“Para ti, mi viejo”

abueloMi viejo, te fuiste hace 26 años, y cada noche sueño contigo, cada día te recuerdo, incluso te lloro. Hoy, además de soñarte, recordarte, llorarte, quiero hablarte, y lo haré públicamente para que todos conozcan que en algún momento existió un abuelo muy bueno, un abuelo de cuentos de hadas, un abuelito, que sin varita mágica, ni lámpara maravillosa, irradiaba felicidad y cariño por doquier sin exigir nada para él.

Así eras tú, mi viejito.

Por eso aquí este pequeño regalo para ti, mi viejo.

¿Sabes? Siempre me han acusado de tener buena memoria. Soy de los que recuerda hasta el más mínimo detalle de cada suceso, de cada época, cada palabra pronunciada en la situación creada, y resulta que todos mis recuerdos de niño y adolescente están relacionados contigo.

Filosóficamente hablando recordar es volver a vivir, y recordando y recordando, recuerdo que fuiste tú el primero en hacerme un papalote, en tener la paciencia que solo tienen los buenos como tú explicándome cómo se hace un papalote; en repetirme hasta el cansancio, que a los animalitos no se les maltrata; que me llevaste a jugar béisbol, a cuanto lugar se podía, con todos los niños que vivían en el barrio por aquel entonces.

¡Más de 20 años, viejo!

¡Toda una vida!

¿Vamos a recordar juntos?

¿Aunque sea imaginariamente?

Sabía que te iba a gustar la idea.

¿Te acuerdas, abuelo, que cuando me ibas a buscar a la escuela llevabas una pelota para que jugara un rato antes de regresar a la casa?

Apenas sonaba el timbre de salida ya teníamos el equipo formado. Y si por casualidad alguna me portaba mal, como muchas veces me porté mal, no había juego. Ese era el castigo. Nada de regaños… Nada de insultos… Nada de maltratos… Nada de malas caras… Simplemente, no había juego.

Haciendo un aparte en la conversación, te comento, mi viejo, que yo siempre digo que eras el viejito que hay en cada barrio, al que todos quieren y respetan, porque a la vez, él quiere y respeta a todos.

Hace unos cuantos años que te fuiste para siempre, y muchos cuando me ven me dicen:

– ¿Cómo te has dejado engordar tanto? … Caramba, qué pena, no recuerdo tu nombre, solo que eres el nieto de Armando… ¡Ese viejo si valía lo que pesaba!

¿Por qué te moriste, abuelo?

Siempre me he hecho esa pregunta… ¿Por qué? ¿Por qué tuviste que morir tan pronto? ¿Por qué?

Sí, ya sé que es la ley de la vida, que es el destino, que es lo inevitable, que nada es eterno… Pero podías haber vivido mucho más. Te veías fuerte y hacendoso. Tu muerte ha sido el golpe más grande que he recibido. Fue una injusticia el haberte arrancado de mi lado cuando yo tenía 19 años.

Me costó trabajo abandonar la idea de darte un beso al levantarme; de verte llegar con tu jabita, llena o vacía de mandados; llamar por teléfono de la escuela y preguntar por ti; ver que acariciaras a Miki, el mejor perrito del mundo, según tus propias palabras… Me costó trabajo abandonar la idea de haberte perdido para siempre. La resignación es, sin temor a equivocarme, la tabla de salvación de los que naufragamos en el mar de la felicidad. Así me sentí yo al perderte, abuelito… Un joven al que la vida le había hecho naufragar en el mar de la felicidad.

19 de Agosto de 1988.

Ese el día más infeliz de mi existencia.

19 de Agosto de 1988.

En la mañana, los gritos desesperados de mi abuela:

– Yoya… Dora… Caruca… Auxilio… Armando… ¿Qué te pasó, Armando?

Salí del cuarto y te vi tirado en el comedor:

– ¡Abuelo!

Grité y corrí a tu lado.

No de donde saqué fuerzas, pero te levanté y te pude sentar. Me miraste, me miraste fijo, creo que como no podías hablar, quisiste despedirte de mí con la mirada:

– Hasta siempre, mi nieto querido, cuídate mucho, y cuida a la familia. Donde quiera que vayas, tu abuelo irá contigo.

Luego el último estertor.

Luego la vista fija.

Luego la mirada vidriosa.

Todo muy confuso. Te sostenía. La gente entraba y salía de la casa:

– ¿Qué le pasó a Armando?

Preguntaban todos:

– ¿Qué le pasó a Armando?

No sabíamos qué te había sucedido, solo que te habías caído.

Nadie imaginaba lo peor, o no queríamos imaginar lo peor.

Por muy rápido que anduvimos Eduardo, Pepito y yo, falleciste: Infarto Agudo del Miocardio, fue el dictamen médico.

Abuelo, yo… ¿Abuelo? … ¿Nunca te dije de otra forma?

No, siempre fuiste: Abuelo. Mima te decía, Quirito; abuela, Armantino; pero mi hermano y yo, abuelo. ¿Sabes? He tenido muchos logros en el trabajo, en mi vida personal, que tú merecías estar vivo, para junto a mí sentir también la emoción del momento.

No importa, aunque no es igual, siempre estás presente.

¡Para colmo me parezco a ti físicamente!

Gracias por haber vivido, gracias por haber sido mi abuelo, gracias por haberme enseñado qué es un verdadero abuelo.

En 1988 abandonaste el  mundo de los vivos y desde el mismo día de tu entierro no voy tu tumba. Me he negado a ir porque te confieso que no sé qué hacer si me paro delante de ella… Cuando vaya a Cuba, prometo visitarte. Voy  y te pongo unas flores, las rosas que tanto te gustaban y leo en voz baja esto que ahora escribo, corto, pero lleno de sentimiento, porque a pesar del tiempo y su huella imborrable siempre hay y habrá un lindo recuerdo para ti, mi viejo.

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