“El inolvidable bollo de mi abuela”

bollosLa instantánea que ilustra ese comentario, anecdótico, fue tomada el pasado día jueves, 14 de mayo, en la plaza sita frente al Centro Cultural de la República “El cabildo”, en la ciudad de Asunción. Disfrutaba, junto a mi esposa, de los festejos por el 204 aniversario de la independencia del querido Paraguay, cuando nos percatamos de la oferta: “Bollos calientes”.

Sin titubeos, ni remilgos, mi 3/4 de naranja extrajo su teléfono, al mismo tiempo que decía: “Ponte ahí que te voy a sacar una foto”. Me ubiqué donde mejor se apreciaban las letras, asumí la pose, y CLIK… “Ya está”. Y como la imagen, excelente por cierto, no podía quedar olvidaba en la memoria de un celular, en cuanto llegué a casa… ¡CLICK! A FACEBOOK directamente, para, de alguna forma, compartir con todas y todos, el paseo de jueves.

En Paraguay, el vocablo “BOLLO” implica un dulce de mucha aceptación; es algo así como una masa, espolvoreada con azúcar, que tiene forma redondeada, rellena, por ejemplo, con dulce de leche, dulce de guayaba, crema de vainilla. En Cuba, la palabra “BOLLO” tiene otra connotación; un significado bien diferente, al que no voy a hacer referencia por razones obvias. Solo aclaro que, por ejemplo, a una paraguaya, con toda confianza, le puedes decir: “¿Me das a probar de tu bollo?”; lo anterior puede tener 2 respuestas: SÍ o NO. Ahora, a una cubana dudo mucho que le puedas hacer la misma pregunta, porque el escándalo puede ser mayúsculo.

Recuerdo que, trabajando para el canal TELEFUTURO, año 2006, entrevistaba a una participante de la primera temporada de “Bailando por un sueño”, y me dice, llorando de emoción: “Yo trabajo en la fiscalía de Luque y estudio derecho por la noche. Para ayudar a mi mamá hago dulces para vender. El bollo mío es el más rico de Luque”… Ave María, ¡para qué fue aquello! Tuve que hacer un esfuerzo titánico para continuar la entrevista. La chica, realmente, no dijo nada extraordinario, fue mi mente torcida la que hizo que el solo hecho de escuchar el vocablo BOLLO, me transportara a mi isla caribeña. Y como si no fuera poco, continúo profiriendo alabanzas hacia el mencionado postre: “Los niños se enloquecen por mi bollo. Y para que veas que no miento, te voy a dar a probar de mi bollo para que te convenzas de lo que digo. ¿Cómo te gustaría probar mi bollo? ¿Dulce de leche? ¿Crema? De todas formas, mi bollo está siempre bien jugoso”.

¡Fueron casi 20 minutos que solo decía “Mi bollo…” …“Mi bollo…”! Con todo respeto, pero en Cuba le va a ser imposible, no solo a ella, sino a cualquier fémina proveniente de estos lares geográficos, referirse a su bollo de manera tan desenfadada, y mucho menos destacar las cualidades, en este caso cometibles, del mismo.

Retomando el tema de la fotografía de “BOLLOS CALIENTES” en FACEBOOK: Los “ME GUSTA” y los comentarios, muy disímiles, no se hicieron esperar. A la distancia de un CLICK, como suele suceder en la contemporaneidad, unas y unos destacaron la jocosidad, otras y otros halagaron mi sentido del humor, pero alguien, muy especial, con un comentario, también muy especial, y certero, hizo que recordara mi niñez.

Mi amigo, entrañable, Víctor Francisco Cantera Oceguera, “Pancho”, escribió, y cito textual: “Los Bollitos siempre han sido muy famosos en Cuba lo que la masa interior no es la misma que la que se comercializa en América del sur incluyendo Colombia donde me encuentro, el cubano es a base de frijol molido, preferentemente el frijol carita, el otro tiene harina de maíz”.

Y en efecto. Las palabras de “Pancho”, cardenense de pura cepa y realeza, me transportaron casi 40 años atrás. Esperanza Hilaria González Echazábal, mi abuela, inolvidable, imprescindible, a la que voy a tener presente hasta mi último aliento, tenía buena mano para la cocina; cualidad que heredó mi madre, distinción que adquirió mi hermano, y, lo confieso, algo que la vida me ha negado, pues ni huevos sé freír.

Abuela, cuando mi hermano y yo llegábamos de la escuela, nos decía: “Hice bollitos”. “Los bollitos” de Esperanza no eran más que una torticas de maíz, fritas, que no tenían condimento alguno. El carácter insípido era con el objetivo de echarles sal o azúcar, según el gusto del comensal.

“Los bollitos” de Esperanza eran exquisitos, y, como tal, tenían gran demanda, sobre todo entre mi hermano y yo. “No coman mucho que se van a llenar y después no van a comer”, era la advertencia habitual, no obstante, después de devorar 3 o 4 cada uno, comenzaba la lucha nuestra por “robar” la oferta.

