“12 años sin usted, Don Augusto”

ImageEl 27 de junio de 1989, hace ya casi 25 años, cumplí, exactamente 2 décadas de vida. Orgulloso, de mis 4 lustros, transitaba por el mundo terrenal, aunque, y reconozco, con el proceder más sincero, que esa dulce edad me sorprendió sin apenas metas cumplidas.

–       Mira- afirmó mi padre poniendo entre mis manos un libro, aún envuelto, señal de compra recién- Es hora de que madurez intelectualmente, y leas lo que escriben los buenos de América.

El ejemplar literario que me obsequiaba mi progenitor era, nada más y nada menos, que “Hijo de hombre”, una de las obras que marcan la fértil obra literaria de Don Augusto Roa Bastos, quien, por méritos propios, no en balde es calificado como “el paraguayo más universal que recoge la historia nacional”.

–       Si no lo lees, voy a enojarme contigo.

Agradezco a mi padre el hecho de provocar mi primer acercamiento a las letras de la nación guaraní que, en marzo de 2006, me abrió sus brazos para así poder asirme a su corazón. Agradezco a mi padre, reitero, y a Don Augusto que, con su característica prosa, consiguió, ipso facto, que me alistara entre sus más ávidos lectores.

¿Cómo olvidar el anuncio de su Premio Cervantes, 1989? ¿Cómo olvidar el momento en que el Rey, Juan Carlos de Borbón, le entregaba el ansiado título, el 23 de abril de 1990, en Alcalá de Henares, España? ¿Cómo olvidar su discurso, motivo de recibir el galardón, donde dedicaba el Nóbel de las Letras Hispanas a su “Paraguay querido”? ¿Cómo olvidar su visita a Cuba? ¿Cómo olvidar su Conferencia Magistral en el Aula Magna de la Universidad de La Habana? ¿Cómo olvidar que Don Augusto señaló mi vida con un antes y un después, porque tras la lectura de “Hijo de hombre”, comencé a crecer como hombre, y ofrezco disculpas por la redundancia?

Abril de 2005 inició con un calamitoso suceso. El día 2 el mundo se consternaba con el deceso de Karol Jozef Wojtyla, Juan Pablo II, 264 Sumo Pontífice de la Iglesia Católica; 24 días después, el 26 del propio mes, decía adiós, para siempre, Don Augusto Roa Bastos, Premio Cervantes’ 1989, y uno de los que, de manera inexplicable, le fue negado el Premio Nóbel de Literatura.

12 años ya sin Don Augusto.

Unos, cuando lo citan, le llaman Roa Bastos; otros, por su nombre y apellidos, Augusto Roa Bastos; otros, sencillamente, recurren haciendo uso de 2 palabras: Don Augusto.

Don, para aquellos que desconocen, es un calificativo que, en los inicios del pasado milenio comenzó a usarse para aquellos que provenían de familias con algún que otro vestigio de linaje, alcurnia, abolengo, casta o progenie. En pocas palabras DON, es la simplificación de una frase: De Origen Noble. Transcurrió el tiempo y a aquellos que citaban constantemente la palabra DON se les ocurrió que esa creación lingüística tenía, por antonomasia, que ser metamorfoseada al género opuesto, y que si existía el calificativo DON, tenía que existir, también, el atributo DOÑA.

Aclaro que toda la diatriba anterior es aclaratoria, pues Don Augusto no recibe tal nomenclatura por motivos de prosapia o ralea, sino porque su nobleza proviene del alma, del espíritu, y esa, a mi parecer, es más importante que cualquier título nobiliario.

Don Augusto, alguien le necesita desde el 26 de abril de 2005; usted sabrá si mira en derredor. No hay pasión, pureza y clara inteligencia condenadas a la soledad; tanta falta hace para esfumar los nubarrones de invierno universal, que no tiene derecho a reservar, solo para usted, el infinito abrazo inconcluso. Quizás no tenga identificado, con precisión, a ese ser, o seres, que darían toda su vida por su aliento seductor, por su palabra cálida, tierna y elevada. Si sucediera que busca y busca, sin encontrar dónde posar tan nobles energías, piense que solo existimos por ellas. 12 años hace que es nuestro imposible, pero no dude de que nos debemos a usted, no dude de que en cualquier recodo de los tiempos estará, sin falta, alimentando nuestros sueños, los sueños de su Paraguay querido.

12 años ya sin usted, Don Augusto, demasiado tiempo.

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