“Soy una de las tantas pruebas de la droga que se mueve en Cuba

Image“Pablo (Escobar) estaba feliz con esa ruta (Colombia-México-Cuba-Estados Unidos). Decía que era un placer hacer negocios con Raúl Castro, pues era un hombre serio y emprendedor. Con ayuda de Jorge Avendaño, apodado el ‘Cocodrilo’, el ‘Patrón’ llega a Fidel Castro, en la isla de Cuba. Éste lo conecta con su hermano Raúl y así se inicia una operación de tráfico de cocaína. Pablo Escobar conserva la amistad con Fidel Castro, desde su estadía en Nicaragua”. John Jairo Velázquez, alias “Popeye”. Mano derecha de Pablo Escobar

La droga es lo mejor que se ha inventado. Por ahí dicen que acaba con el ser humano, y bueno, puede acabar con el ser humano, pero ayuda a vivir, por ejemplo, a gente como yo, que vive en cuba, y en Cuba hay que vivir desconectado de la realidad porque te mueres pal carajo. Por eso yo me paso el día entero me la paso en el aire, como que flotando, como si yo fuera el zeppelín de Radio Martí. ¿De Radio Martí? ¿El zeppelín lo tiene Radio Martí o la tele Martí? Bueno, si es radio o televisión da lo mismo, lo importante es que me paso el día flotando como sin fuera un zeppelín.

Camino, y no me doy cuenta de que camino; me  río, y me pasa igual; lloro, y lo mismo; cago, orino, y ni me entero. El santo día me la paso en la bobería. Ahora estoy a medias, porque Anita me dijo que ibas a venir a verme, porque de lo contrario me hubiese metido un par de rayas para equilibrar los sentimientos.

Sé que la cocaína me tiene así; que estoy enganchada hasta lo último, pero lo lindo es que sé que estoy mal, pero me gusta estar mal. Así ando hace como 2 años. Me gustaba ir a las fiestas que hacía Tania en su casa, y probaba la “coca”, pero no estaba como estoy ahora.

Tania es una amiga mía, que no tenía ni mamá, ni papá, ni abuelita, ni  hermanito, ni perrito ni gatico, en Cuba; todos se habían ido a los Estados Unidos, y la mantenían de allá hasta que se pudo ir por reunificación familiar. Tania era o es una loca, porque gracias a Dios no se ha muerto, que le da lo mismo tener sexo con un hombre o con una mujer, y metía tremendas fiestas en su casa, gastando el dinero que le mandaba la familia en comida, bebida, drogas…  De todo, como en botica, y cantidades industriales. Había de todo como para repartir en una marcha del pueblo combatiente.

–       A gozar que todo va por mí.

Todo estaba en una mesa, y la gente se servía lo que le daba la gana. Si se terminaba algo, se buscaba más. De donde la sacaba, no tenía idea; yo solo sé que cuando se acababa la cocaína, Tania levantaba un teléfono, hablaba con sé quién, y a los 15 minutos la cocaína estaba de vuelta. Una vez, la trajeron unos policías en una patrullera, así que te podrás imaginar cuanta gente estaba involucrada en eso.

La casa donde vivía mi amiga es enorme, una casona que está en el reparto Siboney, y se metían allí una pila de gentes. Se cerraba la casa, y nadie se podía ir hasta que se dijera hasta aquí. De esas fiestas, que de lo que en ellas pasaba no se enteraba ni el Comité de Defensa de la Revolución, que lo que no sabe se lo imagina; y esos rumbones podían ser hasta 2 veces por semana; empezaban por la mañana, pero no se sabía a la que hora que terminaban. Podían terminar de noche, de madrugada, al otro día o al siguiente. Una vez estuvimos casi una semana de fiesta. Sí, una semana, note dije que entrabas y se perdía la noción de todo. ¡Muchacho, aquello era del carajo!

En el comienzo todo era normal, pero cuando la droga, y la bebida, iban haciendo efecto, nos quitábamos la ropa, y la orgía que se formaba era de primera.

–          No. Con ustedes no.

–          ¿Por qué, princesa?

–          Porque ya los probé la semana pasada. Quiero hombres nuevos.

Esas fiestas me marcaron la vida, porque en esas fiestas probé la droga por primera vez, en esas fiestas estuve con una mujer por primera vez, en esas fiestas estuve con 2 mujeres por primera vez, en esas fiestas estuve con varios hombres por primera vez, y en esas fiestas conocí al Yoyi.

–          Tu nombre…

–          Carmen Rosa, ¿y el tuyo?

