“Fue una teniente la que prácticamente me violó”

carcel-300x211Todavía estoy presa. Me ven en la calle, pero tengo libertad condicional.

–          Ana María González González, este tribunal la condena a 6 años de privación de libertad por el delito de robo continuado a la economía nacional.

Cuando se tiene 30 años, y sabes que te vas a pasar los próximos 6 años de tu vida encerrada, te estremeces. Se me hizo un nudo en la garganta, se me apretó el pecho, se me salieron las lágrimas, todo eso, pero me tuve que mantener fuerte porque a mi mamá le había dado como un descenso y la estaban atendiendo. Creo que le bajó la presión.

Mira que ella me aconsejó.

–          Esas cosas no se hacen, Anita.

–          Ay, mamá, tengo que vivir.

–          Se puede vivir decentemente.

–          Vivo decentemente. ¿Acaso he dado algún escándalo en el barrio? Del trabajo, a mi casa, y en la casa, estamos Ramón y yo.

–          Ese marido tuyo no me gusta.

–          No te tiene que gustar a ti.

Me decía lo que tenía que hacer, pero yo no le hacía caso. Ese día, a la salida del tribunal, me dijo llorando.

–          Yo sabía que esto iba a pasar.

Y del tribunal, directo para la cárcel de mujeres de Occidente, que todo el mundo le dice “Manto negro”, y que ya no es “Manto negro”. Puedo decir que fueron duros conmigo, pero yo sé que robé, y robé con deseos.

–          Anita, tú tienes una mina de oro en tus manos, y no lo sabes.

–          ¿Yo? ¿Por qué?

–          Tu trabajo.

–          ¿“La Polar”?

–          No te me hagas la desentendida, que tú sabes que trabajar en una fábrica de cerveza en estos momentos es convertirse en millonario en un abrir y cerrar de ojos. ¡Empieza a robar cerveza y el dinero nos va a entrar como agua! ¡Nos hacemos ricos! ¡Que no te de pena porque en este país todo el mundo roba!

–          Trabajo como técnica económica, no en la producción.

–          ¿Qué importa? Ahí roba hasta la que limpia el piso.

–          ¿Tú qué sabes, Ramón?

–          Si te lo digo es porque lo sé.

El litro de cerveza vale 10 pesos, y empecé sacando 3 envases de litro y medio, o sea, 4,5 litros equivalen a ganar 45 pesos diarios; ganando 45 pesos diarios, salía al mes con mil 350 pesos.

¡Quién gana en Cuba mil 350 pesos!

Yo, que nunca había ganado 300 pesos mensuales, me embolsaba mil 350.

El nivel de vida mío se puso en el cielo, pero como en la vida todo el mundo quiere tener más, mi marido me convenció y empecé a robar el doble, y como empecé a robar el doble, evidentemente, ganaba el doble.

–          Anita, 6 envases es muy poco.

–          El que mucho abarca poco aprieta.

–          No te me hagas que allá todo el mundo roba.

–          No puedo sacar más.

–          Averigua.

–          Bueno…

En un principio tuve miedo, pero después vi que otros robaban más que yo y no pasaba nada, hice lo mismo.

–          Nosotros sacamos un día sí y un día no, un tanque de 55 galones, pero nos hace falta una mujer para poder encubrirnos más. 55 entre 5 toca a 11, así que te tocan 11 galones de cerveza un día sí y un día no.

–          ¿Y cómo hacen?

–          Salimos en el transporte del trabajo con el tanque vacío, el guardia nos para, nos revisa, y salimos; damos una vuelta, entramos a la fábrica y de nuevo salimos con el tanque vacío… Repetimos eso 5 o 6 veces, hasta que se cansa el guardia, y no nos revisa cuando está lleno el tanque. ¿Te arriesgas?

Como el que no se arriesga, ni gana ni pierde, me arriesgué y gané.

¡Nadaba en dinero!

Hacía lo que me daba la gana, me compraba lo que me daba la gana, iba donde me daba la gana… Me daba una vida que ni la princesa Diana. Pero no hay nada más bonito que un día tras otro.

–          Ah, compadre, ¿qué tú vas a revisar?

–          El tanque.

–          Pero si ya lo has hecho 5 veces y sabes que está vacío.

–          Voy a revisar el tanque.

–          Estamos apurados.

–          No me voy a demorar.

–          ¡No vas a revisar nada!

–          Sí voy a revisar.

–          ¡No vas a revisar!

–          Si voy a revisar. No te lo voy a repetir 2 veces.

El guardia, que era nuevo y quería cumplir con su trabajo, revisó el tanque, y lo encontró lleno hasta el tope.

–          Ana María González González, este tribunal la condena a 6 años de privación de libertad por el delito de robo continuado a la economía nacional.

Esa fue la sentencia final, pero antes me habían confiscado hasta los ajustadores que me compré con el dinero de la cerveza: Televisores, equipos de audio, aires acondicionados, ventiladores de techo… No me dejaron nada.

Llegué a la cárcel con miedo.

–          ¿Qué te pasa?

–          Es duro estar presa.

–          Aquí si no te metes con nadie, nadie se va a meter contigo.

