“Uruguay, primero en jugar y ganar”

ImageParís, capital de Francia, en 1924, repitió su condición de sede olímpica; la urbe parisina, en 1900, había acogido a los participantes de los II Juegos Olímpicos de la Era Moderna, 24 años después volvía a ser la gran protagonista de la afamada cita estival. Para la ocasión, la bien llamada “Ciudad Luz”, entre el 4 de mayo y el 27 de julio, recibió a 3 mil 89 atletas, de 44 países, que participaron en 126 modalidades deportivas, siendo estos 2 mil 956 masculinos y apenas 136 féminas.

Los VIII Juegos Olímpicos, sin dudas, marcaron un antes y un después; por ejemplo, en París’ 1924 se utilizó por vez primera un logo; también tuvieron la primicia en emplear el lema olímpico “Citius, Altius, Fortius”, “Más rápido, más alto, más fuerte”; y, además, el hecho de albergar a los participantes en una villa, resultó un gran aporte para ese tipo de eventos. París’ 1924 fueron los últimos Juegos liderados por Pierre de Freddy, Barón de Coubertain, en ese entonces titular del COI, y padre de la versión olímpica contemporánea.

A lo anterior, sin dudas, podemos sumar la participación del primer equipo latinoamericano en la competición futbolística que vio en acción a 22 naciones: 19 europeas, a las que se sumaron Egipto, Estados Unidos, y Uruguay. Y llamo la atención de este último, porque el conjunto ‘charrúa” no solo tuvo, en la región, la primicia de jugar en el “Viejo Continente”; la celeste fue el primer equipo en jugar, y ganar allende el océano Atlántico.

El debut olímpico uruguayo se produjo el 26 de mayo de 1924, en el estadio olímpico de París, ante su similar de Yugoslavia. Cuentan que la directiva del team europeo envió “espías” a los entrenamientos, para, de esta forma, conocer un poco acerca de la propuesta balompédica celeste; estos, al darse cuenta de la presencia de tan “ilustres visitantes”, comenzaron a exhibir un juego completamente errático, lo que hizo pensar a los yugoslavos que “ellos eran unos pobres diablos, y que serían convertidos en presa fácil”. El resultado de aquel primer encuentro dista de la pobre imagen que mostraron los uruguayos en las prácticas: Dispusieron de los representantes Balcanes por abultado marcador de 7 goles 0. Ni los 3 mil 25 espectadores presentes, ni Georges Vallat, árbitro principal del partido, podían creer lo que ante sus ojos se mostraba. Uruguay, un desconocido equipo sudamericano, hicieron sucumbir, de manera contundente, a los yugoslavos que, en ningún momento del juego, pudieron descifrar la gran estrategia de juego que exhibieron “los pobres diablos”. En la ocasión los goles fueron de José Vidal (20’), Héctor Scarone (23’), Pedro Petrone (35’ y 61’), José Pedro Cea (50’ y 80’), y Ángel Romano (58’).

Tres días posteriores a su debut olímpico, el 29 de mayo, y en el mismo escenario, o sea, el estadio olímpico de París, las 10 mil 455 personas que, in situ, querían admirar al equipo sorpresa del fútbol olímpico, no tanto se sorprendieron al ver que Uruguay disponía, también por goleada aunque no con un marcador tan dispar, al equipo de los Estados Unidos. Con el silbatazo final concluyó un partido favorable a los celestes 3 dianas a 0; los goleadores ante los norteños fueron Pedro Petrone (10’ y 44’) y Héctor Scarone (15’). Ese resultado indicaba que Uruguay, en apenas 180 minutos de juego, había logrado burlar el arco rival en 10 ocasiones, dándose el lujo de no permitir goles, y, a la vez, demostrando que eran fuertes candidatos a luchar por la ansiada presea dorada olímpica.

Antes de acceder a la final del torneo de fútbol de los Juegos Olímpicos, París’ 1924, los “charrúas”, dejaron en el camino a los equipos de Francia y Holanda, con score de 5-1 y 2-1, los días 1 y 5 de junio, respectivamente. A pesar de haber sido vencidos, inobjetablemente,  y recibir 5 anotaciones, los locales se llevaron el mérito, y las palmas de los fanáticos, de haber sido los primeros en vencer la puerta, brillantemente defendida por Andrés Mazali. El francés Paul Nicolás, 12’, fue el autor del gol de su equipo mientras que los celestes Héctor Scarone (2’ y 24’), Pedro Petrone (58’ y 68’), y Ángel Romano (83’) se encargaron de la tercera victoria uruguaya en la VIII edición olímpica de la Era Moderna.

