“Santa María de los velorios”

ImageTengo conocimiento que en mi manzana tenían su residencia 3 señoras de nombre María: María Álvarez, María Alfonso, conocida popularmente por “María Mofuco”, por sus constantes libaciones alcohólicas, de licores, de fácil factura y precio económico, bautizados como “Hueso e’ tigre”, “Espérame en el suelo”, “Bájate el ajustador”, “Abre las patas y goza”, “El hombre y la tierra”, “Chispa e’ tren”, “Alcoholite”, “Alcolifán”, “Menéame la cuna”, “Strike tirándole”, “Dale candela a mí son”, “Parálisis facial”, “Sonrisita forzada”, “Matías Pérez”, “El globo e’ Cantoya”, “Al compás del 3 por 4”, porque decían que el que llegaba a la embriaguez consumiéndolo, al caminar parecía que estaba bailando un vals… Y, finalmente, la última de las 3 Marías, creo que de apellido Suárez, fuente inspiradora de este relato.

María. Ese era su nombre; el mismo que, en tan solo 5 letras, transmite la invocación, indefectible, de la santa; esa misma santa por la que todos piden que dios le salve, la misma santa que está llena de gracia, la misma santa que el señor está con ella y, por lo tanto, es bendita entre todas las mujeres, al mismo tiempo que es bendito el fruto de su vientre, la misma santa que su nombre es santificado, la misma santa que se apiada de los pecadores; así era su nombre, aunque por María, la del reparto Santa Felicia, nadie nunca pidió que dios la salvara, ni mucho menos estaba llena de gracia, ni era bendita, ni tampoco fue bendito el fruto de su vientre, y ni qué decir que su nombre fue santificado. No obstante a no poseer ninguna de las cualidades que se le atribuyen a la santa, María, es recordada por la vetusta localidad que me vio, nacer, creer, y partir allende las fronteras cubanas.

–       ¿Tú sabes lo que hacías cuando eras un niño?- me preguntó un día mi señora madre- Cuando María se sentaba en el sofá, tú te tirabas en el sueño para verle el blúmer.

María, reitero mi duda, porque si mal no recuerdo, Suárez era su apellido paterno, y que según refiere mi progenitora, usó los primeros blúmeres que vi en mi existencia, se le veía a diario, andando, y desandando, las calles de la barriada, máxime si se anunciaba lluvia; en el primer intento de relámpago, ya estaba María sentada, cómodamente, en la sala de mi residencia, o de cualquier otra residencia, con una cara de angustia pocas veces vista, justificando su presencia, y, al mismo tiempo, cerrando, fuertemente, los ojos, en un vano intento de alejar la furia de la madre naturaleza.

–       La lluvia es bonanza, María- le comenté en cierta ocasión- No hay que temerle.

Siempre me pregunté los motivos por los que María, ante cualquier eventualidad meteorológica, abandonaba su casa, e iba a recalar a la mía. Sé que vivía sola, sé que tenía miedo, estoy convencido de que tenía una extrema sed de comunicación, pero mi casa era como su casa, o sea, arquitectónicamente, mi casa era diferente a su casa, pero mi casa nunca poseyó un sistema defensa especial contra tempestades, vendavales, o ventiscas, que le protegieran. Si un rayo, potencialmente, podía reducir a cenizas su morada, lo pudiera hacer también con la mía.

–       María, usted que dice que le tiene miedo a los rayos y a los truenos, yo la considero muy valiente. Porque si sale de su casa, cuando hay amenaza de tormenta, se está exponiendo a que la parta un rayo en el camino.

–       Ay, mijo, quitándole fuerza y poder a tus palabras- me respondió con un hilo de voz apenas perceptible- Yo creo que tú tienes ganas de qoy me muera.

–       ¿Cómo va a decir semejante barbaridad?

–       ¡Mira lo que me acabas de decir!

–       Yo estoy previendo que a usted le suceda algo.

