“Di el paso al frente por la revolución cubana, y me enfermé de los nervios”

ImageMe volví loco.

Era tanto el trabajo, tan fuerte, que un día abrieron la oficina donde yo trabajaba y se sorprendieron al verme dándole un parte militar a una foto del Che:

–       Compañero comandante Ernesto Guevara de la Serna, las tropas que participarán en el desfile militar están formadas. Informa, jefe de las tropas, capitán Álvarez Gómez.

En mi vida de militar di el parte unas cuantas veces. A tenientes, primeros tenientes, capitanes, y el último fue a al Che.

Cuando era estudiante terminaba los partes diciendo:

– Informa, cadete Álvarez Gómez.

De recién graduado:

– Informa, teniente Álvarez Gómez.

2 años después:

– Informa, primer teniente Álvarez Gómez.

Tras 2 años más:

– Informa, capitán Álvarez Gómez.

Y en capitán me quedé, porque al año de haber sido ascendido me dio el ataque de locura con el cuadro del Che, me ingresaron en la sala de psiquiatría del hospital militar, me hicieron un chequeo, me dijeron que estaba loco, y me licenciaron a… Bueno, rectifico, me dijeron que estaba loco no, me dijeron que estoy loco, porque todavía lo estoy. ¡Si de vez en cuando me dan crisis, hay que empastillarme y estoy 3 o 4 días que no sé dónde estoy, ni quién soy!

Mi mujer es la que paga los platos rotos.

Ella no me ha dejado no sé ni cómo porque cuando caigo en crisis ella, para mí, se convierte en lo que primero me viene a la mente.

Puede ser que se convierte en una médico:

– Doctora, le informo que Alexander Fleming acaba de describir la penicilina.

O puede ser un personaje famoso:

– Cleopatra, querida. ¿Me aceptas por esposo?

O la confundo con un hombre:

– Almirante Cristóbal Colón, don Rodrigo de Triana acaba de gritar… ¡Tierra!

Cuando estoy en crisis la confundo con cualquiera. La pobre, lleva más de 10 años luchando conmigo y mis locuras. El día menos pensado se vuelve loca ella también, y entonces sí vamos a estar arreglados, porque 2 locos juntos se vuelven difícil para controlarse, y más sin no tienen a nadie cuerdo al lado que les ponga freno.

Cuando caigo en crisis lo mismo me da por bañarme, que por no bañarme; por hablar, que por no hablar; que por reírme; que por llorar… Así son mis crisis. No me acuerdo de lo que hago, pero después me lo cuentan todo.

Hace 2 días salí de una que me dio por limpiar, y dice mi mujer que, en una semana, gasté más agua que la Ciudad Deportiva en todos los años que lleva llenando sus piscinas. Limpiaba de día, de noche… ¡Hasta de madrugada!

Lo mío es tener las pastillas para estar controlado. El ministerio me tiene tirado al abandono. Ahora a los oficiales le dan de todo, incluso a algunos licenciados, pero a mí no me toca nada. Lo único que hace es que a veces me resuelve las pastillas… Pero ya te lo aclaré, amigo, a veces:

– Compañera, ese producto está en falta.

– ¿Dónde se pueden localizar?

– Le digo que está en falta.

– Pero yo las necesito.

– Compañera, lo único que le puedo decir es que en África los niños no tienen comida.

– ¡Ellos están en África y nosotros en Cuba!

– ¡Ellos no tienen comida y usted exigiendo unas simples pastillitas!

– Mi esposo está enfermo.

– Su esposo puede soportar unos días más.

– Compañera, por favor…

– Venga dentro de 10 días.

– Mi esposo está enfermo, compañera.

– Yo también estoy enferma y aquí me ve.

– ¿Usted está enferma? De la vergüenza será.

– No me falte el respeto.

– Yo necesito esas pastillas. Entienda.

– El que me ve aquí sentada hablando con usted, no se imagina que tengo un dolor de cabeza tremendo, y no hay aspirinas para tomar. ¡Ni aspirinas hay aquí, señora!

– ¿Y esta es la potencia médica?

– No, señora, eso no se lo puedo permitir. Los niños de África…

– ¡Al diablo los niños de África!

– ¡Compañera!

Mi medicamento no tiene nada que ver con la comida de los niños de África, pero aquí para buscar justificación tienen el uno, y como a los que distribuyen mis pastillas no les interesa si pierdo la razón o no…

El trabajo, ese trabajo que me dieron estaba duro de verdad. Cuando me gradué era un simple teniente, después un simple primer teniente, y parece que a alguien se le ocurrió pensar que no podía ser un simple capitán porque, el mismo día que me ascendieron, me nombraron Jefe del Polvorín de la unidad:

– ¿Yo el Jefe del Polvorín?

– Usted, compañero capitán.

– Nunca he sido Jefe de nada.

– Por algo se empieza.

– No hay nada más bajo.

– Usted tiene temple, compañero capitán, para dirigir el polvorín de la unidad.

– Yo no puedo asumir…

– ¡Un comunista nunca dice que no!