–          Jorge, pero me dicen Yoyi. ¿Vienes a menudo?

–          No me pierdo una.

–          ¿Por qué no te había visto nunca?

–          Yo tampoco te había visto a ti.

Yoyi era un tipo clave en las fiestas.

–          Así que tú eres uno de los que trae la droga.

–          Gracias a eso me estoy haciendo rico.

–          ¿Y cómo tú puedes entrar la cocaína al país, muchacho?

–          Recuerda que se menciona el milagro, pero no el santo. Conténtate con saber que me hice de la droga por obra y gracia de la mano de Dios. Aunque tú me caes bien; por eso te voy a hacer el cuento, para que veas que soy un tipo con suerte; vaya, alguien que brilla con luz propia, alguien que se benefició con una obra de caridad del padre, el hijo, y el espíritu santo, amén.

Él vivía de vender lo que pescaba en el malecón.

–          Lo hacía a diario, porque había decidido no trabajarle más al gobierno por una miseria, y no podía morirme de hambre. Todos los días agarraba mi cámara de goma de camión, mis “nailon”, mis anzuelos, mis carnadas, y me echaba al mar. ¡Me echaba al mar, y como no tenía remos, tenía que hacerlo con los brazos. ¡Carmen, te juro por mi madre santa, que eso lo hacía todos los días de mi vida! Me iba al malecón, y me metía 5, 6, 7 horas pescando. Metía en una bolsa 3 o 4 pomos de agua congelados, y un par de panes con lo que apareciera; y como a veces no aparecía nada, entonces me comía un par de deliciosos panes, con sabor a panes. Qué otro remedio me quedaba, ¿verdad? A veces me iba con mucho, a veces me iba con poco, pero siempre me iba con algo. Una vez descubrí que había unos pescadores que dejaban una red, y se llenaban de peces, que se trababan; ahí me di banquete, hasta que se dieron cuenta que yo llegaba hasta el punto, me tiraba al agua, me zambullía y agarraba los peces, uno a uno, sin ningún tipo de esfuerzo. Y eso se me dio de casualidad, una vez que se me cayó la bolsa con los pomos congelados, y se hundió; se hundió la bolsa, y yo me tiré detrás de la bolsa; bajé hasta el fondo como un rayo, y ahí descubrí; entonces, todos los días me tiraba, y me llevaba los peces de otros; porque ellos ponían la red, se iban, y regresaban más tarde a buscar la red. Ellos nunca supieron que era yo, porque nunca me vieron, solo que  no pusieron más la red en el punto que yo había descubierto, y tuve que depender de nuevo de lo que yo pescaba; que, como te dije, una veces era mucho, otras veces poco, pero siempre se pegaba algo, y con lo se pegaba había que resolver, sí o sí, como el día que pesqué una barracuda, una picúa; “¿todo el día para pescar una mísera picúa?”, me dije, las picúas que, como tienen fama de ciguatas, nadie las compra; pero no, yo tenía que salir de la picúa, por encima de cualquiera; la preparé en enchilado, compré como 200 panes, que me vendió un amigo que trabaja en una panadería, y preparé 200 panes con enchilado de pescado, y me fui a venderlos a la playa, a Guanabo, al módico precio de 5 pesos; en media hora me gané mil pesos; negocio redondo; había gastado 200 pesos en los panes, y me gané 800; claro, dije que el enchilado era de merluza, no de picúa, porque si no, no me lo compra nadie; vendí todo, y me perdí rapidísimo; después supe que hubo 200 intoxicados por ciguatera. Me dio pena, pero mi hambre me daba más pena todavía. Ahí tuve miedo, Carmita, y dejé de pescar unos días, hasta que no pude más, y volví a lo mío, pero siempre con la mente puesta en dejar de pescar. ¡Ya estaba obstinado de tanto esfuerzo, y Dios puso en mi camino la gallina de los huevos de oro! ¿Te imaginas que encontré la gallina de los huevos de oro en el medio del mar? Muchacha, ese día hacía un sol que rajaba las piedras, y estaba ya molesto porque no había pescado nada, cuando me fijé bien y me di cuenta de que en el agua flotaba una cosa.

–          ¿Una cosa?

–          Escucha el cuento que…

–          Tú te le tiras a la primera cosa que ves… Jajajajajaja…

–          Era un paquete grande. Bastante grande, y herméticamente cerrado. Remé, lo cogí, y lo llevé a la casa. En la casa lo abrí y vi que contenía un polvo blanco. ¡Mucho polvo blanco!

