En defensa de los burros

portilloConvencido, hasta el tuétano, de que es una verdadera falacia, y falencia intelectual, el hecho de tildar de burro a cualquier ser humano poseedor de un magro nivel de inteligencia.

¿Por qué todo aquel que, por su disminuida capacidad de raciocinio, sea reconocido como cenutrio, lerdo, alcornoque, papanatas, o ceporro, ipso facto se le compare con un asno, borrico, pollino, jumento, o rucio? ¿Qué culpa tienen esos nobles mamíferos de las pocas luces que exhiben no pocos seres humanos, independientemente de su condición, sea esta social o profesional?

Según la Real Academia Española de la Lengua, asno, llámese también burro, y cito textual, “es un animal, mamífero, solípedo, de aproximadamente metro y medio de altura, generalmente de color cenizo, de orejas largas, y la extremidad de la cola poblada de cerdas. Es muy sufrido, y se le emplea como bestia de carga y de tiro”. Existe, y lo siguiente es un dato poco conocido, el llamado asno silvestre, que, según el diccionario consultado, reitero, el que distingue a la RAEL, “es, también un mamífero solípedo, de pelambre pardusca, y andar muy veloz, que habita en algunas regiones de África y del centro occidente del continente asiático”.

Aclaro que la condición de mamífero que poseen los asnos, burros, o borricos, no está dada por tener exhibir una superficie corporal cubierta, en tu totalidad, por una capa velluda, sino porque, además, las hembras alimentan a sus crías con la leche de sus mamás; cabe señalar, también, que el término solípedo se asocia con cualquier tipo de jumento, no precisamente porque gusta de soledad, sino porque resultan ungulados perisodáctilos, con las extremidades en un solo dedo, cubierto por una pezuña.

No quisiera equivocarme, ya que es un dato que aunque mucho he insistido en corroborar se me ha hecho imposible hacerlo, uno de los pioneros en emplear la imagen de un burro, rebuzno incluido, para asociarla a un ser humano escaso de luz, fue Carlo Lorenzini (24 de noviembre de 1826 – 26 de octubre de 1890), periodista y escritor italiano, autor de “Las aventuras de Pinocho”.

Me niego a aceptar tanto dolo versus un animal que es incapaz de hacer daño alguno, hecho que corrobora Juan Ramón Jiménez (23 de diciembre de 1881 – 29 de mayo de 1958), literato español, exponente del modernismo y la poesía pura, merecedor, con toda justeza, en el año 1956, del Premio Nobel. Jiménez plasma, con excelencia narrativa y exclusividad poética, en “Platero y yo”, publicada en 1914, para no pocos su obra cumbre, la vida, y muerte, de Platero, un burro. Exactamente un burro; un mamífero, reitero, solípedo, de la misma especie que Carlo Lorenzini empleó para describir el disgusto por la escuela que manifestaba Pinocho, al que, como si no le bastara la condición de burro, le crecía la nariz, vertiginosamente, tras proferir embuste alguno.

“Platero y yo” es un referente de la literatura universal, y para los que hemos tenido el gran privilegio de disfrutarla, por ejemplo, nos es inolvidable el primer párrafo:

“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto y se va al prado y acaricia tibiamente, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas… Lo llamo dulcemente: ¿Platero?, y viene a mí con un trotecillo alegre, que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal…”.

Los asnos, los burros, los borricos, son animales muy nobles e inteligentes, tesis que es fomentada por Juan Ramón Jiménez, y, añado, muy trabajadores. Por lo anterior, en este artículo, expongo mis ideas y defiendo, a ultranza, a todo jumento que existe sobre el globo terráqueo.

“Platero y yo” sería diametralmente diferente de haberse concebido con otro protagonista, y estoy dispuesto a demostrarlo con la venia de Juan Ramón Jiménez, recreando, muy libremente, el texto señalado, e inspirándome en un ser humano cualquiera, aunque se me antoja que Portillo es su primer apellido. Veamos cómo se puede mostrar las primeras oraciones de lo que me empecino en llamar “Portillo y yo”:

“Portillo desconoce. Desconoce todo. Asegura poseer innumerables títulos, no obstante la opinión pública se deshaga en demostrar que es un ceporro, aunque por designios de la providencia ocupa un lugar en la Cámara de Diputados. Así es Portillo. Portillo que para imponer su necedad no necesita hilvanar ideas; de hecho es incapaz de hacerlo. Su mirada, zopenca,  de bucéfalo gaznápiro, solo es comparable con la de un surubí, un pacú, o un dorado, que descansa en las frías conservadoras de cualquier supermercado. Lo dejo suelto y anda, también desanda, por la infraestructura del Congreso Nacional asegurando que no conoce la planta de marihuana, aunque señala que es un ‘estupefaciento’ que se procesa como el ‘cras’. Lo llamo dulcemente ¿Portillo? Y viene, alegremente, a mí, contabilizando sus pasos… ‘Guan’, ‘tu’, ‘tri’, ‘for’, ‘six’… Demostrando así que como la lengua madre de Isaac Newton no ha muerto, él, encomiablemente, se empeña en asesinarla”.

