John Paul: “Organizando ideas en la calle 8”

tapa2“Soy la palma, soy la caña/

soy la conga y su sabor/

soy el café matutino/

soy quien no guarda rencor.

Soy el que no se acostumbra/

soy quien raíces dejó/

¡soy el que nunca se olvida/

de que en Cuba, un día nació!”

Cástulo Gregorich

Fragmento del poema “Soy”

Disfruto, tranquilo, ecuánime, sosegado, de una taza de café, “el néctar negro de los dioses blancos”, después de un buen almuerzo cubano: arroz congrí, ropa vieja, tostones, ensalada de aguacate, y dulce de coco rallado con queso, como exquisito postre. Siempre que me cae la nostalgia acá, en Miami, vengo al restaurante “Versailles”. Para mí, y desde mucho tiempo, la mejor cocina cubana en esta ciudad.

Y es que hace apenas 2 días que regresé de la isla, y ya quiero volver. Contradictorio, ¿verdad? En realidad sentimientos encontrados. Como me dijo Jaime, mi compadre, con toda razón: “si Cuba está mal, así estará Palo Caga’o”.

Es cierto que me encontré una ciudad desolada, un Palo Caga’o más caga’o que nunca, pero, y no sé cómo explicarlo, tanta pobreza me llenó de optimismo, de vida, y de ganas de regresar lo más pronto posible.

Me hizo muy bien conversar con la gente, recibir el trato de la gente, palpar que, a pesar de todo, el cubano sigue siendo cubano, y te brinda lo que tiene sin tener en cuenta que te está dando lo único que tiene. “Un poquito de café”, “el roncito que me queda”, “hay almuerzo para todos”… Me sentí bien con esa gente que, a pesar de las 3 décadas de ausencia, te recuerda con gran cariño; y me sentí muy mal con aquellos que, sin dobleces ni remilgos, pedían “10 dólares para comprarme un desodorante  y un perfumito porque huelo a rayos” o “invítame a una cerveza fría que hace tiempo que no las pruebo”. Entiendo la necesidad, pero también entiendo que el ser humano, por encima de cualquier situación, tiene que ser digno. Por lo menos, en Cuba, antes era así; ahora parece que no, aunque tampoco son todos.

Me hizo bien ir a Cuba, pero me hizo muy mal, por ejemplo, caminar por mi escuela. “Ciudad Escolar Libertad”, ese gran centro estudiantil, ese cuartel convertido en un emporio de enseñanza, por así decirlo, ese lugar que para todas y todos era símbolo de excelencia educativa, se está cayendo a pedazos. El teatro no existe; el gimnasio, está en ruinas; las áreas verdes, exhiben tonalidades mustias… En fin, solo los niños, quizás ajenos a lo verdaderamente triste del entorno, agregan la pizca de alegría, infaltable, para recordar la sazón de antaño.

Ciudad Libertad me dolió, como también Centro Habana, La Habana Vieja, La Lisa, cada rostro de desamparo, cada palabra de amargura, de desaliento, cada grito de “hasta cuando, cojones, ¿por qué a nosotros nos ha tocado vivir en este infierno?”, cada llanto, cada pedido de “ayúdame, John Paul, por favor”, o “¿tú no tienes una amiga en Miami que se quiera casar conmigo para salir de toda esta mierda?”.

Regresé lleno de recuerdos, de ansias de que el libro que tengo en mente ya salga a la luz, de que se conozca la realidad que dejé en Cuba 33 años después de mi partida.

Traje conmigo muchas cosas de un inestimable valor. En el aeropuerto de Miami casi se rieron de mí cuando les mostré mis trofeos, “viajar 90 millas para traer toda esa manga de porquerías. Si tanto extrañas aquello para qué te fuiste” sentí que me decía con la vista la oficial de aduanas, tras depositar en mi humilde compilación ósea la mirada más cínica y burlona, que ser humano pueda poseer. “Quizás para usted sean banalidades u objetos superfluos, pero todo está viendo son mis laureles, mi botín, mi recompensa, mis títulos olímpicos y mundiales”, le respondí, obviamente, con una rápida, pero firme, ojeada. “Y sí, extraño aunque me fui, porque el amor a Cuba se lleva por dentro quieras o no quieras”.

