“Reflexión en mis primeros 45”

ImageEl 27 de junio de 1818, por ejemplo, comenzó a circular “El correo del Orinoco”, periódico fundado por Simón Bolívar, hecho que, obviamente, señala la historia de Venezuela, motivo por el cual, en la mencionada nación se señala cada 27 de junio como “El día del periodista”; el 27 de junio de 1950, insisto en ejemplificar, el gobierno de los Estados Unidos decidió enviar las tropas para la Guerra de Corea; el 27 de junio de 1954, y no cejo en el empeño de continuar ejemplificando, se produce la llamada “Batalla de Berna”, partido que escenificaron las selecciones de Hungría y Brasil en la fase de cuartos de final, durante la Copa Mundial de Fútbol celebrada en Suiza… El 27 de junio de 1969, rozando las 10 libras de peso corporal, y tras obligar a los doctores, que auxiliaron a mi progenitora en su alumbramiento, a aplicar los llamados “fórceps”, di mis primeros gritos, en el petit espacio geográfico que ocupa el hospital “Eusebio Hernández, popularmente conocido como “Maternidad Obrera”, sito en el municipio capitalino de Marianao, ubicado en Ciudad de la Habana, urbe más importante de Cuba, mayor isla del archipiélago antillano.

Algún tiempo después supe que, también un 27 de junio, Mohamed Alí anunció su retiro del boxeo, Ronaldo se convirtió en el mayor goleador de la historia de los Campeonatos de Fútbol, y que, esa fecha, aclaro el 27 de junio, se toma como el Día Mundial de la Sordoceguera, homenajeando el nacimiento, en 1888, de Helen Keller. Aclaro que esta conmemoración no viene con mi persona; como no padezco de sordoceguera, sino, y desde que tengo uso de razón, manifiesto una marcada tendencia a emitir mensajes entrecortados; visto lo anterior se deduce, sin un necesario poder de análisis, que debí haber nacido el Día Mundial de la Tartamudez, el Día mundial del Tartajoso, el Día Mundial de la Tartaja, o como mejor se le quiera llamar.

La felicidad colmó mi realidad hasta excoriar los 5 años y 6 meses de vida… ¡El 18 de diciembre de 1974 aumentó mi bienaventuranza con el nacimiento de Cuco, mi hermano Alberto! Por cierto, ¿recuerdan a “Fantito” el dibujo animado soviético que narraba la historia de un elefante, pequeño, que intentaba regar la espina? A mi hermano le sucedió algo parecido, y no precisamente porque era aficionado a alimentar plantas, sino que antes era Cuquito, y como, indefectiblemente, creció, y mucho, también creció su nombre para convertirse en Cuco. “Fantito” igual, y quizás muchos piensen que la cita al material animado no venga al caso, pero “Fantito”, insisto, en la conclusión del animado asegura que “crecí y creció mi nombre; dejé de ser “Fantito” y ahora soy elefante”.

Reconozco que, y es primera vez que lo hago públicamente, paralelo a las calificaciones obtenidas en mi desarrollo escolar, no logré dimensionar las consecuencias de la muerte. ¿Qué podía significar esa palabra para un infante tan dichoso? Tenía el cariño de mis padres, de mis abuelos, de mi hermano, que desde pequeño me identificó como “Aldito querido”… No obstante sucedió, y con 14 años, exactamente el 11 de mayo de 1984, viernes previo al “Día de las Madres”, una noticia devastó mi pintoresca barriada marianense: “A ‘Tato’ lo mataron en Angola”. En efecto, a Jorge Oliver Hernández, “Tato”, “Tatico”, mi amiguito de juegos infantiles, había muerto mientras cumplía misión en la nación africana. Vi llorar a mi abuelo, a mi padre… Lloramos todos por tan sensible pérdida. No se quería aceptar la realidad, pero esta se mostraba implacable. Cuentan que su último pensamiento fue para ‘Caruca’, su mamá. “¿Qué hacía ese niño metido en esa guerra de porquería?”, preguntamos todos; sí, porque a pesar de las 3 décadas transcurridas se mantiene latente la misma interrogante.

Ese suceso, previo a mis 15 primaveras, me hizo comprender lo efímero de la existencia. La abrupta ausencia física de ‘Tato’, 4 años mayor que yo, imperecedera, eterna, perpetua, provocó un cambio vertiginoso en mi manera de pensar.

En una ocasión leyendo al poeta brasilero Thiago de Mello le otorgué toda mi anuencia cuando afirmó que “Fortalece el espíritu para que las mudanzas intempestivas de la vida  no amarguen tu realidad”.