 Frente a los holandeses, ya en la fase semifinal, la victoria tuvo otro cariz. El gol de Kees Pijl, a los 32’, pautaba la diferencia, e hizo, para muchos, pensar que “la buena suerte charrúa” estaba llegando a su fin, cuando, a los 62’, José Pedro Cea se encargó de igualar las acciones, y Héctor Scarone, 82’, de penal, hizo florecer las esperanzas de la oriental nación sudamericana.

Para el 9 de junio estaba señalada la final olímpica. Para el 9 de junio, 40 mil 522 espectadores, en el estadio olímpico parisino, aguardaban el enfrentamiento entre Uruguay, la sorpresa del torneo, y Suiza. Marcel Slawick, árbitro principal, sería asistido por el belga Henry Cristophe y el egipcio Youssuf Mohamed. Era, prácticamente, inadmisible una derrota uruguaya. Los charrúas, dirigidos magistralmente por Ernesto Figoli, estaban convencidos de ello, y no defraudaron. Suiza se tuvo que conformar con escalar el segundo escaño del podio de premiaciones. El score de 3 goles a 0 le dio a Uruguay la posibilidad del anhelado título olímpico, gracias a las dianas de Pedro Petrone (9’), José Pedro Cea (65’), y Ángel Romano (82’).

El 9 de junio de 1924, reitero la fecha, Uruguay, que se había convertido en la primera selección de fútbol representante de América del Sur en jugar en el “Viejo Continente”, se adjudicaba la primicia de titularse, en un magno evento, en esa zona geográfica. Como colofón del fútbol olímpico de los VIII Juegos, el uruguayo Pedro Petrone, resultó líder goleador con 7 dianas obtenidas.

La alegría uruguaya no se detuvo, y 4 años más tarde, para la edición olímpica 1928 en Ámsterdam, capital holandesa, repitió la hazaña de París’ 1924. Todo quedaba listo para que esos 2 títulos olímpicos, logrados de manera sucesiva, le valieran, a la pequeña nación de América del Sur, ser seleccionada como sede de la Primera Copa del Mundo de Fútbol, 1930. Lo demás es historia. Como es archiconocido Uruguay fue sede de ese primer paso mundialista, y, además, titular: Tuvo la primicia de, no solo organizar, sino de ganar la Primera Copa del Mundo de Fútbol que reconoce la historia de la humanidad.

Para concluir un detalle: En el próximo partido en que participe la selección nacional uruguaya de fútbol, dirijan la vista hacia el escudo que, orgullosamente, exhibe la camiseta celeste. Noten que en la parte superior se aprecian 4 estrellas. Esta significan los 2 títulos olímpicos (París’ 1924 y Ámsterdam’ 1928), y las 2 Copas del Mundo que se registran en el palmarés futbolístico charrúa. Sí, porque Uruguay, además de vencer en el Torneo del Mundo de 1930, lo hizo 20 años después, en 1950, donde la sede fue Brasil, y la celeste, en la final, hizo sucumbir a los locales en lo que, históricamente, se conoce como “El Maracanazo”.

Y a propósito de Andrés Mazzali. Sepan que el ilustre cancerbero, no solo tuvo actuaciones descollantes defendiendo el arco uruguayo en los títulos olímpicos, sino que, además, fue baskebolista, integrante del equipo Olimpia titular nacional de Uruguay, en el año 1923, y Campeón Sudamericano de Atletismo, disputando los 400 metros con vallas, siendo, en 5 ocasiones, recordista continental. Pero Mazzali, excelente bailarín, era dado a las juergas, fundamentalmente, con mujeres. Su fama de buen deportista estaba a la par de su condición de don Juan. Y precisamente, su condición de don Juan le jugó una mala pasada: a escasos días de iniciar la Copa del Mundo de 1930, escapó de la concentración para encontrarse con una hermosa, y deslumbrante, rubia, según refieren, en un hotel cercano. La fuga trascendió, por lo que dirección del equipo, liderada por Alberto Supicci, decidió expulsarlo de la selección. De nada sirvieron los ruegos de los compañeros, principalmente del capitán José Nasazzi. Mazzali, indefectiblemente, fue sustituido por Enrique Ballesteros.

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