John Paul: “A Cuba, después de 33 años de ausencia”

mariel“No le hemos dado salvoconducto y pasaporte solo al lumpen que se alojó en .la embajada, no. A todo lumpen que lo solicite, a todo el que lo solicite. Pero, claro, los lumpens dijeron: ‘Este es el día internacional del lumpen’. Cuando oyeron decir eso, pues muchos lumpens quieren su pasaporte y su salvoconducto. ¿Y qué vamos a hacer? ¿Por qué se lo vamos a negar?”

Fidel Castro. 1 de mayo de 1980

Hace relativamente escaso tiempo, supe que mi llegada, alegre y triunfal, al mundo, se produjo en el Año Internacional del Turista. Por si no lo sabían, me tomo la atribución de informarles que la Organización de Naciones Unidas, ONU, declaró a 1967, vaya usted a saber las razones, como el Año Internacional del Turista. Nadie, absolutamente nadie, hasta este preciso momento, ha sabido explicar los motivos que condujeron a la egregia entidad, a emitir tal designación; no obstante, y tras arduas sesiones de razonamiento, donde mi materia gris trabajó a velocidades comparables a las de la luz, y en las que estuve expuesto a tensiones capaces de hacerme perder el poquísimo juicio que me queda, supongo, deduzco, intuyo, que la concreción, entre los días 21 de abril y 27 de octubre, de la Expo Mundial en la ciudad de Montreal, Canadá, a la que se afirma asistieron más de 50 millones de personas, haya sido uno de los motores impulsores para identificar, con esas 4 palabras, Año Internacional del Turista, el lapso de 12 meses en el que se produjo mi advenimiento.

El alumbramiento que puso mis casi 8 de libras de peso en manos de una obstetra, se consumó, y no se aburran porque tanto lo alude, en 1967. El mismo año que, finalmente, mataron a Ernesto Rafael Guevara de la Serna, el “Che”, en Bolivia, junto a casi toda la camarilla de aprendices de guerrilleros que le secundó; el mismo año que Fidel Castro anunció, de manera rotunda, como únicamente nos tiene acostumbrados, y como únicamente sabe hacer, que la propiedad intelectual pertenece al pueblo, por eso Cuba, a partir de ese momento, iba a traducir, y, obviamente, a publicar, literatura técnica, sin pagar derechos de autor; el mismo año que se suicidó Violeta Parra, la que a simple vista para que no tuvo mucho que agradecerle a la vida; el mismo año que se vio la luz, en Buenos Aires, Argentina, la novela “100 años de soledad”, del escritor colombiano Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura’ 1982; en 1967 nacieron, por ejemplo, Benicio del Toro, Olga Tañón, Pamela Anderson, Julia Roberts, Anna Nicole Smith; en 1967 murieron, por ejemplo, además del “Che” y Violeta Parra, Puyi, el último emperador de la dinastía chino- manchú, de los Quing, y el Príncipe Félix Féliksovich Yusúpov, conde Sumarokov-Elston, noble ruso que tuvo gran participación en el asesinato de Rasputín. Como pueden notar, 1967, fue un año donde se sucedieron hechos que marcaron la historia de la humanidad; mi nacimiento, por ejemplo, no habrá marcado un hito mundial, pero sí en mi familia, por eso me enorgullezco de enriquecer los anales históricos de la mencionada etapa, 1967, insisto.

