“En Cuba, lo que funciona es la doble moral”

ImageNunca me ha gustado la doble moral.

Me sucedió parecido a Diego, el personaje protagónico de la película “Fresa y Chocolate”:

–       ¿Andrés quiere ser bailarín de ballet clásico?

–       ¿Bailarín de ballet clásico?

Se insultó mi papá:

–       De eso nada.

–       ¿Por qué?

Intentó defenderme mi mamá:

–       El ballet es para los maricones. Todos esos bailarines que ves por la televisión son maricones, y mi hijo no puede ser bailarín.

Mi papá se aferró a que no y que no e hizo cumplir su voluntad. No estudié ballet clásico porque, según él y muchos más, es para los maricones. Ha pasado el tiempo y, aunque no soy bailarín, soy maricón.

Así de sencillo.

¡Soy maricón de nacimiento, porque desde que tengo uso de razón me arrebatan los hombres!

No jugué béisbol, ni voleibol, ni baloncesto, ni tampoco practiqué judo, ni kárate, ni taekwondo, ni hice pesas para ponerme fuerte como Arnold, ni soñé ser como Bruce Lee, ni como Maradona, ni como Antonio Muñoz, ni como Teófilo Stevenson…

Nada de eso.

Lo mío era jugar con las muñecas de mi hermana, pintarme los labios con los cosméticos de mamá y ponerme los vestidos de mi abuela. Salía con mi papá y veía venir a una pareja y se me salía la baba, y ahí mi papá me preguntaba:

–       ¿Te gusta la novia?

Y yo pensaba para mis adentros:

–       Ay, papá, qué iluso eres. El que me gusta es el novio.

La vida es así. Me gustan los hombres, y mira que lucharon conmigo llevándome a psicólogos:

–       ¿Sufrió algún trauma de niño?

El psicólogo que tenía unos ojos verdes que se comían la tierra:

–       ¿Fue violado?

El psicólogo con una voz gruesa, encantadora, cautivadora, soñadora, como la de un locutor de programas radio:

–       ¿Fue abusado sexualmente?

El psicólogo que usaba un perfume exquisito. De olerlo me excitaba:

–       Mamá, vamos a hacerle al niño unos test mentales y después analizamos los resultados.

¡Me encantaba que llegara el lunes por la tarde para ir a la consulta del psicólogo! Yo creo, si mi memoria, no me traiciona, que de aquel psicólogo fue del primer hombre del que me enamoré:

–       Su hijo no tiene ningún problema.

–       ¿Y?

–       A él solo le gustan los hombres.

–       ¿Y?

Mi mamá nerviosa pensando en que se tenía que resignar a un hijo maricón:

–       ¿Cuándo es el próximo turno?

–       Si usted quiere, compañera, lo puede seguir trayendo a mi consulta pero será en vano.

No me llevaron más y tampoco volví a ver al psicólogo, mi primer amor platónico:

–       Es nuestro hijo y lo tenemos que aceptar como tal.

Dijo, asombrosamente, mi papá:

–       Sabías que ibas a reaccionar así.

Dijo asombrosamente mi mamá, porque conociendo a mi papá, esperaba de él cualquier reacción. La que me sorprendió fue mi hermana:

–       Yo te apoyo.

–       Gracias, hermanita.

–       Pero te voy a confesar algo. Me gustan las mujeres.

–       ¿Te gustan las mujeres?

–       Soy pareja de Diana, la que estudia conmigo en la universidad.

Para mí fue una de las sorpresas más grandes que he tenido en mi vida. Nunca me pasó por la mente que mi hermana fuera lesbiana o bisexual:

–       Soy bisexual, porque también me gustan los hombres.

Me acordé del cuento del hombre que va a confesarse a la iglesia:

–       Padre, peco. Me gustan los hombres, pero sucede que a mi papá le gustan los hombres, también a mi hermano, a mi abuela, a mi tío… Hijo, ¿en tu casa no hay nadie que le gusten las mujeres? Sí, padre. A mi mamá, a mi hermana, a mis tías… Jajajajajaja…

No me ha ido mal siendo maricón, u homosexual para no ser tan despectivo conmigo mismo.

Me he cuidado mucho, además del SIDA, de no faltar al respeto en mi casa. He llevado mis relaciones, pero nada de exhibicionismo; y no por el que dirán, porque todos saben qué soy, sino porque nadie tiene derecho a meterse en mi vida.