– Compañero, a mí…

– Firme, capitán, a partir de ahora usted acaba de dar el paso al frente para sumir el cargo de Jefe del Polvorín de nuestra querida, idolatrada, amada e invicta, unidad militar.

– Pero, compañero, yo…

– ¡Firme, compañero capitán!

Y asumí como jefe del lugar donde estaban todas las municiones de la unidad. Todos los días tenía que contar uno a uno todos los envases de proyectiles, y si faltaba uno…

Mi unidad quedaba en San Antonio de los Baños, y muchas veces llegué a mi casa con la llave del polvorín y tenía que regresar para allá a devolverla… ¡Por mis medios! De la Víbora a San Antonio de los Baños a las 5 de la tarde y por mis medios.

Ese cargo fue el que acabó con mis nervios.

¡Y menos mal que me volví loco y le di un parte a una foto del Che, porque si me hubiera dado por volar el polvorín hubiera explotado yo, la unidad, San Antonio de los Baños y el copón divino!

En mi familia hay tradición de locos. Hay quienes tienen tradición de ser plomeros, otros de carpinteros, otros de artistas, pero la mía se ha destacado en eso de darle trabajo a los psiquiatras: Mi papá se volvió loco, mi tío se volvió loco, mi hermano está loco, y yo por el estilo.

Enloquecí por el cargo, aunque una pila de gente me ha dicho me ha dicho que más tarde o más temprano me iba a volver loco porque lo llevo en la sangre.

Asumí el cargo y empecé a ir cuesta abajo. Asumí el cargo por disciplina y, como otros que ocuparon cargos por disciplina, perdí el juicio:

– Hay que dar el paso al frente, porque en cualquier momento nos invade el imperialismo yanqui que está a solo 90 millas al norte.

Y el paso al frente se convirtió en 2 para atrás, y en 3, y en 4, y así hasta que un día en la oficina me dio la impresión de que el Che, desde su foto, me sonreía y hasta me brindaba un tabaco que tenía en el bolsillo.

¡Qué clase de locura!

En mis momentos lúcidos, que son bastante pocos, siempre me hago la misma pregunta:

– ¿Qué tenía yo que ver con lo militar?

Fue cuando empecé el último año del preuniversitario:

– ¿Qué vas a estudiar cuando termines el 12 grado, hijo?

– Mamá, no tengo buenas calificaciones para una carrera en la universidad.

– ¿Y te vas a quedar sin carrera?

– No sé…

– Tú tienes que ser universitario.

– Pero si la inteligencia no me da…

– Tú eres inteligente; además, la revolución necesita de que todos los jóvenes estudien en la universidad, y tú no puedes ser menos.

Y por no quedarme sin carrera escogí y no ser menos que los jóvenes revolucionarios de mi generación escogí “Mando táctico en municiones” en una escuela militar que estaba en “La cabaña” y se llamaba “Camilo Cienfuegos”. 4 años duró la especialidad, y 4 años estuve allí dentro.

¡A mí me da risa porque parece que Camilo marcó mi vida: Estudié en una escuela con ese nombre y me hice oficial, y fue el motivo de mi primera crisis de locura! El parte militar se lo di al Che, pero como el Che y Camilo eran amigos…

Mi rendimiento en la escuela era mediocre, aunque sabía que no me gustaba lo militar.

Las marchas bajo el sol del mediodía no las resistía nadie:

– 1… 2… 3… 4…

Gritaba el jefe de pelotón marcando el paso:

– Comiendo mierda y rompiendo zapatos.

Me decía para mis adentros, mientras el jefe de pelotón marcaba el paso:

– ¿Qué hacía yo en lo militar?

Me pregunto a cada rato:

– ¿Qué hacía yo en la militar, si lo militar y yo no tenemos nada que ver?

Por lo menos me queda un consuelo: No me volví loco recién graduado, y pude ascender y por eso tengo ahora un retiro decoroso; bueno, decoroso comparado con la media, porque no me alcanza para nada. No me volví loco recién graduado, aunque si me hubieran mandado a Angola, Etiopía, Nicaragua o a cualquier lugar que enviaban tropas cubanas para hacer sentir el internacionalismo proletario nuestra revolución socialista, me hubiera vuelto loco mucho antes del día que le di el parte a la foto del Che que hay en la que era mi oficina; ese día, y se lo juro por lo más grande, vi que el Che no solo me sonreía, sino que me brindaba un tabaco que tenía en el bolsillo.

Aclaración: Esta entrevista, data de 1997, forma parte del libro “La vida es un monólogo”, de mi autoría, en proceso de edición. Cabe señalar que la imagen que la ilustra es, netamente, de referencia.

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4 comentarios sobre ““Di el paso al frente por la revolución cubana, y me enfermé de los nervios”

  1. Genial !!! Se lee de un tirón, hace sonreír, reflexionar, y deja también sensación de tristeza e impotencia: porq siendo ” cubanos de Cuba” y habiendo vivido allá más de la mitad de nuestras vidas sabemos q todo es VERDAD. Gracias una vez más Aldito. Finalizo declarando q coincidiendo con Trilla: ” el loco sigue al frente del polvorín “!

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