Viajó conmigo de regreso un poquito de tierra de Palo Caga’o, mi barrio, para mí más importante que la grava invicta de Playa Girón o Playa Larga; una piedra de mi escuela, quizás la que alguna vez lancé hacia lo alto de un mango buscando proyectar la fruta deseada, para luego, ávidamente, saciar mis la exigencias del paladar; un poquito de las, finas y blancas, arenas de Varadero, que a pesar del tiempo y la escasez, continúa siendo una de las playas más lindas del mundo; una imagen de la virgencita de La Caridad del Cobre, la patrona de Cuba, la “Virgen Mambisa”; una estatuilla de San Lázaro, “el viejo Lázaro”, el santo más milagroso; una botellita con agua del malecón; una camiseta de los Industriales, el equipo emblemático del béisbol cubano; una banderita cubana que, a trazos muy poco delineados, me dibujó, y regaló tras entonar, íntegramente, las notas del himno nacional, Manolito, ese cariñoso niño de 29 años, hijo de mis amigos de la infancia “Manuel Ceja Mocha” y “Karina la caballa”, demostrándome, hasta la emoción, que los Síndrome de Down son también patriotas, y poseen sentido de pertenencia por todo aquello que aman, inolvidable fue su “al combate corred, bayameses/ que la patria os contempla orgullosa/ no temáis una muerte gloriosa/ que morir por la patria es vivir”; pude conseguir un disco de Frank Delgado, otro con los éxitos de los Van Van, otro de Los papines, otro de Celeste Mendoza, y otro, gracias a “Cuco” Martínez, con algunos de los programas de “Alegrías de Sobremesa”, el mítico espacio humorístico de Radio Progreso, “La onda de la alegría”, que tanto ha hecho reír a generaciones de cubanos, y un DVD con un documental sobre la vida de Teófilo Stevenson, el gran campeón de boxeo; 3 discos de vinilo de la orquesta Aragón donde cantan los de siempre: “Pepe” Olmo, “Felo” Bacallao, y Rafael Lay, y donde hay una versión de “Nosotros” que está como para chuparse los dedos; conseguí, en las librerías ambulantes de la Plaza de la Catedral, en la Habana Vieja, un ejemplar de “Indagación del choteo” de Jorge Mañach, una biografía del dirigente estudiantil Julio Antonio Mella, y una multimedia de la revista “Orígenes”; ah, se me olvidaba, y una cucharita que me robé de la heladería Coppelia, porque a pesar de estar convencido de que iba a disminuir, en demasía, la reserva de esos utensilios en el mítico centro capitalino, no me contuve, y con la complicidad de Ana Gloria me la pude llevar.

Mi amiga, muy divertida y sin pudor ninguno, se la metió por dentro del pantalón “porque no traje cartera. Lo único que te aconsejo, con todo el cariño que te tengo, es que cuando llegues a Miami lávala bien, lávala con cuanto detergente tengas a mano, hermano mío, porque la peste a bollo viejo y usado que va a tener la cuchara esa va a ser del carajo. Mira que no tengo para depilarme, así que puedes imaginar cómo está eso por allá abajo de sudado y peludo, ¡esa como una ciénaga pero sin cocodrilos, bien pantanosa, pero libre de agentes externos que puedan provocar escozor o picazón! Quizás se le peguen 2 o 3 vellos que quieran irse del país, vellos disidentes, contrarrevolucionarios, y vendepatrias, porque ladillas no hay; esos bichos ni tuve, ni tengo, ni tendré. Primero muerta que ladillosa. Por lo menos el día que me muera, me voy a ir con el bollo limpio, porque de lo contrario no me van a dejar entrar en el paraíso. Si te encuentras 2 o 3 pelitos míos en la cuchara que tengo allá abajo, guárdalos como recuerdo mío. Me complacería saber que mi presencia está en Miami, aunque sea en 2 o 3 pelitos del bollo”.

Coño, Ana Gloria, cómo te extraño, mi hermana, eres la loca más cuerda que he conocido en los días de mi vida. “¿Sabes? Quisiera tener sexo contigo. Toda una noche, porque quiero experimentar algo que muy pocas veces he sentido: acostarme con alguien que realmente quiero, no que me vea como una puta, como siempre me vieron”. Ay, hermana, te agradezco todo. Todo lo que me diste. Ojalá te pueda traer algún día.

Vine con el morral repleto, de vivencias, fundamentalmente, y estoy listo, ipso facto, para comenzar a escribir “La vida es un monólogo”. Sí, porque así defino la existencia terrenal dentro los límites costeros en la isla que me vio nacer, no solamente en Palo Caga’o. Monólogo, soliloquio, parlamento, recitado, o cual de los sinónimos existe en la lengua cervantina.

Quiero plasmar las emociones, y sensaciones, que protagonicé, sin ánimo de ofender, mancillar, o tergiversar la realidad. En mi caso señalo que cualquier semejanza con ella no es pura coincidencia, es, sencillamente, la objetividad que, a diario, sufren millones de mis compatriotas.

Gracias, Cuba, por existir y alentar mis días a pesar del tiempo y la distancia. Dios te guarde y te proteja siempre. A ti, y solo a ti, dedico la consecución de ideas que dan vida a mi propuesta.