Tuve mi primera relación homosexual a los 14 años, cuando cursaba el noveno grado. Entré al baño de la escuela en el momento que orinaba un profesor de Educación Física que era todo músculo y buena figura. Un profesor que, con voz de trueno, se paraba a dar discursos en los actos políticos que se organizaban en la escuela:

–       La educación es uno de los baluartes de la revolución cubana.

Te sigo con el cuento de mi primera relación. Entré al baño, me paré a su lado, también para orinar, y mi vista fue directa a su miembro viril. Rápidamente se dio cuenta y poniendo cara de libidinoso me dijo:

–       ¿Qué miras?

No contesté:

–       ¿Te gusta?

Seguí en silencio:

–       ¿Y la tuya? Enséñamela.

No sabía dónde meterme:

–       Te invito hoy a mi casa. Mi mujer está para provincia con mi hijo.

Al concluir la sesión de clases, me estaba esperando en el lobby de la escuela, lo acompañé a su casa y… Te imaginas que sucedió lo que tenía que suceder. Ya no me sorprende nada, pero en ese momento sí, y me asombró mucho que un profesor fuese gay y que se fijaras en un alumno menor de edad. Después supe que como 4 o 5 alumnos, maricones como yo, lo acompañaban a menudo a su casa. Y no es mentira, porque en estos momentos que estamos hablando tú y yo, está preso por pedofilia. A saber a cuantos les hizo lo mismo. Yo se lo agradezco infinitamente, hay que ver los otros.

¡La educación cubana está podrida!

Desde entonces me he asumido muy dignamente y más, cuando he ido por la calle, y me han gritado de todo:

–       ¡Madonna!

–       ¡Cindy Lauper!

–       ¡Princesa Diana!

–       ¡Atmosférica!

–       ¡Nicol Kidman!

–       ¡Bruja!

–       ¡Puta vieja!

–       ¡Aparatosa!

–       ¡Celia Cruz!

–       ¡Isadora Duncan!

Me gritan y lo que hago es contonearme.

Muchos se burlan, pero otros me admiran porque, sin pena de ningún tipo, he salido travestido a la calle. Soy uno de los primeros trasvestis que hay en Ciudad de la Habana y en Cuba. Me vestí de mujer desde la época en que te detenían por eso:

–       ¿Usted es hombre o mujer?

–       Depende, compañero.

–       ¿Me da su identificación?

–       Le voy a evitar trabajo. Me llamo Andrés, pero soy maricón.

–       Queda detenido.

–       ¿Por qué?

–       Entre al auto.

–       ¿Por qué?

–       Entre al auto, ¿a las buenas o a las malas?

–       Primero dígame, ¿qué delito cometí que usted me quiere detener y…

Y el policía terminaba la conversación. Varias veces, a empujones, me subieron a los autos de policía; pero todas esas veces, me tenían que dar la libertad porque no existe ninguna ley que prohíbe a un hombre salir vestido de mujer a la calle.

Nunca me dieron golpes cuando me conducían a las unidades y menos si me llevaban a la que está en la esquina de Zapata y C. Había un capitán, jefe de uno de los sectores, que me encerraba en su oficina con el pretexto de hacerme un interrogatorio y, al igual que en la casa del profesor de Educación Física, pasaba lo que tenía que pasar.

¡No solo la educación, la policía cubana también está podrida!

Me encanta arreglarme como una gran dama y salir a pasear. Si tengo pareja me porto bien, pero si no, levanto al primero que me guiñe un ojo… ¡Y que me guste, claro!

Te puedo dar fe que vuelvo loco a los hombres, incluso a algunos altos dirigentes de este país.

–       ¿Dónde quieres que te lleve?

–       Donde quieras. A mí me… ¿Yo te conozco?

–       No sé.

–       Ay, sí. ¿Tú eres el sale por la televisión?

–       Sí, pero silencio.

–       ¿Cuál es tu cargo? Sí, ya sé. Tú eres el dirigente ese, creo que de Comercio Interior, que dice lo que van a dar por la libreta… Jajajajajaja…

–       ¿Te estás riendo de mí?

–       Ay, perdón… Encantada, me llamo Andrés pero…

–       Pero nada. Quiero pasar la noche contigo.

–       A tu disposición.

Ya te dije que como homosexual no me ha ido mal, pero por ser homosexual no me han dejado ser lo que yo quiero ser:

–       ¿Periodista?

–       Pedí periodismo, mamá, pero me dijeron que para estudiar periodismo, hay que ser militante de la Unión de Jóvenes Comunistas.

–       ¿Crees que te van a dejar ser militante?

–       ¿Y por qué no?