Proyecté los primeros alaridos, en el año 1967, exactamente el 1 de junio, y como nací el 1 de junio de 1967, mi madre, gran aficionada a los vericuetos, andurriales, y escarpas, de la farándula, sobre todo internacional, decidió que llevara por nombre John Paul, brindando, de esa manera, un justo, y merecido, homenaje a John Lennon y Paul McCartney. Quizás se pregunten qué tengo que ver yo con esas 2 leyendas de la música mundial, y no imaginan que la explicación es más sencilla de lo que, en verdad, aparenta. Resulta que el día de mi nacimiento, me empeño en repetir, el 1 de junio de 1967, los 4 grandes de Liverpool, aclaro, la agrupación inglesa The Beatles, lanzó al mercado el disco “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band”, para muchos entendidos, el álbum más emblemático de la etapa musical psicodélica. El grandilocuente, y campanudo, acontecimiento, provocó que, con orgullo, mi madre, que había estado al tanto haciendo malabares intentando escuchar cuanta radio existía por onda corta, me bautizara con los nombres de 2 integrantes de una banda que, irónicamente, estaba prohibida en Cuba. Porque olvidé aclarar que emergí del vientre materno, el 1 de junio de 1967, en la isla de Cuba, en el barrio marianense de Palo Caga’o, sito en la periferia de La Habana; Palo Caga’o para los muchos, porque unos pocos, a decir verdad, escasos, en demasía, se empeñan en llamar a la barriada “Madero embadurnado de excrecencias fecales”, o “Trabuco impregnado materia excrementicia, hedionda y nauseabunda”, o “Leño empapado de sustancias residuales expelidas por la culminación del intestino grueso tras la culminación del proceso digestivo”. Yo, como no en todo momento prefiero la verborrea, ni el uso del rebusque lingüístico, me sumé a la masa, a la masa humilde y trabajadora, la misma que a diario intenta forjar un futuro mejor gritando “Comandante en jefe, ordene/ ordene sobre esta tierra/ que vamos a hacer la guerra/ si el imperialismo viene”, y que denomina a la localidad, sin rodeos, y finezas, “Palo Caga’o”. Y no me pregunten por qué  tan vulgar nombre bautice la urbe que me vio crecer; tampoco el gentilicio que me corresponde: ¿Palocaganino? ¿Palacagaense? ¿Palocagalero? ¿Palocagaceno? ¿Palocagaluso? ¿Palocaganano? ¿Palocaganeño? ¿Palocaganiano? ¿Palocagapolitano? Ni idea tengo qué calificativo dar a mi etnia, solo digo que soy marianense, gentilicio que me concierne al ser oriundo de Marianao, nacido en Palo Caga’o. De Palo Caga’o solo sé que el palo está caga’o, y va a continuar caga’o, por los siglos de los siglos, aunque, y lo juro, también por los siglos de siglos, doy fe de que en ese vetusto lugar, vive gente muy, pero muy buena: “Juanito el cortico”, aclaro, la alusión de “corto”, no es por las supuestas diminutas dimensiones de su miembro viril, sino por ser hijo de “Juan el corto”, apodo que recibió porque durante las largas, y continuas, sesiones de degustación alcohólica, decía a sus amigos “sírvanme, pero corto”; “Carmita la mocha”, que siempre soñó con tener la mayoría de edad para agarrar una mocha, e irse a tumbar caña, y así ayudar a la Revolución; Camilo “El traquetea’o”, que era fanático de cantar aquello de “sea como sea/ a ‘Palo Caga’o le traquetea/ ganando o no ganando/ a ‘Palo Caga’o’ le zumba el mango; “Panchito luzbrillante”, hijo de un eminente, irrepetible, e inigualable técnico especialista en arreglar cocinas “Píker”, que funcionaban a base de luzbrillante, combustible que lo vendían en la bodega; “Mercedita espejo sin audio”, la pobre, media sorda de nacimiento, y como en Cuba al que se interpone en la vista de alguien que está mirando al, le dicen “Espejo sin luz”, a Mercedita, parodiando el refrán, le decían “Espejo sin audio”; “Yoyi el gago”, poseedor de una tartamudez que provocaba ataques de desesperos en cuantos interlocutores tenía, una vez estuvo como 10 minutos para darles las gracias a mi mamá por un poco de casquitos de guayaba con queso que le regaló; “Albertico pandereta”, con su cara aplastada, dicen que por los fórceps que le aplicaron al nacer; “Bernardito el bobo”, tronco de comemierda, el infeliz; “Yiya la cazuela”, su nombre es Margarita, pero no sé porque lo de “Yiya la cazuela”… Y otros que, en la misma medida que avancen en la lectura, van a ir conociendo.