Pero sucede que si los embates naturales eran su principal debilidad; si los chaparrones, aguaceros, torrenciales, diluvios, eran acérrimamente, rechazados por ella,  María tenía una gran atracción. Me atrevo a asegurar que, María, hasta se alegraba con la noticia del fallecimiento de algún infeliz mortal, porque era adicta, simpatizante, partidaria, incondicional, seguidora, leal, a cuanto velorio se concretaba en el municipio, y arrabales colindantes. Para María los velorios eran, sin temor a equivocarme, eran sinónimo de fiesta, carnaval, juerga, convite, carnestolendas…

Una máxima era, tras luctuosa información comunicada, ver a María en el velatorio, toda vestida de negro, cual mensajera de la parca. Aclaro que, la referida señora poseía una complexión delgada, pelo canoso, y una piel blanca, hasta punto de merengue, que contrastaba con la vestimenta que, tradicionalmente, empleaba para asistir a los servicios funerales. Solo estaba ausente la guadaña para convertirse en una versión, terrenal, del óbito; en una representación humana del perecimiento. ¡De haberla conocido, Onelio Jorge Cardoso, uno de los máximos exponentes de la cuentística cubana, hubiese escrito “María y la muerte”, y no “Francisca y la muerte”!

¡María tenía tantas ansias de velorio que, en no pocas ocasiones, arribó al predio funeral antes de que llegara el difunto! ¡Y afirman, malas y buenas lenguas, que si lo anterior sucedía, intervenía en la preparación del cadáver, orientando a quienes no les quedaba más remedio que cumplir tan sobria función! Ella indicaba, con profundos conocimientos de causa, con una precisión envidiada por los más egregios constructores de relojes Omega, los elementos de maquillaje que debían de ser usados, para que los restos mortales pudiesen ser exhibidos con decoro, y al recibir cristiana sepultura viajasen al más allá, casi como lucían en el más acá.

Si sucedía que al hacer feliz entrada en el recinto velatorio, el finado, y sus inmediatos, se habían personado para cumplir la vigilia, María hacía concretar todo un protocolo; protocolo que, tras un estudio minucioso, reproduzco lo más fiel posible.

El primer paso era, obviamente, hacer variar el rictus de su expresión; o sea, el rostro se convertía en una mueca de pesar. Posteriormente, se detenía a abrir su cartera, para de esta forma, extraer un diminuto pañuelo con el que se enjugaba las primeras lágrimas, y movía la cabeza hacia los lados, como ahuyentando la terrible realidad a la que iba a enfrentar. Transcurrido lo anterior, avanzaba, lentamente, volviéndose a detener, en esa ocasión delante de uno de los familiares de quien acababa de decirle adiós al mundo de los vivos, y se abrazaba llorando.

–       ¡No lo puedo creer!

Aclaro, llorando, pero llorando escandalosamente.

–       ¡Dios mío, no lo puedo creer!

Tan escandalosamente que el deudo se veía en la imperiosa necesidad de consolarla.

–       Vamos, María, tiene que estar tranquila. Recuerde que a él no le gustaba ver a nadie llorando.

–       Ay, pobrecito. Era una persona excelente. ¿Por qué mueren las buenas personas?

–       Tiene que ser fuerte, María.

–       Recuerdo que hace como 5 años le resolvió un turno médico a mi difunto esposo para verse en el proctólogo.7

–       Todos estamos intentando ser fuertes, María, usted nos tiene que ayudar en eso.

–       Ven, acompáñame a verle, porque no tengo valor a ir sola hasta el ataúd.

–       Pero, María…

–       Por favor, quiero verle por última vez.

Obligaba al doliente a acercarse al féretro, algo que, quizás, no deseaba en el triste momento.

–       Compláceme, que yo lo quería mucho.

Pero María era así, así de impetuosa, y, claro, luctuosa.

–       Si quieres me arrodillo, y te lo pido.

E impetuosa, y no tan luctuosamente, comenzaba un monólogo en el que, a medida que avanzaba, parecía olvidar su verdadero cometido.