¿Se dan cuenta? El texto no tiene el mismo sentido. Por eso, propongo, fehacientemente, que, a partir de este momento, se omita el vocablo burro para definir a todo aquel analfabeto, funcional o no, que persevere en demostrar lo contrario. Podemos acuñar, por ejemplo, “déjate de portilladas” para expresar nuestro disgusto por alguien que ha proferido una barbaridad; o “no seas portillo”; o “no caigas en portillerías”; o “¿viste el portillate que dijiste?”…

¿Se suman a mi moción? Por favor, defendamos a los asnos, a los burros, a los borricos, y comencemos a analizar las variantes que propuse, que se seguro el espectro se va a ampliar porque según nuestro personaje “hay Portillo para rato”.

Aclaración: Para ilustrar este material empleé una caricatura publicada en la versión digital del diario ABC COLOR.

“102 años de historia”

cerroSe afirma que el periodista, por antonomasia, debe de ser imparcial. Públicamente me he declarado fiel seguidor del club Libertad, no obstante, hoy, me inclino, en reverencia imaginaria, ante Cerro Porteño, “El ciclón de Barrio Obrero”. ¿El motivo? El haber cumplido, el pasado 1 de octubre, 102 años de historia. Aunque, e insisto, sentimentalmente soy liberteño, e imparcial en el ámbito profesional, acá mi homenaje al club azulgrana. Según Carlos Gardel, “20 años no es nada”; según mi criterio, festejar 102 años de historia  es un gran mérito, es haber recorrido una larga estela de éxitos y sinsabores. Feliz cumpleaños, “Ciclón”, insisto.

José entra. Sale. Saluda. Pregunta. Trabaja… José no es un amigo, sino un gran amigo. Un paraguayo de raza, admirador de su cultura y de su país. Una persona dotada de una gran locuacidad. Es alguien que le gusta contar, y como le gusta contar, cuenta. Y como le gusta contar, se emociona contando. Y se emociona contando, sobre todo, su regreso al Paraguay que lo vio nacer, después de 3 años residiendo en España:

– No quería que nadie me fuera a esperar. Sabía que mis viejos no estarían en el aeropuerto, pero mis amigos me sorprendieron. Estaban todos, o casi todos, y habían desplegado una bandera, de 6 metros, de mi querido Cerro Porteño. La misma que confeccionaron 3 años antes para despedirme.

Hoy no es un día cualquiera. Hoy para José, y otros tantos, es una fecha especial:

– Que los cumplas feliz/ que los cumplas feliz/ en tu día, “Ciclón”/ que los cumplas feliz…

Sí, hoy “Cerro Porteño”, “El Ciclón de Barrio Obrero”, el club que ama José, cumple 102 años, y, por tal motivo celebraremos, un partido imaginario no de 45 minutos, sino de 102 años.

La previa

La “Olla azulgrana” rebosa de fanáticos. Todos quieren ser parte de la historia. Todos se han congregado para congratular al club que ha hecho vibrar tantos corazones. Junto a José está, por supuesto Ana, y, además, Jorge, y Antonio, y Raúl, y Graciela… Y junto a ellos, sonriente, doña Susana Núñez. Doña Susana que sonríe. Después de aquella mañana del 1 de octubre de 1912 su sueño está más que hecho realidad. Ya salen los jugadores a la cancha. Todos, de pie, ovacionan. Las manos enrojecen, pero no importa si se trata de homenajear a uno de los clubes proa del fútbol paraguayo:

– Yo soy de Barrio Obrero/ capital del sentimiento/ es un barrio de pasión/ descontrol/ y del amor que siento yo por vos/ no lo puedo parar/ te sigo donde vas…

Los “peloteros” saludan. Reciprocan el gesto que el respetable otorga. En la “Olla azulgrana” se han dado cita todos los futbolistas que han integrado el club en 102 años, por su parte, en las gradas, se encuentran la hinchada que ha vibrado por Cerro Porteño en los últimos 102 años. Doña Susana Núñez continúa sonriente. Está feliz. Todos están felices.

Comienza el partido. Pitazo inicial. Primer tiempo

1 de octubre de 1912. Nace el Cerro Porteño Foot- Ball Club.

En el domicilio de Doña Susana Núñez, madre de cuatro de los integrantes de un entusiasta grupo de jóvenes que practicaban el fútbol y que concretaban así el largo anhelo de fundar un club que les permitiese la práctica de su deporte favorito.

En ese tiempo Paraguay vivía tiempos de inestabilidad política por lo que se acordó que los colores de la casaca del naciente club serían el rojo y el azul de los dos partidos políticos tradicionales del Paraguay, el Colorado y el Liberal. Posteriormente, fue establecido el color blanco como el de los pantaloncitos del uniforme oficial del club, quedando de esta manera incorporados los tres colores de la bandera paraguaya. Allí, tras el intercambio de ideas de los asistentes, se resolvió echar las bases de una sociedad de carácter deportivo, a la que se dio el nombre de Cerro Porteño Foot-Ball Club.