“Les dije que se estuvieran quietos”… “Cachita, dile algo a estos niños”… Repetía Esperanza a viva voz. Y entonces sucedía. Entre las risas de nosotros (Mi hermano 5 años, y yo 10), y los regaños de la madre de mi madre, se escuchaba, seria pero jocosa, la voz de mi progenitor, eterno humorista:

– ¿Ustedes no entienden? ¡Déjenle tranquilo el bollo a su abuela!

Sin comentarios.

Gracias, “Pancho”, por hacer que recordara el inolvidable bollo de mi abuela.

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“Angola me arrebató a un amigo”

Angola– Mi hijo nooooooooooooooooo…

El grito estremeció la tranquilidad habitual, vespertino nocturna, de la calle 84-A, entre 41 y 43, sita en la barriada de Santa Felicia, municipio Marianao, en Ciudad de la Habana, Cuba.

Calle adorada, barriada querida, municipio amado, provincia idolatrada, isla a que de muchos le debemos la vida. Abuelas y abuelos, madres y padres, hijas e hijo, tías y tíos, sobrinas y sobrinos…

Es apenas un ruta pequeña, asfaltada, que recibe la denominación de 84-A; es apenas insignificante, pero nos vio crecer; mi hermano y yo, tuvimos la dicha de confluir, en tiempo y espacio con Alain y Yamira, Boris y Denis, Pablo y Fernandito, “Chacho” y “Papito”, Carlitos y David, Carlitos y “Mongui”, Janette y Elsa María, William y “Mayito”, Sandra y Denis, Nereyda e Ivón, Aramis e Ileana, Rolandito y Oscar, Anabel y “Tato”…

– Mi hijo noooooooooooooo- aún el reclamo piadoso de “Caruca” constata presencia en mi pensamiento.

No entendíamos lo que sucedía aquella tarde de viernes, previo al segundo domingo de mayo, Día de las Madres. No entendíamos, o no queríamos entender, porque mientras nos acercábamos a la residencia marcaba con la numeración 4105, nuestras dudas, triste y trágicamente, se iban despejando.

– ¿Qué pasó?

– “Tato”- le escuché balbucear, entre sollozos, a mi madre- Mataron a “Tatico” en Angola.

A Jorge Oliver Hernández nunca le llamé por su nombre; para mí continúa siendo, a pesar de la partida definitiva, mi querido “Tato”. Crecimos jugando a las bolas, béisbol, empinando papalotes… A pesar de ser 4 años menor que él, pudimos compartir los inolvidables entretenimientos callejeros que le son común a una partida de niños.

– ¿Mataron a “Tato” en Angola?

Repetían todos aletargados. Una guerra inexplicable, como le suelen nombrar a cualquier conflicto bélico, nos había arrancado al amigo, al hijo, al sobrino, al nieto, al hermano… Sí, porque “Tato”, “Tatico”, era amigo de todos, hijos de todos, sobrino de todos, nieto de todos, hermano de todos.

– ¿Qué le pasó?

“Tato”, que en el momento de su muerte apenas contaba con 18 años, quiso ir a cumplir su servicio militar a Angola. Un país, ubicado en el centro sur de África, a unos 14 mil kilómetros de distancia de la isla de Cuba, del que poco, o nada, se sabía. “Tato”, si mi memoria no me traiciona, partió hacia la lejana nación, en el mes de noviembre de 1983, a pesar del pedido de muchos, no solo de sus allegados sanguíneos, para que no se fuera. A “Tato”, niño que jugó a ser hombre, se le despidió con tristeza, con orgullo, pero sin imaginar que el adiós era para siempre. “Cuídame las palomas, abuelo”, fue su pedido a Servilio.

– ¿Qué le pasó a mi niño? – preguntaba, constantemente, Dora en su angustia de abuela.

Informaciones muy confusas afirman que se desplazaba en una caravana, y el camión que lo transportaba “pisó” una mina; narran también que llegó con vida al hospital campamento, y que, encarecidamente, le pedía al teniente ver a “Caruca”, su mamá; cuentan que, minutos después, su mirada tornó vidriosa, y la sonrisa de siempre se transformó en rictus mortal.

Sucedió el 11 de mayo de 1984, y me atrevo a afirmar que su muerte trazó un antes y un después en los vecinos de la calle 84-A; todos, sin excepción, no fuimos nunca más los mismos; todos, sin excepción, a pesar de los 31 años transcurridos, nos cuesta creer en su partida definitiva tan prematuramente, y menos olvidar el grito desesperado de “Caruca”:

– Mi hijo noooooooooooooooooo

“Tato”, nunca te imaginé mártir, sino compartiendo conmigo, con nosotros, la vida que nos merecíamos juntos. Hasta siempre, “Tatico”, hasta un día.

