“El inolvidable mayor Freddy”

camilitosEl 23 de agosto de 1984, felizmente, inicié la etapa previa en la Escuela Militar “Camilo Cienfuegos”, EMCC, de Capdevila, e ipso facto fui informado que, al menos en el grado 10mo, sería parte del 6to pelotón, de la 2da compañía, al mando del mayor Freddy Ferrer Gómez, a quien, sinceramente, recuerdo con cariño y privilegio; se me comunicó, en la semana, que mi número identificativo sería el 263, que, con el paso de los años cambió a 449, en 11no grado, y 640, en mi último año de bachiller, más específicamente, el 12mo grado.

Marta Ortiz, Tama Comas, Yudtih Galarza, Idania Álvarez, Raúl Preval, Luis Gil, Luis Mario Montero, Julio Fernández Hoyo, Raúl Ernesto Luis Machín, Luis Fran Vázquez, Luis Francisco Sánchez, Raúl Morffi, José Ariel Rodríguez Crespo… Son algunos de los nombres de lo que, desde ese 23 de agosto, por fortuna, comenzaron a ser parte indisoluble de mi hoja de vida.

En mis escasos 15 “junios” había sido premiado obteniendo la matrícula en un excelente centro escolar, al que debo mucho, y, obviamente, con excelentes compañeros, convertidos, con el transcurso del tiempo, en hermanos.

Ese grupo de amigos, insisto, hermanos, compartimos 3 años de alegre convivencia; varios no concluyeron, no obstante mantuvieron su contacto; todo aquel que, por decisión propia, o no, decidía no continuar en la EMCC de Capdevila, era capaz de continuar cerca, a pesar de no estar físicamente. Pero como, sabiamente, se afirma, que toda regla tiene su excepción, la excepción de la regla, anteriormente planteada, fue Ernesto Guerra Rodríguez, porque salió de la escuela y, al menos yo, no lo vi nunca más ni en fotografías.

Ernesto, al no se le podía llamar así porque si en nuestro pelotón abundaba un nombre era precisamente ese: Ernesto Rodríguez, Ernesto Luis, el desaparecido Ernesto González Fundora, Raúl Ernesto Luis Machín… Y como no se le podía llamar Ernesto, aunque según Oscar Wilde llamarse así es importante, a alguien, que no recuerdo, viendo sus características físicas, se le ocurrió llamarle “Mandarria”.

Explico los motivos.

“Mandarria” era un personaje de San Nicolás del Peladero, espacio de humos costumbrista que escribía José Manuel Carballido Rey, y era interpretado por Filiberto Romero. “Mandarria” era un policía que, indefectiblemente, acompañaba a Leonel Valdés, que, a su vez, encaraba rol el jefe de policía. “Mandarria” era pequeño y muy delgado, los que recuerden a Filiberto Romero se darán cuenta de la veracidad de mis palabras, y constantemente su superior, por así decirlo, le decía “Hay que cumplir una misión; sígueme, ‘Mandarria’”, por lo que raudos y veloces, salían de escena. Leonel delante, y Filiberto detrás con actitud retadora. Se darán cuenta de que era un sarcasmo de Carballido llamar a ese personaje “Mandarria”, y, al mismo tiempo, se darán cuenta de los motivos que indujeron a llamar a nuestro condiscípulo Ernesto Guerra Rodríguez con semejante sobrenombre.

¡Capdevila henchía de orgullo! ¡No solo San Nicolás del Peladero tenía a un “Mandarria”!

“Mandarria”, el de Capdevila no es el de San Nicolás del Peladero, era muy parecido a Filiberto Romero, pero más feo: estatura media, pelo y ojos claros, canijo, enteco, o sea, muy delgado, medio encorvado, y, para colmo, con una breve protuberancia dental; además, añado, que no era poseedor de muchas cualidades para razonar, y retener los conocimientos impartidos por el claustro de profesores. Vestido con uniforme de diario “Mandarria” lucía un poco más presentable, pero con la indumentaria de campaña… ¡Pobre infeliz mortal! ¡Y en las caminatas de los viernes alternos!

¡Imagínenselo con uniforme de campaña, zambrán incluido, y además con mochila, casco, cantimplora encima, caminando kilómetros!

No obstante, a “Mandarria”, a pesar de su poca gracia corporal y de haber estado apenas un semestre junto a nosotros, lo recuerdo como uno de los seres humanos más nobles que he podido conocer.