–          Hummmmm… Me imagino.

–          Eso mismo que estás pensando…

–          Dios te la puso en las manos.

–          Sucede que nunca había visto la “coca”, pero me imaginé que era un paquete que se le escapó a los guardafronteras que están cazando el día entero las lanchas que trafican, y cuando se ven acorraladas tiran al mar los paquetes. Ya te lo dije… ¡Dios había puesto en mi camino la manera de hacerme rico!

El Yoyi empezó a vender la rayita de cocaína a 5 dólares.

–          Y la estoy tirando baratica, porque quiero salir del paquete que es grandísimo.

–          ¿Y cuántas rayas le vendes a Tania para estas fiestas?

–          100 rayas, mínimo.

–          ¿500 dólares?

–          500 dólares.

–          ¿Y ella te paga eso?

–          ¿Para qué tiene familia en los Estados Unidos? Tania tiene  dinero, Carmen Rosa, ¿tú no lo sabes? Ella me compra cocaína por el equivalente a mil 500 o 2 mil al mes, más o menos. Y no siempre me compra a mí. A veces va a mi casa, y yo no estoy, entonces tiene que ir a comprarle a otro punto.

–          ¿De verdad?

–          En serio te lo digo.

–          Es mucho dinero.

–          Pero lo paga.

–          Caramba, si se da el lujo de pagar mil 500 o 2 mil dólares al mes, solamente en cocaína, ¿cuánto le manda la familia entonces? Por lo menos el doble.

–          Quizás no. Tania está enganchada con la droga. ¿Te fijas en la casa? Es verdad que es una casa grande, bonita, pero no tiene nada; bueno, tiene, pero nada del otro mundo, quise decir. Tú que has entrado al cuarto de Tania, ese cuarto parece un chiquero. Ropa por todas partes, platos sucios por todas partes, no tiene cama porque y duerme con un colchón tirado en el piso. Los 3 baños se ve que hace mucho no reciben una buena limpieza. Apenas tiene platos, vasos, cubiertos, el refrigerador, un Westinghouse del año de la corneta, tiene comida, es cierto, pero la comida que compra la pone en las fiestas. Ella se viste muy modestamente. No creo que reciba mucho más de mil 500 o dos mil dólares mensuales.

–          ¿Y no te importa hacer algo malo?

–          ¿Malo? ¡No bromees! Si la gente quiere endrogarse, pues que lo hagan. Además, ¿tú preguntándome si me importa hacer algo malo, cuando la primera que se vuelve loca por una raya eres tú? Aquí nadie está libre de pecado, y el que lo esté que tire la primera piedra, como dice el refrán.

Con Yoyi me uní como pareja, y con él me fui a vivir.

–          Buenos días, mi amor. ¿Ya preparaste el desayuno?

El desayuno era una rayita de “coca” para cada uno. Una rayita pura, porque con el tiempo supe que la que le vendía a Tania la ligaba con talco, para los pies, para estirarla.

Así empezábamos el día, y así nos pasábamos el día.

Sin comer, solo aspirando por la nariz y haciendo el amor. Nos pusimos flacos que dábamos, pena, pero no nos importaba, lo de nosotros era aspirar la “coca” para estar en otro mundo, y olvidarnos de toda la miseria que rodea a los cubanos. Pobrecitos los que en Cuba no se puedan aislar aunque sea con una rayita de cocaína.

Tania se fue, y Yoyi fue a vender lo que quedaba de la coca en las discotecas, hasta que la policía dio con él. “Ya es mucho tu descaro, compadre”, le dijo un policía, uno de los que los que ayudaban a vender el polvo, “tengo que cargar contigo, porque la gente que te denunció, te conoce bien. Mucho te lo advertí, y  no me hiciste caso”.

Después de quitarle todo, le hicieron un juicio de corre corre y le metieron 25 años.

–          ¿Y ahora qué hago?

Me pregunté.

–          ¿Qué hago ahora, Dios mío?

Saber que no iba a tener a Yoyo me angustiaba, pero saber que me iba a faltar el polvo me angustiaba más. Tenía que tener aunque sea algo. Si no era coca, otra droga, pero algo.

–          Métele a la piedra, muchacha.

Había oído hablar de la piedra, pero como estaba enganchada con la coca, no me hacía falta.

–          La piedra es lo último y lo bueno que tiene es que te la venden en moneda nacional.

–          ¿En serio?

–          Para algo tiene que servir la moneda nacional… ¿No?