Bueno, no broté de la andorga de mi madre en Palo Caga’o, sino en el hospital Maternidad Obrera, nosocomio ubicado a exiguos pasos de mi residencia; en Palo Caga’o, viví desde mi venida al mundo de los vivos, hasta que, en 1980, mi padre, haciendo gala de un acto de verdadera democracia, decidió abandonar Cuba, y enrumbar, hacia el norte, entiéndase Estados Unidos, aprovechando el éxodo masivo que hubo por el puerto del Mariel. Especifico el hecho de franca libertad, y no menos pluralismo, de mi progenitor: según recuerdo, anunció la partida minutos antes de salir. “Me voy, y ustedes se van conmigo. Mi tío nos espera en su yate. No quiero peros; es la oportunidad que tenemos de espantar la mula, y rajarnos de la porquería esta. Si no aprovechamos ahora, nos vamos a morir comiendo arroz, chícharos, y huevos, y viendo películas rusas. Arriba, que ya tengo todo listo. No lleven equipaje, que allá en la yuma hay de todo. Y no hagan mucho ruido, porque los comunistas estos nos van a llenar de huevos y piedras, si se enteran que nos vamos”, comentó feliz, pero rotundo; o sea, nos puso al corriente de la decisión que nos señalaba como protagonistas, y una hora y media después, estábamos embarcados, aunque no muy cómodos, en el navío, por señalarlo de alguna forma, que tenía la misión de vencer la distancia existente entre el puerto del Mariel y La Florida. Tío Gabriel, alias “El bizco”, por el profuso, y no vano, intento de sus ojos en dirigir, constantemente, la mirada, hacia el comienzo de su nariz, había ido a buscarnos, a nosotros, a los miembros de la familia, en su yate, categoría bote o chalupa, pero las autoridades del Departamento de Inmigración lo llenaron de gente, cual artefacto de transporte público. Íbamos tan apretujados que, el tiempo que duró la travesía, o mejor dicho, en el tiempo que comenzó hasta que, abruptamente, fue interrumpida por increíbles marejadas, de una fuerza descomunal, imaginé que me había subido en una 22, o en una 28, rumbo a Coppelia. A las 2 horas de viaje, aquel yate, categoría bote o chalupa, se comenzó a hundir, y si no es por un guardacostas estadounidense, que nos rescató, no estaría escribiendo estas líneas. Afortunadamente llegamos, y, más afortunadamente aún, no hubo que lamentar ninguna pérdida humana. Solo mi tío sufrió perjuicios económicos; por sacarnos del infierno, perdió su yate, repito, categoría bote o chalupa. Aunque para ser sincero, mi abuela también sufrió; el susto le provocó un sui géneris padecimiento, nunca ante visto, al menos por mí: hasta el día de su muerte, en 1991, la acosaron fuertes descomposiciones estomacales, que a su vez daban paso a feroces, despiadadas, crueles, y mortíferas, deposiciones anales, constantes, líquidas, incoloras, y fétidas, que, a su vez, le provocaron un terrible estado de nervios, al punto de no querer salir de la casa. Todos, y todas, le insistíamos, y ella se negaba llorando; temía amargarnos la existencia con uno de sus brotes acuosos. Creo que, en nuestro yo interno, y no excluyo a ningún integrante de nuestro celebérrimo núcleo familiar, nos alegramos de que la abuela quedara en casa, viendo televisión, y depositando sus endebles heces fecales en puerto seguro.

Hago un alto en la narración, con el solo objetivo de hacer un señalamiento; quiero, de manera abierta y leal, compartir con ustedes un secreto que mi madre guardó celosamente por varios años; solo mi padre era conocedor de ese misterio; misterio que fue misterio hasta un día que mi progenitor, totalmente ebrio, o en nota, como decimos los cubanos, en una fiesta de amigos, gritó con todas sus fuerzas: “Emilia, esta gente no me quiere creer que Emelina se teñía el bollo”. Aquello fue el acabose. Hubo quien explotó en carcajadas, otros miraron al viejo mío, extrañados, y hubo otros, como mi madre y mi abuela, que en ese momento desearon que la tierra se abriera, y las hiciera desaparecer de la faz de la tierra. Emelia, mi abuela, acompañó su reprobadora mirada a mi progenitor, con un “Dios te ampare, por lo que acabas decir, muchacho del diablo”.

¿Quién era Emelina? Emelina era mi bisabuela. La madre de mi abuela materna. La misma del padecimiento sui géneris que hace unas pocas líneas expuse. Padecimiento sui géneris el de mi abuela, costumbre sui géneris la de mi bisabuela. Por lo visto tengo raíces sui géneris, y de seguro, la que se lleva las palmas, es Emelina, mi bisabuela, que nació en el medio del campo, le cortaron el cordón umbilical con un machete, y lo primero que probó, a los pocos minutos de nacida fue, nada más y nada menos que agua de café. A ella la conocí, falleció en 1972. Tenía yo 5 años, y recuerdo, perfectamente, el griterío porque la anciana había dejado el mundo de los vivos. Emelina cantó el manisero, estiró la pata, bailó el guaguancó, en fin, había partido hacía el más allá; hacia ese más allá que, y no dudo en afirmarlo, debe de estar buenísimo, porque el que se va no vuelve. A Emelina la recuerdo anciana, muy anciana, creo que tenía 97, 98 o 99 años cuando falleció; mi bisabuela siempre estaba acostada, y hablaba constantemente; “la vieja tiene un pase a tierra que no lo brinca un chivo”, comentó una vez mi padre; y en efecto, tan avanzada era su edad, que ya no conocía. A mí, por ejemplo, no me decía John Paul, sino Plutarco, Venancio, Sinforiano, Robertico… Me tenía loco; para que tengan una idea de lo que estoy diciendo, mi madre, en cierta ocasión, al llegar a casa me encontró llorando, desconsoladamente. “¿Qué te pasa?”, me preguntó; “Mamá, ¿cómo yo me llamo?”; “¿Tú? Tú te llamas John Paul”; “¿Y por qué la vieja de mierda esa me dice el nombre que le da la gana?”. Esa anécdota fue poco antes de morir Emelina. Reconozco que un poco que me alegré de su viaje sin regreso, y es algo que, con el paso del tiempo, me he arrepentido. Obvio, hoy tengo 46 años; han transcurrido más de 4 décadas del triste momento; y no se le puede pedir a un niño apenas un lustro, que piense, y actué, como piensa y actúa, una ser humano de casi 5 décadas de existencia.

