“Si no me hubiera llamado Aldo…”

AldoRecordando hoy, 19 de febrero, el aniversario número 71 de mi madre, y su recua pomposa de nombres, Marcelina Gabina Juana de la Caridad Martínez González (“Cachita”, para la barriada, y “Cary”, para sus compañeros de trabajo, o nuestros, porque compartí con la autora de mis días el mismo espacio laboral), me dispuse a analizar qué hubiese sucedido con mi persona si mis padres, Caridad y Alberto, estarían aferrados al santoral católico.

¿Se imaginan? Al grano con esta deducción.

Nací, como muchos conocen, el 27 de junio de 1969, y, para ser más exactos, a las 01.00 de la madrugada. Llegué al mundo con casi 5 kilogramos de peso corporal, y, por lo anterior, el parto de mi madre, “Cachita”, tuvo que ser asistido, además de por un team médico, por los llamados fórceps. ¡Fueron, como especifiqué, casi 5 kilogramos de peso, de los cuáles, kilogramo y medio distribuidos en el tronco y las extremidades (Inferiores y superiores), y 3 kilos y medio, aproximadamente, concentrados y compactos, en la cabeza!

Tengo 4 hermanas, y este dato para que comprendan los motivos de mi nombre, Aldo; ellas, todas mayor que yo, se nombran, cronológicamente, Alicia (1957), Alina (1960), Aleida (1962), y Emelia (1966). Mi padre, Alberto Damián, ansiaba, anhelaba, soñaba, gritaba, con un hijo porque, también, ansiaba, anhelaba, soñaba, gritaba, que de concretarse el suceso, feliz, le pondría de nombre Aldo; lo anterior, se concretó, y en un acto en el que mi progenitor demostró su fidelidad a los procesos democráticos. Mi nombre, Aldo, en solitario, no me disgusta del todo; es el que me ha acompañado durante mis casi 46 años de vida, y, por sobre todo, nunca, nunca me lo cambiaría, porque sería faltar a la voluntad de mi padre que, esperó, casi 12 años, desde el nacimiento de mi hermana Alicia, el 16 de diciembre de 1957, para gritarle a los 4 vientos, sean estos huracanados o no, “tengo un hijo que se llama Aldo”; y supo esperar, porque en el año de mi arribo feliz, 1969, hasta el último minuto, los familiares, sin excepción, mantenían la duda acerca del sexo del nuevo miembro del núcleo.

Me llamo Aldo Luberta Martínez, Aldo en solitario, y, como ya saben, nací el 27 de junio. Me llamo Aldo, repito, porque mi padre así lo decidió, no obstante, analizo las consecuencias de haber sido él, Alberto, y/o ella, “Cachita” o “Cary”, apegados al santoral católico.

Según investigaciones, el mencionado santoral, quien ha convertido a muchos en el centro de burlas, marca el 27 de junio como el día de no pocos santos; ¿por ejemplo? El 27 de junio, además porque son muchos, es el día de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, de San Anecto de Cesarea (Muy irónico, porque se me ocurre pensar que cesárea, no cesarea, fue precisamente lo que no le fue aplicada a mi madre en su primer alumbramiento), de San Crescencio, de San Arialdo (Este es el que más se asemeja a mi nombre), de San Cirilo, San Ladislao, San Zoilo, y San Sasón;  también, además, se recuerda a los beatos Bienvenido de Gubbio y Margarita Bays.

Aseguro que, sin haber concluido la lectura de esta inspiración, muchas y muchos, para no excluir a los masculinos, están esbozando una sonrisa porque, sin ser adivinos ni tener poderes sobrenaturales, pueden, tácitamente, predecir lo que se avecina.

¿Qué se avecina? Pues las supuestas combinaciones de mi nombre, dando por hecho de que mi madre y mi padre hubiesen sido acérrimos apegados al santoral católico.

De no ser Aldo, en solitario porque nada más me señala ese nombre, yo fuera Anecto Crescencio del Perpetuo Socorro, o Arialdo Zoilo Lasdislao, o Bienvenido Margarito Cirilo Sansón…

En pocas palabras, agradezco, infinitamente, el que mi padre, democráticamente, en una decisión tomada entre él y su yo interno, haya decidido nombrarme Aldo, que, si bien es cierto afirmé que no me agrada del todo, ya me fascina tras deducir las combinaciones de apelativos que, pacientemente, aguardaban por mí.

¡En fin agradezco el hecho de llamarme Aldo! De llamarme no, de que me llamen, porque el día que yo me llame, a gritos o no, estaré a escasos centímetros del Hospital Neuropsiquiátrico, acá en Asunción, o de Mazorra, en la capital de todas las cubanas y cubanos.

Para la conclusión analizo otra ironía, pero no de mi nombre, Aldo en solitario, como he dicho hasta el cansancio, sino del día de mi nacimiento: 27 de junio.

Cada 27 de junio se señala como el Día Mundial de la Sordoceguera, en homenaje al natalicio de Helen Keller (Alabama, 27 de junio de 1880 – Connecticut, 1 de junio de 1968), quién, a pesar de su padecimiento, se convirtió en oradora, escritora, y, como si no bastara, en activista política.

Reconozco, como consecuencia de mi profusa incredulidad, que si no constato, a través de archivos históricos, literarios y audiovisuales, la vida de tan ilustre personalidad, pensaría que todo sería un mito, una leyenda, nacida de una imaginación, abundante, solo comparada, por ejemplo, a la de Julio Verne o Ray Bradbury.

La ironía de la fecha de mi nacimiento, 27 de junio, se debe a que no me acompaña la sordoceguera, sino la tartamudez, y por tal motivo debí haber nacido el 22 de octubre, no el 27 de junio. En el año 1998, fue creado, y así se nombra, el Día Internacional del Conocimiento de la Tartamudez, aunque no especifica qué tartamudo afamado nació en la fecha.

Solo un dato curioso, y ya finalizo porque se me van a aburrir, ¿conocen a Lewis Carrol? Lewis Carrol, nombre artístico de Charles Lutwidge Dodgson (Daresbury, Cheshire, Reino Unido, 27 de enero de 1832 – Guildford, Surrey, Reino Unido, 14 de enero de 1898), es el autor de “Alicia en el país de las maravillas”; Lewis Carrol padecía de tartamudez; o sea, el susodicho era zazoso, gago, farfalloso, además de diácono anglicano, fotógrafo, lógico, matemático, y escritor. Como pueden ver, al tocayo de Charles Aznavour, poco le importaba imitar la invención de Samuel Morse, aunque, como consecuencia  de su disfemia o disfluencia en el habla, no pudo acceder al sacerdocio.

¡Si es en esta época, el caso de mi tocayo, atendiendo a la falencia comunicacional, hubiera trascendido, a través de los medios de comunicación, impresos y audiovisuales, y redes sociales, y los que cometieron acto tal vil de discriminación se hubieran visto sentados en el banquillo allá en La Haya, no en La Maya! recuerden que esta última se ubica en territorio de Santiago de Cuba.

Concluyendo, debí haber nacido el 22 de octubre, un día después del cumpleaños de mi abuela materna, Esperanza Hilaria, y no el 27 de junio, aunque, y es llamativo, una señora, la que no puedo mencionar porque no conozco, detuvo mi andar por la calle Infanta, me encaminaba a Radio Progreso, y me dijo, sin ton ni son, que soy hijo de Shangó y La Caridad del Cobre, además de hijo de Caridad Martínez, y mi número de la suerte es el 4, o cualquiera de sus combinaciones; o sea, 4, 13, 31, 40, 22… No nací el 22 de octubre, pero el 22 me persigue como combinación de 4.

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