Cuando estaba estudiando el décimo grado me acerqué a los dirigentes de la juventud de mi escuela:

–       Quiero ser militante.

–       ¿Tú, Andrés?

Me preguntaron con cara de burla:

–       ¿Tú quieres ser militante de la Unión de Jóvenes Comunistas?

Les repetí la misma pregunta que le hice a mamá:

–       ¿Y por qué no?

Se miraron entre sí porque no creían lo que estaban escuchando.

–       ¿Estás hablando en serio?

–       ¡En serio!

Ahí les cambió la cara:

–       Bueno, Andrés, sucede que…

–       ¿No me dejan porque soy maricón?

–       Pudiera ser.

–       Yo cumplo con todo, soy buen estudiante, participo en los actos políticos, en las actividades culturales, deportivas; e incluso, padeciendo de bronquitis asmática, voy a las escuelas al campo…

–       Pero es que la organización nuestra…

–       No permite maricones.

–       Andrés, no puedes ver las cosas tan simples.

–       Lo único que quiero es que contesten la pregunta que hice: ¿La Unión de Jóvenes Comunistas no acepta maricones en sus filas?

–       Hay cosas que se saben y como se saben no se preguntan.

–       ¿Un revolucionario no puede ser maricón?

Nada. No me hicieron el proceso, no soy militante, no pude estudiar periodismo, y como no pude estudiar periodismo no quise estudiar nada más. ¡Y como la revolución me rechazó por mi orientación sexual, hace tiempo que para mí, apesta! ¡Aquel ataque de comunismo que me dio cuando solicité el proceso para la juventud se que quitó! ¡No me explico, con cuántos periodistas homosexuales, reconocidos públicamente, que hay en este país! Periodistas, médicos, artistas, dirigentes, deportistas…

¿Tú no sabes la última?

No conozco a los boxeadores cubanos pero dicen que uno, que es el que más campeonatos del mundo ha ganado, es gay. No me imagino a un boxeador gay. ¿Has oído algo de eso? Milagro porque es lo que se comenta en todas las esquinas.

Es la doble moral. Es la doble moral que ha cosechado la revolución, por la tonta ideología que profesa, desde que triunfó hasta la fecha.

Muchachos que recibieron su carné de militante de la Unión de Jóvenes Comunistas y pudieron estudiar periodismo. Muchachos que, a espaldas, se acostaban con otros muchachos, pero tenían la imagen de revolucionarios duros. Muchachos que, hoy son tan buenos periodistas, como tan buenos maricones.

Pero no solo periodistas; está ese dirigente de Comercio Interior que me busca, que se vuelve loco por mí y me busca, y me lleva a pasar las noches con él en lugares que él resuelve por su cargo de ministro:

–       Solo quiero que nunca hables de esto con nadie.

–       Soy una tumba.

–       Me gustas mucho.

–       Los maricones tenemos fama de que lo hablamos todo, pero soy una profesional.

–       Abrázame.

–       Pero antes te voy a hacer una pregunta; si en Cuba alguna vez autorizan las relaciones homosexuales, ¿te unirías conmigo como pareja?

–       ¿Te interesa mucho saber?

–       Tenemos una relación.

–       Por mí lo hiciera, pero…

–       ¿Pero?

–       Tú sabes que si lo hago me cuesta el cargo.

–       No importa.

–       Importa…

–       Por amor se hace todo. Dejas el cargo y te vas a vivir conmigo.

–       Si dejo el cargo me muero de hambre, Andrés.

–       No. No te mueres de hambre. Si dejas el cargo, te anulan como persona y tienes que darte un tiro, porque no te dejan otra opción.

Así era el dirigente que tenía como amante, y digo era no porque se haya muerto, sino porque ya no es mi amante, y no es mi amante, porque lo mandaron a un viaje a Holanda, y por allá se quedó. Fue con una delegación que iba a representar a Cuba en no sé qué festival culinario, y en cuanto pisó tierra holandesa, ojos que te vieron ir, no te vieron regresar. ¡Se quedó con el dinero del viático de la delegación completa! ¿Viste? Así funciona la doble moral.

Y sé de otros ministros, y viceministros, y dirigentes que buscan a los que son como yo, e incluso organizan orgías.

¡Es muy fuerte!

¡La revolución apesta, y como apesta, me burlo, me vengo porque me rechazó, acostándome con uno de sus dirigentes!

La doble moral está en todos lados, y no solo es de maricones, o de homosexuales, para no ser tan despectivo conmigo mismo.

Aclaración: Este relato forma parte del libro “La vida es un monólogo”, de mi autoría, en proceso de edición.

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