“En Cuba todo es una mentira”

ImageEstuve preso, pero no soy un delincuente.

Me sucedió lo que a cualquiera le puede pasar. Era chofer de una empresa que pertenece al Ministerio de la Industria Básica. Había venido de un viaje casi de ida y vuelta a Guantánamo.

¡2 mil kilómetros en apenas 36 horas! ¡Estaba muerto del cansancio!

Venía manejando por la intersección que forman la calle Lacret y la calzada de 10 de Octubre, cuando me quedé dormido al timón, perdí el control del auto, me subí a la acera y atropellé a una muchacha que esperaba para cruzar la calle. Murió cuando la llevaba al hospital.

Aquello para mí fue terrible. No podía dormir, porque cada vez que lo hacía veía la imagen de la muchachita, desangrándose, que me preguntaba:

–          ¿Por qué me hiciste eso? Yo quiero ir donde mi mamá, mi papá y mi hermanita. ¿Por qué me hiciste eso?

Cuando la atropellé, la monté en el auto junto con otro compañero que se brindó para ayudar. Constantemente le iba diciendo a la muchachita:

–          No paso nada. Ya estamos llegando al hospital. No pasó nada.

En el fondo sabía que el golpe había sido duro, por eso no me extrañó cuando el que iba acompañándome me dijo:

–          Yo creo que se murió.

En el hospital tremendo revuelo.

Tuvieron que inyectarme de lo mal que me puse. Me dio como un ataque de nervios y empecé a gritar:

–          ¡No soy un asesino! ¡No soy un asesino!

Como me habían puesto un sedante me dormí, y cuando abrí los ojos tenía un señor frente a mi camilla:

–          ¿Es usted Antonio, el chofer que atropelló a la muchachita fallecida?

–          El mismo.

–          Yo soy el papá.

Ahí rompí a llorar.

Pensé que el hombre iba a emprenderla contra mí, pero no:

–          No se preocupe. Nosotros no lo vamos a acusar. Somos evangélicos, y hemos asumido el fallecimiento de Graciela, como que el señor la mandó a buscar. Ella va a descansar en el reino de Cristo gracias a usted; además, usted todo el tiempo ha querido colaborar. Otro se hubiera dado a la fuga.

No me acusó la familia, pero de todos modos fui condenado a 3 años de privación de libertad.

Estuve todo el tiempo en una granja y pertenecía a un grupo de trabajo que pintaba calles. Los 3 años se redujeron a año y medio porque siempre tuve una buena conducta.

Salí en libertad, y ahí empezaron las complicaciones:

–          No puedes seguir trabajando aquí, Antonio.

–          ¿Por qué? Ya cumplí, ¿no?

–          Sí, pero sucede que…

–          Cumplí con la sociedad, porque en el fondo estoy condenado a cadena perpetua. No se me quita de la mente que maté a una persona. La imagen de esa muchacha echando sangre por la boca, por la nariz, y por los oídos no se me borra.

–          Lo siento mucho.

–          Pero, ¿por qué? Quiero que me expliques por qué.

–          Estuviste preso.

–          ¡Pero no le robé a nadie, coño! Lo que me pasó a mí le puede pasar a cualquiera. Todo el mundo sabe aquí que me quedé dormido. Yo no venía borracho, ni nada. ¡Me quedé dormido porque estaba cansado!

–          Aquí no puede haber nadie con antecedentes penales.

–          ¿Y los 15 años que llevo trabajando en esta empresa?

–          Te vamos a dar una carta de recomendación para que busques ubicarte en otro lugar, pero aquí no puedes seguir. Lo sentimos mucho.

–          Yo tengo hijos que mantener.

–          Lo sentimos mucho, Antonio.

–          ¡Me voy a quejar!

–          ¿A quiénes te vas a quejar? ¿A los mismos que pusieron la ley que aquí no puede haber ningún trabajador con antecedentes penales?

–          El que hizo la ley, hizo la trampa.

–          Quéjate a ver qué pasa.

Una queja tras otra, una carta tras otra, y es como si hubiese estado arando en el mar. Me quejé arriba, y después más para arriba, y seguí subiendo hasta que llegué al Tribunal Supremo, que falló en mi contra.

Lo único que hicieron a favor mío fue una carta que hablaba maravillas de mí, pero de poco sirvió. Donde quiera que llegaba me negaban la posibilidad de trabajo:

–          No, compañero, aquí estamos por el perfeccionamiento empresarial, y tenemos como meta que nuestros trabajadores, tengan una trayectoria intachable.

Eso me lo repetían cada vez que llegaba a buscar trabajo. Era como si veían un monstruo, y se asustaban:

–          ¡Usted mató a una persona!

–          Mire, lo que…

–          Fuera, fuera.

–          Déjeme que…

–          Se quedó dormido al timón, ¡seguro venía borracho!

–          Pero, mire, yo…

–          Fuera, fuera le digo o llamo al guardia de seguridad. Fuera.

La cosa se iba poniendo fea. Pasaba el tiempo, y yo sin trabajo.

Yo, que tanto tiempo había estado en la plantilla de mi empresa como chofer; yo, que muchas veces había salido trabajador vanguardia, ahora estaba en la calle.

¿Por qué, Dios mío? ¿Por qué?

Lo único que hice malo, o supuestamente malo, fue no querer pasar al Partido cuando se me cumplió el tiempo en la Juventud, pero eso fue hace tiempo. Después de eso seguí trabajando. Me dijeron que este es un país democrático, que si no quería ser militante del Partido Comunista de Cuba no importaba, porque la revolución se lleva en el corazón, y no en un carné en el bolsillo, para… Bueno, ahora, después de ver que me han tratado como una epidemia, creo cualquier cosa, porque si yo hubiera dicho que sí quizás me dan la oportunidad de regresar a mi puesto de trabajo… ¡Pero no me da la gana de ser militante del partido, mira qué!