Mucho de lo anterior necesité para enfrentar, no superar, la desaparición física de Armando Martínez González, mi abuelo; ese señor corpulento, bonachón, que luchaba contra el Mal de Parkison, que cayó fulminado por un infarto agudo del miocardio. Inolvidable ese 19 de agosto de 1988, cuando apremiado por los gritos de mi abuela, corrí hacia donde yacía, saqué fuerzas para levantarlo, sentarlo… Recuerdo su mirada como una despedida. “Adiós, mi nieto, cuídate y cuida la familia”. Supuse que, silenciosamente, quiso decir; ipso facto un último estertor, acto seguido la mirada vidriosa.

No deseo extenderme demasiado. ¿Qué puedo decir en mis 45 años? Mucho, demasiado, porque las anécdotas se escalonan de manera exorbitante. ¿Qué puedo hacer en el arribo de esa apreciada edad? Solo agradecer. A mis padres, a mi hermano, a mis abuelos, por todo; me dieron la vida y me prepararon para la vida. A mis maestros, sin excepción; a “Ciudad Escolar Libertad”, la “Escuela Militar Camilo Cienfuegos de Capdevila”, al “Instituto Superior Politécnico ‘José Antonio Echeverría”, CUJAE O ISPJAE, y al “Instituto Superior de Arte”; a la “Escuela Interarmas de las FAR ‘Antonio Maceo’” por darme la oportunidad de comprender que mi camino profesional no sería empedrado por chilindrinas militares. A mis amigos, entrañables, de la escuela, el barrio, la esquina, la rumba, el deporte, el trabajo; a ese conglomerado de gente buena, egregia, y amable, que se empeña en recordarme que dentro de mis 182 centímetros de estatura y 105 kilogramos de peso, existe un buen corazón incapaz de dañar al prójimo; gracias por “soportarme”, espero contar con ellos en mis próximas 40 décadas y media de vida. A Radio Progreso, la génesis de lo anterior. A Lichy, por acompañarme en cada paso, y “empujarme” cada vez que intento retroceder. A Lissette y Jorge por permitirme haber unido mi vida a su más preciado erario. A mi pequeña república de 84-A entre 41 y 43… A Santa Felicia, Marianao, Ciudad de la Habana… A Cuba, mi Cuba, esa islita caribeña que me vio partir el 6 de marzo de 2006, y a la que, en algún momento regresaré; a Paraguay por abrirme en los abrazos y estrecharme en su corazón.

Hace un mes escaso un amigo me preguntó si yo experimentaba empatía hacia los parajes campestres. “No”, le respondí; “¿no?”, me interrogó sorprendido. Le expliqué que nací en una urbe capitalina, que soy bien citadino; que si bien reconozco los beneficios de un paseo rural, me gustaría admirar su belleza a través de fotografías y expresiones artísticas derivadas de la plástica. “¿Nunca has montado a caballo?”. Respondí que no, y le expuse, detalladamente, todo lo feliz que he sido en mi vida, y concluí afirmando que “con tanta felicidad no se me ha hecho necesario montar caballo”.

Repito, gracias, de corazón.

“Si de jerga futbolística se trata…”

200px-Onzari_1929Sucedió el 1 de octubre de 1924, para ser más exactos, día jueves, y en la cancha del Sportivo Barracas, sita en la ciudad de Buenos Aires, se enfrentaban las selecciones nacionales de Uruguay y Argentina.

“Los charrúas”, apenas unos meses antes, había obtenido el título en la edición olímpica de París; por tal hazaña concretada en la “Ciudad Luz”, los organizadores del encuentro solicitaron a la selección uruguaya que saludara a la multitud congregada en la instalación deportiva, los visitantes, solícitos, accedieron a cumplir el pedido; los titulares olímpicos, con una carrerita alrededor de la cancha respondieron a las muestras de cariño que, desde el graderío, expresaban los presentes. Ipso facto, los periodistas calificaron el gesto como “La vuelta de los olímpicos”; casi 90 años después no existe club en el orbe que no celebre con una “Vuelta olímpica” un determinado éxito.

Tras el pitazo inicial Cesáreo Onzari, delantero argentino, con tiro de esquina, logró batir el arco “charrúa” defendido por Andrés Mazzali. Y si el saludo fue bautizado como “La vuelta de los olímpicos”, ese tanto conseguido fue bautizado como “El gol de Onzari a los olímpicos”; y si, casi 90 años después todo club añora dar la llamada “Vuelta olímpica” para festejar un éxito, cualquier jugador que ejecuta un tiro de esquina, o un “corner”, para hacer usso de la jerga futbolística, quiere concretar un gol directo, popularmente llamado como “Gol olímpico”.

Cabe señalar que ese partido Argentina venció a Uruguay, 2-1; por los albicelestes, además de Cesáreo Onzari pudo convertir Domingo Tarascone, mientras que por los titulares olímpicos descontó Pedro Cea.