“Mandarria”, redundo la historia, era alumno del 6to pelotón, de la 2da compañía, de la EMCC de Capdevila; 2da compañía que, como especifiqué, estaba al mando del mayor Freddy Ferrer Gómez, y la anécdota que a continuación concreto los une a ambos: a Ernesto Guerra Rodríguez, “Mandarria”, y al mayor Freddy. “Mandarria” y Freddy, Freddy y “Mandarria” unidos por esa persistencia, tenaz, en negarse a aprehender, y obviamente aprender, las constantes oportunidades de conocimiento que la vida ofrece a diario. A Freddy, víctima de su paupérrimo intelecto, se le atribuyen muchísimas frases disparatadas e incoherentes:

– Hay que estudiar de día, y por la noche también.

– Díganle a Homero que tiene un reporte por libro “estropia’o” (Dicen que en el albergue, entiéndase cuartel, halló un ejemplar de la “Ilíada” en muy mal estado y preguntó a gritos “¿De quién es la “Ilíada”?, y alguien dijo “De Homero, compañero mayor”; y ahí la oportuna respuesta).

– 263, tiene un reporte por “camajá” (Recuerden que el 263 era ni número identificativo. Quiso decir cama ajada, la sábana que cubría mi litera no estaba bien extendida).

– Oye, “lavuelta”, “tate” quieto, mijo (“Lavuelta” supondrán que es Luberta, mi apellido paterno).

Disculpen la digresión. Sin más preámbulo, la anécdota de Freddy y “Mandarria”…

Estaba nuestro pelotón formado, en estricta posición de firme, en la plaza central, y el mayor Freddy hablando, arengando, discursando, sobre la necesidad de no usar alias, apodos, motes, seudónimos, para referirnos a nuestros compañeros.

– En las FAR está prohibido, terminantemente, usar nombretes, porque eso significa que nos estamos burlando de nuestros compañeros. Yo soy, por ejemplo, el mayor Ferrer Gómez; a mí nadie me dice nombrete, porque mi papá y mi mamá me pusieron Freddy y mis apellidos son Ferrer Gómez. El que yo agarre diciendo un nombrete, le voy a poner un reporte, y va a estar dando tanto brillador todo el fin de semana, que no le van a dar más deseos de decirle un nombrete a alguien. ¿Entendido?

– Sí, compañero mayor- aseguramos todos a una sola voz.

– ¿Eh? ¿Por qué te mueves en firme?

Silencio total.

– ¿Eh? Ven acá

Nadie contesta.

– Oye, muchacho, ¿tú no me vas a hacer caso?

Éramos todos de la misma edad, y vestidos iguales.

– Ah, caray, muchacho, ven acá- insiste el entonces oficial de las invictas Fuerzas Armadas Revolucionarias cubanas.

Y entonces sucedió lo inevitable. Si llamarse Ernesto, como afirmó Oscar Wilde, es importante, hacer uso de un alias, en un momento dado, te puede sacar de un apuro, aunque estés vinculado a un centro militar en la mayor isla del archipiélago antillano.

– Oye, “Mandarria”, es contigo.

¡No hubo burlas en el momento, pero después de romper fila…!

En lo personal, respecto al mayor Freddy Ferrer Gómez, recuerdo no pocas vivencias. Pero, y ya culmino por hoy, lo que viene a continuación atañe, de manera indirecta, a nuestro ex líder escolar.

Resulta que Freddy, independientemente a su poca condición de letrado, tenía, o tiene, una memoria increíble; algo que demostró, con creces, aprendiéndose los números identificativos de cada uno; el mío, 263, retumbaba en los predios de la EMCC, como trueno en tormenta.

– ¡263, tiene un reporte por moverse en firme!

Llegó un momento que mi 263 era más afamado que el “Ay, que me encapricho”, de Alfredo Rodríguez. Mi única satisfacción, de aquella repetición de mi número, a su vez, fue saber que propició algún beneficio.

Cierto domingo, al entrar de pase, se me acercó un compañero, amigo, hermano de los años, que guardo su identidad por cuestiones éticas, y me confesó lo siguiente:

– Oye, Aldo- me dijo en un susurro, y con extrema cautela- ¿Tú sabes? Hice el cuento en mi casa lo que tiene el mayor con tu número, y mi tío jugó el 263 en la bolita y se ganó 200 pesos.

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