Disculpen el disgregue, voy al grano. Mi bisabuela, madre de mi abuela, y de otros 9 seres humanos, y abuela de mi madre, de muy joven comenzó a experimentar la aparición de canas en todo su vello corporal. Y, especifico, para que no existan confusiones, comenzó a experimentar la aparición de canas en todo su vello corporal. Entiéndase vello corporal en el más amplio sentido de la palabra; refiero a cuanto vello, por minúsculo que sea, pudiese tener Emelina. Cuenta mi madre que al viejo José Ramón, mi bisabuelo, ciudadano de origen canario con misérrimas entendederas, no le gustaban las canas en todo el vello corporal, por esta razón obligó, forzó, constriñó, coaccionó, compelió, a Emelina, su media naranja, a teñirse la pelambre más íntima, o lo que es lo mismo, estricta y rigurosamente, el vello púbico. La pobre, para complacer el sui géneris pedido del padre de sus 10 hijos, echó mano a lo primero que tuvo a su alcance, tinta de zapato, y váyase a saber con qué, embardunó los blancos mechones que cubrían el pubis. Amigas y amigos, lo juro por la memoria de mis allegados que ya descansan en paz, lo juro con la mano puesta en el corazón, Emelina, mi bisabuela, y es una verdad apodíctica, en los albores del siglo XX, se dedicaba a colorear, con tinta de zapato, su monte de Venus. Es que se dice y no se cree. Esa costumbre sui géneris, de mi nunca bien ponderada bisabuela, la convirtieron en una de las pioneras, anónimas, del movimiento posmoderno cubano. ¿Se imaginan? En el preludio de la vigésima centuria, Emelina, la esposa de José Ramón, la madre de mi abuela, la abuela de mi madre, cuando las mujeres vestían ropajes largos, ella se teñía el bollo. Así, sin dar vueltas a la noria. Mi abuela se moría se vergüenza cuando se tocaba el tema. “Ay, gran poder de dios, me vas a matar de un disgusto. Eso no lo digas más, si no quieres verme muerta. Prométeme que no vas a volver a repetir una barbaridad como esa”. Así reaccionó cuando le dije que al Emelina colorearse eso que ya saben, de paso, el viejo José Ramón, se daba un poco de color en el bigote. Y por suerte mi bisabuela no iba a la playa, creo que no fue nunca, porque cuando aquello empezara a desteñirse el equilibrio ecológico del mar Caribe se iba a ir al infierno. No iba a quedar sardina, jaiba, ni reserva coralina viva, con tanta contaminación. Y de ir a la playa, y de eso comenzar a desteñirse por la acción del agua, no iba a ser más conocida como Emelina, los jodedores, de la familia y del barrio, le iban a empezar a decir “el pulpo” o “el calamar”. Y de ir a la playa, y de eso comenzar a desteñir, seguro que iba a ser llevada a los tribunales por una de esas organizaciones que se desviven por cuidar el medio ambiente. Aunque en esa época no existían, me imagino el dictamen final del juicio: “5 años de privación de libertad por atentar contra la plataforma marina de nuestro país”. Dicen que Emelina, como en el 67, en el año que yo nací, llegó a la carnicería del barrio y le pidió al carnicero 2 libras de filete, “no hay, señora, hace mucho que no hay”, le respondió el carnicero, entonces pidió libra y media de picadillo, “tampoco hay, señora, hace mucho que no hay”, volvió a responder el carnicero”, entonces pidió 2 libras y media de jarrete, y dicen que el carnicero abrió los ojos y le dijo “señora, qué buena memoria tiene”.

Así son mis raíces, así de sui géneris. Así son mis recuerdos, así, también de sui géneris. Y mis recuerdos llegan hoy, a diario, pero hoy, aún más, porque estoy acomodado en la nave aérea que me conducirá a Cuba, después de 33 años de ausencia.

