“La gran víctima olímpica del desprecio”

jim-thorpeAño 1953, 28 de marzo.

Jim Thorpe delira en su lecho de muerte. Su vida se extingue. Lucha contra el cáncer pero es imposible vencerlo. Sus últimas palabras son en reclamo de algo que le fue, injustamente, arrebatado. Reclama, aún, en el estertor de su existencia:

– Devuélvanme las medallas… Devuélvanme las medallas…

Había sido la estrella de los V Juegos Olímpicos. Brilló tanto que el rey Gustavo de Suecia exclamó en la ceremonia de clausura:

– Jim Thorpe, lo felicito. Usted es el más maravilloso atleta que han visto los siglos.

La prensa especializada se une a lo expresado por el soberano sueco:

– Que un mortal haga tantas pruebas, y tan bien, es increíble. Nunca se imaginó que un humano saliera vencedor en tan difíciles pruebas como el pentatlón y decatlón. Simplemente es maravilloso este atleta del colegio indio de Carlisle, Pensilvania. Sus marcas se han adelantado a esta época.

Pero Jim, sin saberlo, ha pecado. Ser indio y vencer a los blancos molesta a la Unión Atlética Amateur de los Estados Unidos. Ser indio y casarse con una blanca, hace rabiar a esa organización. A esa organización que busca. A esa organización que busca, encuentra un motivo y comunica la Comité Olímpico Internacional:

– Jim Thorpe, doble campeón olímpico, ganador del pentatlón y decatlón de los Juegos de Estocolmo’ 1912, jugó béisbol profesional, los años 1909 y 1910, en Carolina del Norte, donde percibió un salario de 70 dólares mensuales. Este atleta mintió. Este atleta no es amateur, como exige el reglamento olímpico, por lo tanto exigimos que devuelva sus medallas.

El C.O.I no entiende tal ensañamiento, pero tiene que cumplir lo establecido y Jim Thorpe tiene que devolver sus títulos. Sus eternos rivales no comprenden:

– Las medallas son de Jim, es el mejor- declara Andy Bie, subcampeón de pentatlón.

– Es un verdadero crimen- alega Joe Wielander, quien secundó a Thorpe en el decatlón.

Exigir. Rogar. Pelear por sus medallas en lo que le resta a Jim Thorpe:

– No lo sabía. Por 70 dólares me han arruinado la vida.

Entonces decide convertirse en profesional y brilla. Es jugador estrella de los Indios del Cleveland, club de béisbol, e integra un equipo de fútbol americano de la ciudad de Boston. La vida le sonríe, pero él no acepta. Solo quiere sus títulos. Es otra víctima del racismo. Del odio. Del rencor.

Jim Thorpe, nacido el 28 de mayo de 1888, considerado el atleta del siglo en la primera mitad de la vigésima centuria, falleció el día 28 de marzo de 1953, reclamando sus preseas.

A pesar del tiempo es recordado. Los Pieles Rojas no lo olvidan. Le fue erigido un monumento a su memoria donde se lee:

“A JIM THORPE, EL MÁS EXTRAORDINARIO ATLETA DEL MUNDO Y AL QUE INJUSTAMENTE LE NEGARON LAS GLORIAS DE SU TRIUNFO”.

En 1983, 30 años después de su fallecimiento, el Comité Olímpico Internacional reconsideró el caso y devolvió sus títulos. Sus hijos y nietos las recibieron.

Jim es solamente un apodo. Su nombre real es Jacobus Franciscus Thorpe, que en idioma indígena Kikapú es Wa-Tho-Huk, que significa “Sendero brillante”.

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