiento para alcohólicos que dan en el Hospital Psiquiátrico. Un tratamiento a base de Metronidazol, las pastillas que sirven para los parásitos, que es de madre… Esas pastillas te las ligan con alcohol, y vomitas hasta la vida. Le llegas a coger un asco tremendo al alcohol que de solo mirarlo te dan ganas de vomitar.

Al principio no quería ir porque no aceptaba que estaba enferma. No llegaba a comprender que soy una alcohólica, pero lo entendí y fui, pero me encontré con un médico que de medicina sabe lo que sé yo de cosmonáutica; además cada vez que iba al hospital nos ponían a hacer trabajo voluntario para “apoyar las obras de la revolución” en lugar de hacernos el tratamiento..

¡Había que ver a los locos apoyando las obras de la revolución! ¿Esa no es una cosa de locos? ¡Lo que tiene que hacer la revolución es ver por qué hay tanta gente tirada a bebida, y no seguir con eso del comunismo y los americanos! ¡Eso es lo que tiene que hacer la revolución, darse cuenta que todos los cubanos estamos medios locos por la forma en que vivimos!

Como le iba diciendo, se me quitó el embullo y no seguí yendo a lo del tratamiento. Di un poco de tumbos y la misma prima mía me habló de los Alcohólicos Anónimos que no tiene nada que ver con la revolución y sus obras. Comencé a venir y aquí estoy, junto a otros alcohólicos que también se han controlado. Hace poco más de 3 años que no tomo… Hace poco más de 3 años que soy otra persona, aunque todavía hay quién desconfía de mí, incluso Luisito, pero sé que con un poquito más de tiempo lograré que todos me miren de otra forma:

–       Pero, Luisito, hijo, ¿por qué no me dijiste que habías desaprobado matemáticas, y que la maestra me mandó a buscar para hablar conmigo?

–       Se me olvidó.

–       No me digas mentiras, mi niño.

–       Es que yo tenía mucho miedo que tú hicieras como  antes. Tú te emborrachabas y te ibas a la escuela dar  escándalos cuando te mandaban a buscar porque yo  tenía problemas. ¿Te acuerdas aquella vez que cogiste  a la maestra por los pelos cuando te mandó a buscar  porque yo me estaba portando mal? ¿Te acuerdas que  aquel día fuiste a parar a la estación de policía y yo dormí contigo en una celda? ¿Te acuerdas que cuando  estabas borracha la cogías conmigo y me dabas con lo  que encontrabas? ¿Te acuerdas que me dabas lo mismo  con la mano que una chancleta, con un palo, con una  manguera? ¿Te acuerdas del día que me tiraste un    adorno de yeso por la cabeza y me tuvieron que dar 6  puntos? ¿Te acuerdas del día en que me empujaste   contra el piso y me partí los dientes? ¿Te acuerdas del  día en que me dijiste que si quería tener un peso para  merendar lo mejor que hacía era robar, o darle el culo a  un extranjero maricón para que me pagara en dólares?  ¿Te acuerdas que en la escuela me desmayaba porque  me iba sin desayunar y me acostaba sin comer? ¿Te  acuerdas cuando vendías todo y no teníamos para   comer los vecinos eran los que me daban un pedazo de  pan y un poco de agua con azúcar? ¿Te acuerdas que  cuando vino el policía porque te denunciaron por los maltratos que me hacías te acostaste con él delante  de  mí y se fue diciendo que todo estaba bien? ¿Te  acuerdas del día en que el policía volvió y tú y Gisela, tu amiga,  se acostaron con él, otra vez delante de mí?  ¿Te acuerdas que una vez vino con otro policía y se  acostaron los 2 contigo, también delante de mí? ¿Te  acuerdas que tenía que ir con uniforme sucio a la  escuela porque no me lo lavabas? ¡Y a veces toda la  semana con el mismo uniforme! ¿Te acuerdas que me decían que yo era el hijo de la borracha? ¿Te acuerdas que iba y venía solo de la escuela porque tú ni me llevabas ni me ibas a buscar? ¿Tú te acuerdas de eso, mamá? Yo tengo buena memoria, mamá, a mí no se me olvida que…

–       No llores, ven. Dame un beso.

–       Tengo mucho miedo, mamá, mucho miedo. Y si tú vuelves a emborracharte me voy de la casa. ¡Te lo juro por mi papá que está muerto hace tiempo!

–       Escúchame. Yo soy una alcohólica, y los alcohólicos si no tienen voluntad, no se controlan, de lo contrario sí.

–       Yo sé que tú ya estás curada…

–       No, hijo, no estoy curada.

–       Pero, mamá…

–       Estoy controlada, curada no porque el alcoholismo no se cura, pero tu mamá está controlada, hijo.

–       No, mamá, no, todavía yo tengo mucho miedo que te vuelvas a emborrachar y me vuelvas a dar golpes y a caber todo eso que te dije que hacías antes. Yo tengo mucho miedo, mamá.

–       Confía en mí.

–       No puedo…

–       Por favor, Luisito. Tú eres lo único que tengo. Tu papá murió, los papás de tu papá murieron, y los míos viven su vida sin importarles la de nosotros. Tú eres lo único que tengo, mijo, por eso solo te pido que confíes en mí.

Todavía me falta para ser una persona aceptada por todos. En estos momentos le agradezco mucho al grupo de gente que me atendió, por la ayuda que me han prestado aquí en Alcohólicos Anónimos… Claro, ellos pusieron su parte y yo la mía; de no haber sido por mi interés y mi fuerza de voluntad todavía estuviera borracha en cualquier esquina.

¿Sabe que a cada rato voy donde descansa Pepe y le hablo?

Le hablo bajito y me da la impresión que me escucha y me responde. Le digo y le repito que soy como él soñó que fuera: Una mujer normal, una alcohólica, pero controlada, juro, por la memoria de Pepe, que es a quien más he querido en esta vida, que no me vuelvo a dar un trago… ¡¡¡¡Ni así chiquitico!!!

A veces pienso que si el estuviera vivo los 3 estaríamos juntos y felices: Luisito, él, y yo; y a veces… Nada, a veces también, me he tenido que poner dura porque al pasar por un bar he sentido los deseos de entrar y tomarme un par de buches, pero me he aguantado porque sé que si lo hago, todo se va a la mierda, y espero que eso no suceda nunca.

Aclaración: Este relato forma parte del libro “La vida es un monólogo”, en proceso de edición, que versa sobre entrevistas que Cuba entre los años 1997 y 2005; además, señalo, que la imagen usada para ilustrar es solamente de referencia.

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