Entre el sexo canino y la dentadura postiza

emccNunca fue mi jefe, ni tampoco tuvo que ver, directamente, con mi persona en ninguno de los 3 años que cursé en la Escuela Militar “Camilo Cienfuegos” de Capdevila,  debe der ser que lo recuerdo únicamente por su alias: “El zombo” o “El sombo” o “El sonvo” o “El zonvo”; de hecho desconozco la ortografía correcta para dicho vocablo pues, como deben de suponer, la palabra nace una ingeniosa mente que en ese momento no tuvo algo más interesante que hacer sin saber, obviamente, sin proponerse que su aporte lingüístico iba a trascender décadas.

“El zombo”, y vamos a asumir así la palabra, ostentaba los grados de capitán, y su función laboral lo vinculaba a la compañía #3, cuando ingresé que mi querido e inolvidable centro escolar, entiéndase el primer año del preuniversitario, o lo que es lo mismo el décimo grado.

Era bajito, de tez oscura, y lo distinguían 2 cualidades: una establecida gordura que cuando caminaba hacía temblar su cuerpo cual flan de leche vertido en plato o taza de gelatina, y una, desesperante puedo decir, lentitud que le atrasaba desde el caminar hasta el razonamiento.

– Ehhh/ ehhh/ ehhh/ ehhh/ que baile “El zombo”/ Ehh/ ehh/ ehh/ ehh/ ehh/ que baile “El zombo”

Se solía escuchar, a coro, a viva voce, en horario nocturno con bastante frecuencia desde los predios donde pernoctaban los alumnos de la compañía #3, grado #11, lo que hacía suponer, o ratificaba, que el querido “Zombo” estaba cumpliendo con su servicio de guardia.

– A ese tipo nadie le hace caso- me comentó en cierta ocasión José Pablo Sánchez Ríos, Pablito, mi hermano de la infancia, que estaba bajo la égida de tan ilustre oficial de las invictas Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR)- es buena gente pero con esa figura y la idiotez que tiene todo el mundo le dice hasta alma mía y él como si nada.

Y precisamente Pablito, subordinado de “El zombo”, fue quien, siendo alumnos ambos de la EMCC de Capdevila, me contó “lo que se puede decir la mala suerte del capitán, pues quiso imponer respeto pero las cosas de la vida se lo impidieron”.

LA ANÉCDOTA COMO TAL

Mes de mayo de 1985, 03.30pm, aproximadamente. Polígono de infantería. Los alumnos de la 3ra compañía en posición de firme bajo el extenuante, y calenturiento, sol tropical. Los alumnos de la 3ra compañía, promedio de edad 16 años, vistiendo, con mucho sofoco, el nada elegante uniforme de campaña, reitero en posición de firme, y en silencio absoluto.

“El zombo”, también en posición de firme y también vestido de campaña, había ordenado, por 4ta o 5ta ocasión, “firmeeeeeeeeeeeeeeeee”, y los adolescentes, aprendices de militares, habían acatado la orden, quizás por lástima con el intrascendente jefe, o quizás sabiendo que de no cumplir con la voz de “firmeeeeeeeeeeeeee” el castigo bajo el astro rey sería interminable.

Cuenta José Pablo, Pablito, el nieto de Olga y Rodolfo e hijo de Nidia y Pablo, que cuando “El zombo” percibió que el quórum uniformado había cumplido su objetivo comenzó a arengar, a amenazar, sobre la necesidad de profesar respeto hacia los superiores.

– Yo he sido bueno con ustedes- acotó- pero de ahora en adelante no va a ser así. Ustedes no merecen que uno sea complaciente, porque se les da un dedo y se hacen dueños de la mano completa. Yo he querido en todo momento ser bueno con ustedes, y lo que he recibido son burlas y abusos. Yo no merezco eso que…

Un refrán, antiquísimo, expresa que “el que nace para martillo del cielo le caen los clavos”, frase que, perfectamente, se puede aplicar en el caso de “El zombo”.

– Quiso imponerse, pero le salió mal- me comentó divertido Pablo- pobre tipo. De verdad que me dio pena.

Sucedió que arengando en su reclamo surgieron, de la nada, cual Ave Fénix, una perra y un perro, propiedad de Eleuterio, anciano encargado del hato de carneros y la cría de gallinas de la escuela, “viejo verde prostibulario y mentiroso como pocos”, como lo calificaría, quizás en broma, Julito, profesor de Física, un negro delgado y alto como una vara, que mostraba una guapería al hablar que daba risa.

Los perros de Eleuterio, perra y perro, aclaro, no inspiraban temor alguno; eran mansos y, al mismo tiempo, nos resultaban familiares. No obstante, lo que interrumpió el dolido discurso del “El zombo” no fue la fiereza de los caninos, algo que no tenían, ni los ladridos que sí molestaban; lo hizo trizas la intervención del capitán fue el deseo sexual la aparición mamífera.

Imagínense la escena: “El zombo” intentando imponer respeto y, de la nada, surgen representantes de ambos sexos del “mejor amigo del hombre” y comienzan a concretar el coito a escasos centímetros de su persona.

– El capitán quedó impávido, hermano, tenías que haberlo visto. Y a nosotros no nos quedó más remedio que estallar en risa. Pero no quedó ahí

– ¿Hay más?- le pregunté a Pablo.

– Muchacho…

“El que nace para martillo del cielo le caen los clavos”, repito, y “como no hay una sin dos”… “El zombo” interrumpió su blablablá y pudo ahuyentar a la pareja de perros (pobrecitos tan deseosos estaban) ante la burla de los alumnos, y cuando quiso retomar…

– Firmeeeeeeeeeeeeeeeeeee…

Caso omiso.

– Firmeeeeeeeeeeeeeeeeeee…

Continúan las risas.

– Firmeeeeeeeeeeeeeeeeeee…

El quórum insiste en la diversión.

– Firm…

Silencio total. Ni “El zombo”, imposibilitado de continuar hablando, ni los alumnos, disfrutando aún el inconcluso proceso coital canino,  daban crédito a lo que había sucedido: la dentadura postiza del compañero capitán había salido proyectada con fuerza brutal y rodado hasta los pies de los “camilitos” ubicados en primera fila, mostrando no pocas partículas de tierra incrustadas.

– ¿Y qué pasó después?

– La explosión de risa fue tan grande que “El zombo” recogió la dentadura, la limpió en el pantalón, se la puso, y mandó a romper fila. ¡No podía seguir hablando”.

Me contó Hernán Telléz, compañero de aula de Pablito, que alguien gritó: “el capitán no puede seguir hablando porque se le cayó el cassette”.

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