“La autodenominada ‘puta de mala muerte'”

ImageSoy puta de mala muerte. Vine de Santiago de Cuba para acá para La Habana hace como año y pico, con mis 3 hijos, que tienen 3 años, 2, y uno. ¡Al más chiquitico lo traje de meses!

A los 15 años dejé de estudiar, y fui a vivir con el que era mi marido. Un tipo que cada vez que llegaba borracho me entraba a golpes, y como llegaba borracho todos los días, me entraba a golpes todos los días. A los 15 empecé a parir y tuve 3 partos seguidos, porque quedé embarazada 3 años seguidos. Mi marido no esperaba la cuarentena, la primera noche en casa después de salir del hospital, me quitaba la ropa, y se me tiraba arriba:

–          Muévete.

–          Me duelen los puntos.

–          ¡Muévete!

–          ¡Los puntos!

–          No me interesan los puntos. Si no te mueves, los puntos te los voy a zafar yo pero de las patadas que te voy a dar.

–          ¡Me duelen los puntos!

–          ¡Muévete!

Él cayó preso, y vine para acá con mi cría. Con muchachos chiquitos aquí y sin trabajo es muy difícil vivir. Mi prima me embulló a venir, pero cuando vio que me le aparecí en su casa, puso tremenda cara de angustia:

–          Raquel, quédate un tiempo si quieres, pero aquí no hay espacio para ti. Lo único que puedo hacer es poner a dormir a tus 3 hijos en un catre.

–          ¿Y yo?

–          En el suelo, arriba de una sábana, al lado de ellos.

Así dormimos.

En Santiago tengo mi cuarto, pero La Habana es La Habana, y para atrás ni para impulsarme.

Desde que llegué estoy luchando.

Primero vendía cualquier cosa: Pantalones, camisas, medias, zapatos, hasta que el marido de mi prima me consiguió un trabajito ahí:

–          Raquel, ¿quieres trabajar para mí?

–          ¿Tú tienes un negocio particular?

–          Yo lo que tengo es un negocio muy particular.

–          ¿Cuál?

–          Llevar putas a Monte y Cienfuegos. Si quieres no me des la respuesta ahora, piénsalo. Eso sí, ese trabajito de puta en Monte y Cienfuegos es bien fácil.

Monte y Cienfuegos, es una esquina de La Habana Vieja, que la forman las calles Monte y Cienfuegos. Ahí vamos las putas más baratas de toda La Habana. Somos putas, jineteras, pero en moneda nacional, que en lugar de con extranjeros nos acostamos con los borrachos de los alrededores; que en lugar de ron tomamos alcohol del policlínico con agua; que en lugar de irnos a un hotel o a una casa particular, le hacemos el amor a los clientes en las escaleras de los edificios. Así somos las putas que trabajamos en “Monte y Cienfuegos”:

–          Te llevo a las 10 de la noche, y te recojo a las 6 de la mañana.

–          ¿Cuánto te tengo que dar?

–          20 pesos diarios.

–          ¿20 pesos cubanos?

–          Ay, Raquel, 20 dólares nunca los vas a hacer en Monte y Cienfuegos.

20 pesos se hacen fácil; por 25 pesos o un dólar, el tipo en una hora te hace lo que le dé la gana, y yo en una noche puedo estar con 7 tipos, que como están borrachos o enmarihuanados no pueden hacer nada, y se contentan con tocar, aunque a veces, quieren hacer algo con un palo o una botella, o llamar algún perro sarnoso de la calle para que haga lo que ellos no pueden hacer:

–          Deja que te lo haga.

–          ¡Echa el perro ese para allá!

–          Es mansito.

–          Si no lo echas para allá le voy a meter una patada por el hocico que…

–          Te pago 20 pesos más.

Ya eso es otra cosa.

Por 20 pesos más digo que sí, y entonces “enchucha” al perro para que… No tengo que decir lo que me hacen esos animales cochinos, y esos viejos borrachos que pagan por ver y hacer asquerosidades:

–          ¿Estás sola?

–          Siempre.

–          No tienes alguna amiguita contigo. Quiero verte como te ves con otra mujer encuera delante de ti.

–          Ya todas se fueron.

–          ¿Y aquellas?

–          No te me hagas que tú eres viejo en esto.

–          Llama a una de aquellas.

–          “Aquellas” son trasvestis, ¿quieres alguno?

–          Hoy no, hoy te quiero a ti.

–          ¿Qué estamos esperando?

–          ¿Cuánto cobras?

–          25 por una completa de una hora.

–          ¿Y si queremos estar nosotros 5 a la vez contigo?

–          ¿Son 5?

–          Ellos 4, y yo. ¿Cuánto cobras?