–       Míralo, chica, parece que está dormido. Que bien se ve. No creo que se haya muerto, tan animoso que siempre se le veía. Da la impresión que se va a levantar, para salir caminando. Pobre, hombre. ¿Qué edad tenía? ¿De qué murió? Ay, no somos nada. Estamos de paso en este mundo. Ayer mismo lo saludé, cuando fui a la bodega. No se veía mal, para lo mal que decían que estaba. Hummmmm… Tiene una tonalidad medio amarillenta en los párpados. ¿Estaba enfermo del hígado? O no, espera, estoy viendo que, en los pómulos tiene como unas bolsitas, y eso es señal de colesterol alto. El colesterol es malísimo. Ese te mata y no te enteras. Yo todos los días me tomo una copita de vino tinto después de las comidas, porque eso baja el colesterol. A ver, creo que tú también tienes esas bolsitas. Sí, las tienes, cuídate, no vaya a ser que le sigas los pasos a tu tío. ¿Tú sabes que llegó el pollo de población? A mí me corresponde pollo de dieta, y pollo de población, y cuando cocino pollo le quitó el pellejo porque tiene grasa, y sube el colesterol. ¿Tú vas al baño todos los días? Porque si te acuerdas de “Vililo”, él también tenía esas bolsitas, y murió, aunque no de colesterol, sino de cáncer de colón. ¿Tú no tendrás cáncer de colón? No me mires así, que te lo digo por tu bien. Está bien, mal agradecida, cambio la pregunta: ¿No te recuerdas a “Vililo”?  Ay, esta juventud que tan desmemoriada está. Te hablo de “Vililo”, el marido de la “Pancha”, aquel que se volvió loco y salió desnudo para la calle con un machete en la mano gritando “Abajo el imperialismo”, y diciendo que Maceo le había ordenado apoyara a Máximo Gómez en la batalla de Mal Tiempo, porque los españoles habían quemado al indio Hatuey. Dicen que, además, las crisis de locura le daban por convertirse en los personajes de los muñequitos rusos; lo mismo era “Mashenka”, que el “Tío Stiopa”, que “Scheburasca”, que “Fantito”, que “Tusakutusa”, y un día, que tenía que ir a buscar a los nietos a la escuela, hasta se disfrazó de Ferdinando, aquel payaso alemán. Si tú no te acuerdas de esa gente, estás muy mal, porque de ese escándalo se enteró el barrio entero. “Pancha”, la que enviudó primero de Carlos “el manco”, el que perdió la mano en una amasadora de pan; el que según la gente le pegaba los tarros a “Pancha”, con Aurora, la rubia que no tenía dientes. Precisamente, Carlos “el manco”, antes de trabajar en la panadería, era chófer del carro fúnebre de este lugar. Dicen que lo botaron de aquí, porque lo sorprendieron alquilando; sí, cuando no había muertos que llevar, entonces convertía el carro fúnebre en un  taxi, y tiraba pasajes para las playas del este. ¡Yo no me explico cómo la gente se montaba en un carro fúnebre, aunque en el fondo de mi ser los entiendo, porque como no había transporte había que montarse en lo que fuera. A ver, yo no te veo bien. ¿Y esa ojeras? ¿Tú no estás durmiendo bien? Dicen que las ojeras también son síntoma de cáncer de colon. Yo te repito la pregunta: ¿Tú no tendrás cáncer de colon?

Sí. Porque además de impetuosa, y luctuosa, María no poseían ni la más paupérrima noción de tino y diplomacia.

–       Con su permiso, tengo que ir donde mamá.

Y ahí quedaba ella, junto al féretro, contemplando, a través de un cristal, el mortal visaje de quien descansaba en paz.

Esa escena se repetía, velorio tras velorio, y, en no pocas ocasiones, varias veces al día, porque, en no pocas ocasiones, la muerte acogió en su regazo, en coincidencia de tiempo, a más de un conocido. En esas circunstancias, María, rauda y veloz, cubría la distancia existente entre salas funerarias haciendo gala de una velocidad meteórica, jamás vista en personas de tan avanzada edad.

María, vuelvo a señalar, creo que de apellido Suárez, falleció, allá por el 93 o 94. Me fue imposible asistir a su funeral porque asuntos laborales exigían mi presencia. Lamenté no ir, y sinceramente lo digo, porque de tantas visitas, tan torrenciales como el agua que se precipitaba del cielo, llegué a experimentar hacia ella un gran cariño. Un deseo trunco fue asistir a su último adiós, y ubicar sobre la lápida que cubrió su féretro, una leyenda que definiera su persona. Claro está que, de haber hecho mi solicitud, la familia lo hubiese impedido; empero, si me hubieran otorgado el chance, en letras doradas, esto se leería:

Aquí descansa María

Una señora luctuosa

Arrebatada e impetuosa

De una gran energía.

Yo le extraño día a día

Y no en fiestas, ni jolgorios

No en cumpleaños, ni casorios

Porque, sencillamente,

Ella es para la gente

“Santa María de los velorios”

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