Fin del Primer tiempo. “El Ciclón de Barrio Obrero”

No hay vencedores ni vencidos, solo homenajeados y “homenajeantes”, no obstante, hay que cumplir con el descanso establecido. Para la pausa una interrogante: ¿Por qué el mote de “Ciclón de Barrio Obrero”?

En el 1918, 6 años después de su fundación, se disputó una finalísima, entre Cerro Porteño y Nacional. El primer juego culminó 2-2, el segundo 1-1 y el tercero y definitorio, Cerro Porteño perdía 2-0. A falta de 7 minutos para culminar el cotejo, el público cerrista, cabizbajo, comenzó a retirarse. No querían ver perder a su club, a pesar de que en mantenían esperanzas de victoria. Y entonces, cuan Ave Fénix, Cerro resurgió. El club azulgrana volvió por sus fueros y a los 40 minutos, descontó, y tras el descuento se sucedieron tres goles consecutivos que le dieron un vuelco al marcador, para triunfar por 4-2 y dejar a “La Academia” con los deseos del título. Cuentan que, en los festejos, alguien exclamó emocionado:

– Más que un cerro, es un ciclón.

Esa frase fue suficiente. Esa frase dicha en un momento climático fue la causante del apodo por el que todos conocen a Cerro Porteño. “El Ciclón de Barrio Obrero”, lugar donde se estableció en los albores de la década de los años 40 del pasado siglo.

Segundo tiempo. Pitazo inicial. ¿Por qué Cerro Porteño?

El diminuto promontorio rocoso ubicado cerca de la ciudad de Paraguari, pasa casi desapercibido en una región donde muestran su estampa gigantesca otros cerros más famosos enclavados en la Cordillera de los Altos, como los cerros de Yaguarón, Peró, Mbatovi, Santo Tomás, León y otros. En medio de esa esplendorosa serranía está Cerro Porteño, que en tiempos de la colonia se llamaba Cerro Mbae, que pasó a ser símbolo nacional, apuntalando la gesta libertadora de 1811.

Consumada la revolución porteña, un año atrás, y ante la negativa de Paraguay de reconocer la autoridad de la Junta Superior Gubernativa de Buenos Aires, esta destacó una expedición militar al mando del general Manuel Belgrano. El ejército porteño penetró por Itapúa, derrotando a los paraguayos en Campichuelo y cruzando las Misiones, Carapeguá e Ybycuí, hasta llegar a Paraguari, donde acampó en las estribaciones del Cerro Mbae, desde donde se tenía a la vista el cuartel de Paraguari el 15 de enero de 1811.

En Paraguarí, el gobernador Velazco y sus tropas esperaban la acometida de las tropas de Belgrano, que se produjo al amanecer del 19 de enero, provocando estragos en las filas paraguayas, la huida de Velazco y el desborde de las tropas, fue la debacle total. Pero tres oficiales criollos, Gamarra, Cabañas y Fulgencio Yegros, reagruparon las tropas y prepararon el contraataque.

Ese mismo atardecer, aprovechando que los victoriosos soldados porteños de Belgrano estaban desprevenidos saqueando el campamento, fueron sorprendidos por las fuerzas paraguayas logrando recapturar el cuartel, haciendo a la vez, que los invasores huyeran de nuevo a refugiarse hacia las faldas del Cerro.

Desde el 19 de enero, el viejo Cerro Mbae, pasó a llamarse Cerro Porteño, en recuerdo de la primera victoria de las armas paraguayas en toda su historia. De allí tomaron los fundadores del club ese nombre cargado de glorias, que está engarzado de un collar maravillosas conquistas que concluyeron con la Revolución paraguaya de Mayo en el mismo año de 1811.

Pitazo final. Fuerza, “Ciclón”

Concluye el partido y, con el, nuestro recorrido por la historia del club azulgrana. Todos los presentes, de pie, repiten la ovación a su estela de jugadores.

– Fuerza, “Ciclón”- gritan todos.

Es pura emoción lo que se vive en la “Olla”. Voces entrecortadas, lágrimas que no se pueden contener, abrazos… El público cerrista agradece. Le agradece a sus “peloteros” tanta gloria… Le agradece a Doña Susana haber gestado tanta gloria.

Allí, de pie, Jorge, Antonio, Graciela y, por supuesto, Ana y José. José, el amigo, el gran amigo que no olvida. El paraguayo de raza que conserva su bandera azulgrana de 6 metros. La misma que un día sirvió para decirle hasta pronto. La misma que, durante 3 años, rogó en silencio por su regreso. La misma que gritó complacida aquel 27 de agosto de 2008 en el aeropuerto “Silvio Petirossi”:

– Bienvenido, José. Gracias por volver, se nos hizo interminable la espera. Vamos que mamá, papá y “El Ciclón”, te esperan.