“Ahí sí te equivocaste, viejuco”

20160928_205436– Yo estoy convencido que a mi velorio no va a ir nadie.

Repetía, con sus jocosas maneras, el autor de mis días.

– Sí, analiza para que veas. Yo no puedo ir al velorio de nadie porque siempre estoy trabajando, a no ser que el fallecido lo haga el fin de semana. Si la persona deja de existir sábado o domingo, sí, ahí sí, pero entre lunes y viernes no pueden contar conmigo, por eso la venganza va a ser que nadie, pero nadie va a ir a mi velorio. Irán, quizás, 4 gatos y la familia.

En efecto. Su rigor de trabajo no le permitió, en no pocas ocasiones, asistir al último adiós de sus allegados.

– Escribo 2 libretos diarios a la mañana, y a la tarde, después del medio día, los llevo a Progreso. “Alegrías” se tiene que grabar. Al oyente no se le puede decir que el programa no sale al aire porque Luberta tuvo que ir a un velorio o a un entierro. Tú vas a ver cuándo a mí me toque, la gente me va a tirar una trompetilla. A no ser que a mí me dé por fallecer un fin de semana.

Ahí sí te equivocaste, viejuco. A pesar de que partiste un día lunes, tu gente te acompañó cual ídolo de multitudes que eres. Me cuenta Caridad, mi progenitora, tu compañera en los últimos 48 años, que la multitud, tanto en la funeraria como en el cementerio, fue impresionante.

– La ovación cuando colocaron el ataúd en el carro fúnebre emocionó a todos. En el cementerio otro tanto. Puede estar tranquilo. El pueblo lo despidió como hombre de pueblo que fue.

Me gustaría que leyeras estas líneas. Disfrutaría al verte la expresión de sorpresa, tu expresión de sorpresa, característica en ti, que podías elevar, al unísono e increíblemente, la ceja derecha y la comisura del labio correspondiente al saber que tu vaticinio, tu pronóstico, tu premonición, tu augurio, fue hecho añicos por tu gente, por esas generaciones de gentes que, por casi 52 años, disfrutó de tu humor criollo, inteligente, respetuoso, e insuperable, por esa gente a la que te entregaste, cual sacerdote sin hábito, para, al menos, provocar una sonrisa.

Hasta siempre, viejuco, o hasta un día. Gracias por todo, papá. Un beso en la eternidad.

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