Son 33 años. Número también sui géneris. 33, edad que tenían Cristo, Alejandro “El grande”, y Evita Perón, al morir; 33, grado mayor de la masonería; 33, la edad de Miguel Ángel cuando comenzó a pintar la Capilla Sixtina; 33 son los cantos que componen cada una de las partes de la “Divina Comedia” de Dante Alighieri; también se dice que el rey David reinó en Jerusalén por 33 años… Y son, también, 33 años sin ir a Cuba, mi patria grande; a Ciudad de la Habana, mi patria mediana; a Marianao, mi patria chica; a Palo Caga’o, mi patria minúscula.

Dicen que aquello está que da tristeza, que nada más haces poner un pie en el aeropuerto, y a uno se le hace un nudo en la garganta; acá en Miami dicen que en Cuba, las vacas no dan leche, sino lástima, y que los ríos no corren, van al trote. Dicen, los que van, que aquello es contradicción pura; que la gente no trabaja, pero se cumplen todos los planes; se cumplen todos los planes, y no hay nada de nada; no hay nada de nada, pero todos comen; todos comen, y se la pasan hablando mierda, y gritando “Abajo Fidel”; pero que aun así, son los primeros en los interminables desfiles del primero de mayo, Día Internacional de los Trabajadores. Vamos a ver qué me encuentro. Ana Gloria me está esperando en el aeropuerto, y es la que, para mí, será como una especie de guía de turismo.

Ya le dije que en los 21 días que voy a estar desandando mis raíces, rampa’rriba y rampa’bajo, quiero bañarme en la playa, y visitar gente, visitar a mucha gente, hablar con mucha gente. Lo de la playa puede ser o no ser; en Miami hay playas, pero no sé, las de Cuba huelen distintas. Las playas huelen al sudor de la gente que en ella se baña; las de Miami, por ejemplo, huelen a buen perfume y a alimento proteico; las de Cuba, según recuerdo, huelen a todo menos a buen perfume, y a proteína. Y eso que no huelo las playas de Cuba hace 33 años, porque ahora, con lo que la gente comió en el Período Especial, las playas deben de oler a desagüe cloacal.

No quiero predisponerme. Quiero ir a disfrutar, a pesar del desprecio que sufrimos por parte del gobierno, sobre todo; esta escoria, este lumpens, este gusano de mierda, este vendepatria, quiere disfrutar en su patria, 33 años después, aunque sea un poco. Y voy solo, sin mi esposa, sin mis hijos, para poder disfrutar a mis anchas. Juro que tengo deseos de verme aterrizando en Ciudad de la Habana, y juro, además, que no sé qué hacer cuando vea delante de mí a Ana Gloria. Dice que hace años que no vive en Palo Caga’o, porque su papá tuvo un cargo grande en Relaciones Exteriores, y le dieron una casa, creo que en Miramar. Tengo un cosquilleo en la barriga que no me deja vivir. Hay gente de Miami que ha estado tiempo sin ir a Cuba, y de la emoción se han muerto en el aire de un patatús. Yo espero que no me dé un patatús, porque quiero disfrutar mi viaje. Disfrutar La Habana destruida, disfrutar la peste de la gente, disfrutar la comida inventada, disfrutar de la masa cárnica, del perro sin tripas, de la pasta de oca, tomar azuquín, chispa ‘e tren… Disfrutar, sencillamente, disfrutar aunque sé que allá la situación no está fácil. Me aconsejaron que lo mejor que hago es dejar que la gente hable; porque el cubano necesita hablar, hablar aunque sea mierda, porquería, cosas sin interés. Hablar, sobre todo, mal del gobierno, aunque al otro día se levante y marche, de manera enérgica y combatiente, por la Plaza de la Revolución. Porque para el cubano, la vida se ha convertido en una monotonía, y en monólogo. Así me dijeron, y es lo que quiero comprobar. Bueno, yo no vivo allá y hace rato que estoy hablando solo, estoy “monologueando” también, pero allá es distinto. Acá, sentado en este avión, hablo solo, “monologueo”, para matar el tiempo; allá en Cuba, y es lo que voy a comprobar, “monologuean” para hacer catarsis, para no explotar como un globo de cantoya. Vista hace fe, y es lo que voy a comprobar; y, les juro, finalmente, porque ya va a despegar el avión, que lo que me cuenten en Cuba, se los cuento a ustedes después. Quiero, a mis 46 años, iniciarme como escritor, y qué mejor comienzo que con historias de mi gente, de los que dejé atrás hace más de 3 décadas, en mi querido “Palo Caga’o”. ¿En Cuba la vida es un monólogo? Vamos a ver si es verdad.

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