“Cuando se pierde un hermano…”

hector-pérez-ramírezQuerido Iván:

Te juro que, en mis casi 46 años, en muy, pero muy escasas ocasiones me he visto en la encrucijada de escribir. Esta es una de ellas. Cuando me despedí de ustedes, aquel día viernes 4 de marzo de 2006, salí de Radio Progreso y enrumbé hacia a mi casa caminando, bien despacio, por la calle Infanta, no imaginé que, apenas unos minutos atrás, le había dado el último abrazo, literalmente, a mi también querido Héctor. Recuerdo que hizo prometer, encarecidamente, que me cuidaría, y, sobre todo, que pronto volveríamos a andar, y desandar, los pasillo de la emisora.

Tristemente, afirmo, aunque me cuesta, y duela, reconocer, que esto último nunca más se va a poder concretar, tras la partida definitiva de la persona que, cuando se me ocurría “molestarle”, simplemente le preguntaba si era descendiente de Matías Pérez.

hectorOcurre que si bien es cierto que provengo de una familia radial, muchos no imaginan que di mis primeros pasos, y obtuve mi primer contrato, allá por noviembre de 1992, en CMBF Radio Musical Nacional; ocurre, también, que independientemente de mis apellidos, Luberta Martínez, ejecuté mis primeros pasos, y reitero en el término literalmente, de la mano de Héctor Pérez Ramírez. Refiero a mis “primeros pasos” cuando, fugazmente, fungí como aprendiz de efectista. En términos beisboleros, Héctor me dio la primera bola en “Las damas de Misalongui” (Alicia Fernán, Georgina Almanza, y Yolanda Estevan), y “Cristóbal Colón, las desventuras de un soñador” (Usted, Iván, y Jorge Rivera, si mi memoria no me traiciona).

Y creo que no me traiciona porque en el último capítulo de la última serie que cito, “Cristóbal Colón…”, lloré, emocionado, por primera vez, en un estudio de radio (algo que hice en solo 2 ocasiones). No pude contener las lágrimas cuando, al concluir el capítulo, Héctor, con la humildad que le caracterizaba, entró al estudio y le dio un beso a usted. Ahí me dije “ojalá pueda yo algún día besar a mi hermano al concluir un programa”. Recuerde que en esa época, Albertico, el Cuco, su orgullo, como ha dicho tantas veces, no pensaba trabajar en Radio Progreso.

ivanEse deseo de cumplir funciones laborales junto a alguien tan imprescindible para mí como mi hermano, me la transmitió Héctor Pérez Ramírez, con un gesto no voy a olvidar mientras continúe dando lucha en el mundo de los vivos.

Recuerdo, también, que un día, ya siendo yo director de dramatizados, entro al estudio, y él me llama aparte. Estaba sonriente, pero lloroso. Me abrazó, me dio un beso, y me dijo, mil veces, “gracias, gracias, gracias”. No entendía aquello, y se lo hice saber. Ipso facto la explicación: “Usted dio buenas referencias de Javier para que sea aceptado a pasar el servicio militar en la Escuela INTERARMAS de las FAR “Antonio Maceo”, me lo dijo Rolando; me dijo que gracias a usted él fue aceptado”. “Caramba, Héctor, Javier y Martica, son como mis hijos también”.

progresoLe cuento algo: Que Javier entrara en la INTERARMAS me permitió bromear con Héctor diciéndole que las nueras de Caimito, Ceiba, y Artemisa, le enviaban muchos cariños. La primera vez me miró sorprendido; “¿sí?”, me preguntó; “así mismo, Héctor, son una manada de yeguas que exige la presencia…”. No me dejaba terminar porque explotaba en risas.

Un día le hice el cuento a mi vieja, con mi abuela delante, y Caridad puso el grito en el cielo; y mi abuela, como es de suponer, me hizo jurarle por San Juan Bosco que nunca más le iba a faltar el respeto a una persona tan decente como Héctor.

Héctor, a su forma y manera, disfrutaba de todo aquello, y, sin temor a equivocarme, hasta lo agradecía.

Hace unos días pregunté por usted, y redundo en lo literal, me contestaron: “Iván está hecho mierda, pero es una persona muy fuerte”. Cuídese, Iván. Cuídese mucho. Nosotros lo merecemos, Héctor también. Le prometo, a usted, volvernos a ver; y cuando nos volvamos a ver, también le prometo, darle 2 fuertes abrazos; el suyo, y el inconcluso con Héctor; de todas formas, al abrazarlo a usted, tendré la sensación de abrazarle a él también. De todas formas, y a pesar de la partida definitiva, está, en usted, y omnipresente, la impronta de Héctor Matías Pérez Ramírez.

Transmítale a Mercy, Martica, y Javi, mis más sentidas condolencias.

Cuídese, Iván; cuídese, Fico Jutía

Aldito Luberta Martínez

PD: La segunda ocasión que lloré en un estudio de radio fue grabando “Para ti, mi viejo”; aquel cuento que tuve la oportunidad de escribir; y luego grabé, junto a mi hermano como musicalizador, dirigido por Caridad.