–          25 la hora por cada uno.

–          ¿Tienes lugar?

–          Vamos.

Y nos metemos en la primera escalera que aparece. Me desnudo yo, se desnudan ellos, y empieza la función. Eso viejos borrachos, y apestosos que… Bueno, no me puedo poner a criticar mucho, porque soy tan o más apestosa que ellos, todavía no sé cómo algunos tienen estómago para acostarse conmigo.

No llego a 20 años y parezco una vieja.

Las tetas me llegan al ombligo; tengo arrugas hasta en el cielo de la boca; en la barriga no me cabe una estría más; se me ha pegado en la piel un color cenizo y una picazón que no se la deseo a nadie y por mucho jabón que me dé, huelo a baño podrido; las “lagañas” no se me caen por mucho agua que me echo y los ojos me pican y siempre los tengo más colorados que los de un conejo; los pies los tengo desbaratados, y de los pies, los calcañales ni se diga, todo cuarteados; no tengo dientes arriba y ya se me cayeron 2 de abajo y los que me quedan abajo están llenos de unos abscesos que me duelen mucho, y sueltan humor por eso creo que la peste a boca no se me quita; la peste a grajo tampoco porque si me afeito debajo de los brazos se me hacen unas bolas que también sueltan humor, son como pelos enconados, y tengo que esperar a que los pelos me crezcan y cortármelos con una tijera; también estoy llena de manchas con “postillas” que dicen que es una cosa que se llama “uito”, y soy tan burra que cuando me dijeron que se llama “uito” pensé que me la había pegado el que era mi marido que estuvo en Cuito Cuanavale, allá en Angola; estoy hecha un desastre, mi pelo es una bola de grasa; por mis partes suelto como un líquido “blancuzo” con hilitos de sangre; tengo la barriga medio inflamada, porque yo tomo todos los alcoholes esos que me brindan los viejos borrachos, de hace un tiempo para acá al tragar se me hace una bola en la garganta, todas las semanas tengo ronquera, y lo que como lo vomito, y las diarreas son constantes… A veces pienso en que debo tener algo malo en el hígado, o a lo mejor sífilis, o gonorrea, o un herpe que se llama no sé qué… ¡Hasta el SIDA! Porque he estado con tantos hombres y con tantos perros que alguno me pudo haber pegado algo malo:

–          ¿Y el preservativo?

–          ¿Preservativo?

–          El preservativo, el condón…

–          Jajajajajaja…

–          ¿Te da risa?

–          ¡No juegues! Esto es al pelado.

–          ¿Y las enfermedades?

–          Yo soy un tipo sano.

–          ¿Y yo?

–          ¿Tú?

–          ¿Tú sabes si estoy enferma?

–          Claro, tienes razón. Hay que usar preservativo, pero no tengo; no tengo, pero quiero estar contigo; quiero estar contigo, o no me queda más remedio que estar contigo, porque una puta de la quinta avenida cuesta un ojo de la cara, y no tengo dinero para eso, además, no quiero estar contigo, porque me acabas de decir que puedes estar enferma; puedes estar enferma, y no quiero enfermarme yo; y como no quiero enfermarme yo, y quiero verte en acción, porque ya me han dicho que te vuelves loca lo mismo con una mujer, que con un hombre, que con un perro, te voy a traer a “Canelo” y al dueño de “Canelo”. ¿Papito? ¿Papito? Tráeme al perro ahí que esta princesa que tengo al lado quiere que la acaricie un perro.

–          ¿Me vas a pagar?

–          2 dólares la hora porque estés con “Canelo”. He visto a mujeres con perros, pero en “video”, nunca en vivo. Y te traigo a “Canelo” porque es lo que tengo a mano, pero un día voy a hablar con un amigo mío que tiene una carreta para ver si estás con el caballo. ¿Puede ser?

–          Si me vas a dar 2 fulas me puedes traer a “Canelo”, a “Canela”, a la Caperucita Roja o a Blanca Nieves.

–          Papito, apúrate con el perro que esto se va a poner bueno.

Quiero ir al médico, pero tengo miedo que me diga que tengo algo malo y que me voy a morir, y si me muero, ¿qué va a ser de mis hijos?

A veces he pensado en regresar a Santiago con mi mamá, pero si ya estoy aquí, me muero aquí. Mi sueño siempre fue vivir en La Habana, aunque sea vivir como una perra que es como vivo, y por eso prefiero que me entierren en “Colón” que allá en “Santa Ifigenia”.

Aclaración: Esta entrevista está incluido en el libro, “La vida es un monólogo”, de mi autoría, en proceso de edición. Señalo, además, que la fotografía que ilustra el relato es, exclusivamente, de referencia.

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