“La memorable ‘Matanza de San Valentín’”

toroEn mi exiguo paso terrenal jamás había experimentado la contrariedad, extrema, de, a su vez, percibir en rostros, muy queridos, satisfacción, placer, complacencia, fruición, regocijo, deleite, al mencionar el vocablo ‘matanza’.

– ¿La “Matanza de San Valentín”? Inolvidable. Desafortunadamente nunca más se va a repetir. O es muy difícil que repita, para no ser absolutos.

El diálogo, del que hago acuse, sucedió hace, aproximadamente, 35 años. Tendría yo, también aproximadamente, 2 lustros de nacido, por lo que si llegué al mundo de los vivos en 1969, “Año del esfuerzo decisivo”, la conversa que reproduzco sucedió en 1979 (Acoto que según los anales revolucionarios, 1969 fue denominado, insisto, como el “Año del esfuerzo decisivo”; esfuerzo que también tuvo que hacer mi madre, como para no ser menos y demostrar la puja rebelde y miliciana que aún la caracteriza, en mi alumbramiento, porque, con casi 10 libras de peso corporal, el equipo médico tuvo que acudir a los llamados fórceps, como ya he comentado anteriormente en antecesores artículos).

Para cualquier ser humano la palabra ‘matanza’ implica muerte, degollina, aniquilación, carnicería, sacrificio, holocausto, pogromo… El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, RAEL, señala, además, que “matanza significa mortandad grande y numerosa”.

Yo, un niño de 10 “junios”, continuaba sin comprender. ¿Cómo los protagonistas de la plática se iban a sentir tan regocijados al pronunciar tan nefasto término? ¡Y siendo estos, los que concretaban el palique, personas tan queridas para mí: Armando Martínez González (Mi abuelo materno), Alberto Damián Luberta Noy (Mi padre), y José Antonio Martínez, “Cheo”, (Abuelo de mi hermano Fernando Enrique Montes Martínez Cuadrado y Gutiérrrez, y mío también, y progenitor mi otra Caridad Martínez).

Quedé con la escena, vista en la acera contigua al portal de mi residencia marianense, y antes de irme a dormir pregunté:

– Abuelo, ¿hacer una matanza es malo?

– Sí, muy malo. Es algo que no se debe de hacer, mijo.

– ¿Y por qué pipo, “Cheo”, y tú quieren que se repita la “Matanza de San Valentín”?

Ahí mi viejo comprendió, y con su eterna sonrisa, colocó su mano temblorosa, afectada por el Mal de Parkinson, y me aclaró la gran duda que sobre mí pendía cual Espada de Damócles:

– Fue la pelea entre “Jake LaMotta” y Ray “Sugar” Robinson el 14 de febrero de 1951 por el título mundial de los welter.

– ¿Murió uno de los 2?

– No, pero fue un milagro que “Robinson” no enviara al otro mundo a “LaMotta”.

Casualmente, y por eso acudo al recuerdo de aquel intercambio verbal, en la noche de ayer, 26 de febrero, y casuísticamente haciendo el famoso “zapping” televisivo, me hallé con la sorpresa, muy grata sorpresa, de que en el canal TCM estaban emitiendo “Toro Salvaje”; producción fílmica, estrenada el 14 de noviembre de 1980, dirigida por Martin Scorsese, que tiene a un inigualable Robert de Niro en el rol protagónico.

martin

Anoche, y gracias a mi hallazgo en la pequeña pantalla, pude disfrutar, por enésima ocasión, de una reproducción, magistral, de la llamada “Matanza de San Valentín”.

Sucedió el 14 de febrero de 1951, y fue el sexto enfrentamiento entre Giacobbe Lamotta, “Jake LaMotta” (Nacido en Nueva York, el 10 de julio de 1922. Actualmente, según registros, tiene 92 años), y Walker Smith Jr, “Ray Sugar Robinson (Ailey, Georgia, 3 de mayo de 1921 – Culver City, California, 12 de abril de 1989). Señalo que, independientemente que fue la ocasión número 6 que se veían las caras dentro de las 12 cuerdas, era la primera que lo hacía discutiendo el título mundial.

“LaMotta” se había adjudicado la faja del orbe, de los pesos medianos, el 16 de junio de 1949, ante el francés Marcel Cerdán; lo defendió, con éxito, el 13 de septiembre de 1950, versus, al también galo, Laurent Dauthuille; y el 14 de febrero de 1951, hizo la tercera defensa del título enfrentando a su compatriota “Ray Sugar Robinso”; no solo su compatriota, sino su eterno rival. En cierta ocasión, y de manera jocosa, “LaMotta” afirmó: “He enfrentado tantas veces a ‘Ray Sugar’, que no sé cómo no tengo diabetes”.

Sin más preámbulo, retomo lo sucedido el 14 de febrero de 1951 (Irónica manera de festejar la fecha), en Chicago, conocida mundialmente como “La ciudad de los vientos” por su cercanía a los Grandes Lagos.

Cronistas de la época aseguran que durante los primeros ocho rounds ninguno de los 2 pugilistas mostraron ventaja alguna. “Robinson”, con un potente jab, y haciendo uso de su mayor estatura, mantenía a “Lamotta” en la larga distancia, mientras que este, por momentos, rompía la defensa de su retador y lograba conectar fuertes uppercuts.

La odisea, muy bien documentada, comenzó en el noveno asalto. “Toro Salvaje”, a  consecuencia de su menor peso corporal y las deudas con el gimnasio, comenzó a mostrar una marcada lasitud, que, a su vez, le impedía mantener los brazos en alto; acción que, obviamente, le inhabilitaba, sustancialmente, la guardia.

“LaMotta”, en el round 11, hizo gala de una cierta recuperación; no obstante tras el duodécimo campanazo, que dio inicio a uno de los asaltos más sangrientos que recuerda la historia del pugilato, “Robinson” acometió, despiadadamente, contra la humanidad de su oponente, que, de manera asombrosa, y haciendo caso omiso a su deplorable estado, soportó el castigo sin caer a la lona. El round 13 fue, prácticamente, una copia del anterior, aunque mucho más infernal para “LaMotta”. La golpiza fue tan feroz que obligo a Frank Sikora, tercer hombre en el ring, a detener las acciones a los 2 minutos y 4 segundos. “Toro Salvaje”, vencido por nocaut técnico, quedó de pie, y totalmente ensangrentado, sujetando las cuerdas. Había perdido su faja del mundo, tras un encarnizado combate, reconocido históricamente como “La matanza de San Valentín”, pero, al mismo tiempo, le quedaba el orgullo de haber cumplido su promesa: No ser derribado por “Ray Sugar Robinson”, y así se lo hizo saber mientras este festejaba su victoria.

Según las estadísticas, Giacobbe Lamotta, “Jake LaMotta”, efectuó 106 combates, de los cuáles ganó 83, 30 por nocaut, perdió 19, y empató 4; Walker Smith Jr., “Ray Sugar Robinson”, considerado por muchos como el mejor boxeador de todos los tiempos, subió 202 veces al cuadrilátero, venciendo en 175 de ellas, 108 por la vía rápida, siendo vencido 19 veces, 2 por no presentación, y empatando en 6 oportunidades.

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