–          Se dicen muchas cosas.

–          ¿Cómo cuáles?

–          Que las demás presas son lesbianas y te obligan.

–          Aquí nadie obliga a nadie. La que lo hace es porque le da la gana. Cuídate más de las combatientes, que de las mismas presas. Esas sí te obligan.

–          ¿Te dan golpes?

–          No golpes, pero te chantajean.

–          ¿Las combatientes?

–          Sí, las mujeres que cuidan.

–          ¿Te chantajean?

–          Tú no sabes nada todavía. Deja que pase el tiempo que me vas a dar la razón.

Con el aquello de que las combatientes te chantajean, inicié mi vida de reclusa. A veces me preguntaba si había valido la pena haber caído en eso, sobre todo cuando Ramón me fue a ver la primera vez.

–          Yo no estoy para dar estos viajes, Ana María.

–          Ramón…

–          Mejor terminamos esto.

–          Ramón, yo hice lo que hice por los 2.

–          No me quieras echar la culpa porque yo no te mandé ni nada que se parezca. Esa candela te la buscaste tú, y tú sola sales de esto. Además, si me pongo a venir a verte, capaz que me marquen y me manden pal tanque. Yo no estoy pá esto, Ana, si estás en candela tú, llama tú a los bomberos, y apágate sola.

Después que Ramón se fue lloré cantidad, pero me convencí que sola tenía que salir del hueco donde había caído.

Nunca me metí con nadie. Cumplía con todo. Nos decían que las primarias como yo, o lo que es lo mismo, las que estaban por primera vez en prisión, si nos portábamos bien la condena se reducía al tercio; a mí me habían echado 6 años, el tercio es 2. Aquello me incentivó e hizo que me portara mejor de lo que me estaba portando. Nadie se metía conmigo, y de las combatientes, la teniente Roxana, empezó a acercarse a mí.

–          Sabes que me caes bien, y te quiero ayudar.

–          Se lo voy a agradecer, teniente.

–          ¿Te gustaría trabajar en la cocina?

–          Si usted me deja…

–          ¿Sabes cocinar?

–          De maravillas.

Me iba de lo mejor. Trabajaba como una mula. Cocinaba, fregaba… El trabajo empezaba de madrugada y terminaba cerca de la media noche.

–          Ana, creo que me van a nombrar Jefa de Compañía, si lo hacen, te vas a trabajar conmigo.

–          Gracias de nuevo, teniente.

Como a la semana me fui a trabajar con la teniente Roxana. Tenía una oficina no muy grande, pero con lo indispensable; además del buró, tenía 2 camas y un bañito.

–          Lo consulté y me dejaron: Vienes a dormir para acá.

La idea me pareció buena. Fungía como secretaria de la teniente. Dormía en la oficina, y cuando ella tenía guardia, me hacía compañía.

–          ¿Te gusta el ron?

–          Claro.

–          Tengo una botella ahí, ¿quieres un trago?

–          Por supuesto.

Cada vez que tenía guardia nos tomábamos una botella de ron. Los tragos hacían efecto y nos reíamos como una tontas. Nos decíamos cosas, hablábamos de temas calientes, y de lo que nos gusta hacer cuando la bebida se nos sube a la cabeza.

–          A mí, cuando estoy en tragos, me gusta hacer el amor.

–          Ay, teniente.

–          ¿A ti no?

–          Bueno, sí.

–          Eso es lo que más me gusta hacer. Cuando estoy en tragos y cuando no. Por ejemplo, ahora.

–          Imagínese…

–          Ahora lo quiero hacer contigo.

–          ¿Conmigo?

–          Contigo, sí. Si no lo has hecho nunca con una mujer, hoy vas a empezar. Siempre hay una primera vez, ¿no?

–          Teniente, mire que yo…

–          Psssss. No digas nada y quítate la ropa.

–          Pero…

–          Quítate la ropa, Ana María, ¿tú no entiendes? Y si no lo haces, informo que te portaste mal y sabes que no hay libertad al tercio, y sabes que vuelves donde las demás presas… Quítate la ropa, muñeca. A ver, dame un beso.

No tuve más remedio que hacerlo, y no voy a contar lo que pasó porque todavía me avergüenzo. Cuando llegué a prisión me advirtieron que las combatientes chantajeaban, y me pasó. Lo tuve que hacer porque si no ponía en juego todo. Ese día fue el comienzo de una relación que duró hasta que salí en libertad condicional. Hoy, hasta el momento que cuento esto, estoy yendo al psicólogo porque quiero sacarme de la cabeza esa idea de que soy lesbiana.

¡No lo soy! ¡¡No lo soy!!

El psicólogo que me atiende ha hecho algo, pero a cada rato sueño de que Roxana está encuera arriba de mí haciéndome y diciéndome todas las cochinadas que se le ocurría.

Y por supuesto, la teniente Roxana no se llama así, y tampoco es teniente. Si digo la graduación que tiene y el nombre verdadero, me desgracio la vida.

Aclaración: Este relato forma parte del libro “La vida es un monólogo”, de mi autoría, en proceso de edición. También señalo que la imagen que ilustra este artículo, es netamente de referencia.

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