Quise ver si me salía de la droga con eso de la fuerza de voluntad, pero no pude. Mi deseo era flotar.

–          Métele a la piedra, muchacha. Total, no es bien sencillo. Se hace una bola con goma para pegar zapatos, pero seca; se mete en una lata de cerveza y se le da fuego por debajo. Hay otro tipo de piedra, pero es un poco más cara. Ese es el crack, conocida en otros países como “la perdición blanca”, acá también le dicen “la piedra”. Pero esa se prepara ligando medio gramo de bicarbonato por cada gramo de cocaína, la mezcla se disuelve en agua, se hierve a fuego lento, y luego se  introduce  varias veces en agua fría, y se deja secar hasta que se endurezca. Picada en trocitos, o rallada, se fuma ligada con la marihuana, en pipas, o en una especie de cachimba que se hace con las boquillas de los spray de los asmáticos. También la aspiran luego de calentar latas de refresco, escachadas al medio, y con agujeros bien finos. Una piedra, te aclaro, este tipo de piedra, cuesta entre 3 y 5 CUC. Crea una adicción incontrolable. La que yo te hablo es mucho más barata. La puede comprar cualquiera. Vaya, para que veas que soy buena gente, a ti te la vendo más barata.

–          ¿Y cómo te drogas?

–          Igual que la otra. Mis clientes lo que hacen es que la meten en una lata de refresco, o cerveza, le metes candela al fondo, y aspiras el humo que suelta. ¡Te pone a mil! Yo también vendo las latas ya preparadas. ¡Yo soy un profesional de la piedra!

Hice caso y me metí en la piedra. Fuego y humo. ¡Qué rico! Es una delicia. No es lo mismo que la cocaína, pero por lo menos me pone a flotar también. Me la venden por 20 pesos cubanos. Muchas veces no tengo dinero para comprarla, y le tengo que robar algo a mi mamá para venderlo: Un adorno, una ropa, unas medias, un poco de arroz de la cuota, frijoles, azúcar…

Ella le tiene metido candado a todo en la casa, pero yo me las agencio siempre para sacarle algo. Tampoco me deja salir, y tengo que abrir la ventana del baño, y por un tubo, bajar los 3 pisos  hasta la planta baja. Por suerte el tubo es nuevo y está en buen estado, porque si se hubiera roto conmigo colgando, ya estuviera en una cama inválida, o en el cementerio de Colón.

Mi mamá llora, grita, patalea, porque acaba de dejar la piedra, pero yo le digo que no quiero.

–          ¿Te has fijado en la tos que tienes, Carmencita?

–          Mamá, sé que estoy mal, pero lo lindo es, que me gusta estar mal.

–          Ay, mi hija…

–          Es mi vida, y no quiero que te metas en ella.

–          Vete a un médico.

–          No estoy para eso.

–          Estás acabando con tu vida, y con mía.

–          ¿Con la tuya? ¿Qué tiene que ver tu vida en esto?

–          Con la mía; claro que con la mía también

–          ¿Por qué con la tuya?

–          Porque me enferma, verte en esas condiciones. Me acuesto pensando en si vas a despertar, o no.

Sé estoy enferma, mal de verdadl, y no se lo digo a la vieja, pero yo también estoy asustada por el estado en que me encuentro. Los pulmones los tengo desbaratados; me agito de bajar las escaleras; me falta el aire; toso, toso, toso, y cuando escupo echo una flema tan verde que mete miedo. A veces escupo sangre, y creo que tengo tuberculosis.

La piedra enferma los pulmones porque ese gas que huelo es tóxico, pero así me gusta estar.

–          Hija, el día menos pensado me das un susto.

–          Si me muero me morí, mamá, de algo me tengo que ir de este mundo.

Aquí se pasan la vida diciendo que en Cuba no hay drogas, y sí hay drogas; Ochoa, el general que fusilaron en 1989 junto a otros 3 más, pagó las culpas de todos los negocios con narcotraficantes que ha hecho el gobierno. En Cuba hay droga y se negocia con droga desde hace mucho tiempo, aunque digan que no. Y conmigo se equivocaron, porque aunque lo nieguen, donde quiera que me paro lo afirmo, y si no me creen demuestro que, nuevamente, están mintiendo. ¿Me está mirando? Yo soy una de las tantas pruebas de la droga que se mueve en Cuba.

Aclaración: Esta entrevista forma parte del libro “La vida es un monólogo”, de mi autoría, en proceso de edición. También señalo que la imagen que la ilustra es, netamente, de referencia.

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