¡Dicen que en esa organización están los vanguardias, y yo me encontré a una pila de descarados que están en el PCC, con cargo y todo, y me encontré con otros que decían que sí por miedo a tener problemas, y me encontré con otros que decían que sí para resolver cosas, y yo como no soy un descarado, como no tengo miedo, y no quería resolver nada, dije que no!

Y si dicen que el partido es tan bueno, ¿por qué no me ayudó cuando me sacaron del trabajo?

¿Por qué no ayudó a mi mujer cuando se vio sola con los muchachos?

El partido, la juventud, el sindicato… ¡Todos me viraron la espalda!

Es verdad que cometí un error, pero ya cumplí. Trabajé, trabajé como un mulo, como una bestia, como un trastornado, me porté bien, me redujeron la condena… Cumplí con la sociedad, y ahora la sociedad me rechaza.

Esto no lo entiende ni el que frió el aceite. Esto no tiene nombre, como decía mi amigo Jaime.

¿Por qué?

Mira que le doy vueltas, y vueltas a la cosa para buscarle una explicación, pero no se la hallo, porque no la tiene.

Estoy de mentiras, hasta el cuello, porque todo lo que dicen es mentira.

Es una mentira tras otra, y los que no han sufrido, como yo hasta este momento, se las creen.

¡Eso de los derechos humanos de que gozan los ex presos, no es verdad!

No estoy pidiendo nada del otro mundo, solo que me dejen trabajar. Estoy pidiendo el derecho a ganarme la vida decentemente, o a seguir ganándome la vida decentemente, porque esos que me botaron del trabajo saben que no me pueden señalar ni con la uña del dedo chiquito.

¿Qué les digo a mis hijos? ¿Qué les digo a ellos?

¿Que su papá además de un asesino, es un vago habitual?

¿Con qué moral les exijo ahora que estudien?

¿Por qué me pasa esto a mí?

Acá en Cuba todo es una mentira. Todo.

Eso que sacan por el noticiero de que a los presos se les da esto, o lo otro, es una gran mentira; eso que dicen que cuando los reclusos cumplen la sanción, son incorporados a la sociedad, es otra gran mentira; y eso que dicen que los CDR y las demás organizaciones de masas ayudan a los familiares de los ex reclusos, es otra gran mentira. Es una cadena de mentiras, hecha por una cadena de mentirosos.

No hace mucho me mandaron para el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, uno que está bajando por la calle 23 frente al cine “La Rampa”.

Fui allí, porque me dijeron que me podían resolver, pero fue peor:

–          Usted es un ex recluso.

–          Sí, compañero.

–          Usted sabe que los ex reclusos no pueden trabajar en cualquier parte.

–          Sí, compañero, ya me he dado cuenta.

–          Pero como la revolución es benévola, siempre hay cabida en la sociedad para aquellos que cumplieron sanción.

–          Muy bueno saberlo, porque lo desconocía.

–          Tenemos 3 ofertas de trabajo para usted. 3 ofertas de trabajo muy importantes en la sociedad en que vivimos.

–          ¿Cuáles son esas ofertas?

–          Cazador de cocodrilos en la Ciénaga de Zapata. Se cazan los cocodrilos, y los incorporan al criadero. Usted sabe los esfuerzos que está haciendo el gobierno, la dirección de la revolución, porque esos animales, esos reptiles no desaparezcan, porque están en vías de extinción, y se cuidan porque son una fuente de divisas para nuestro país que es un país bloqueado por el imperialismo yanqui; la otra posibilidad, en de ayudante en la construcción; y la última, bueno, trabajador de comunales.

–          ¿Basurero?

–          No precisamente. Basurero es un término muy duro.

–          ¿Recogedor de basura?

–          Compañero, lo que le estoy ofreciendo es que sea trabajador de comunales, que son los encargados, fundamentalmente, de mantener limpia la ciudad.

–          ¿Terminó?

–          Puede llenar esta planilla que…

–          A cazar cocodrilos, a trabajar de ayudante en la construcción, y a recoger basura va usted y la madre que lo parió.

Sé que con la respuesta que le di me hundí más, pero el tipo más cínico no pudo ser:

–          Cazador de cocodrilos en la Ciénaga de Zapata.

Hummmmm… Yo cazador de cocodrilos:

–          Ayudante en la construcción.

En mi vida he tenido una pala en mis manos para mezclar arena, cemento y agua:

–          Trabajador de comunales.

La basura que hay en esta ciudad que la recoja otro, porque yo…

Sigo sin trabajo, y no sé qué hacer.

Mi esposa me comprende, al igual que mis hijos, pero no tengo cara para mirarlos. Me muero de vergüenza cada vez que veo a mi mujer vendiendo dulces, maní, panes con mayonesa, arroz frito, alguna ropa que le cae… ¡Y eso lo hace después que llega de su trabajo muerta de cansancio!

Creo que estoy en medio de una pesadilla, porque no me cabe en la cabeza que esto me esté pasando a mí. Lo único es que sin trabajar no voy a durar mucho, porque si me tengo que meter a hacer negocios ilícitos, los voy a hacer, aunque me manden de nuevo a prisión.

Aclaración: Este relato forma parte del libro “La vida es monólogo”, de mi autoría, en proceso de edición. Señalo, además, que la imagen que ilustra es, netamente, de referencia.

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