“Caridad Martínez, le estamos llamando de Radio Martí”

aldito niñoHacer bromas es una cualidad que me distingue desde tiempos inmemoriales. Con apenas 2 años estropeé una fotografía porque a última hora saqué la lengua provocando, me cuentan, el enfado del profesional de la lente. Mucho transcurrido para obtener una linda instantánea y “este chiquillo de”…

Los que me conocen, allegados o no, lo saben, y saben, redundo en el vocablo, que cualquiera puede ser blanco de mis infantiles cuchufletas. Lo fue, por ejemplo, mi tía Gladys, mi abuela Esperanza, muchos de mis amigos… y Caridad Martínez González, mi querida madre.

La fecha sagrada para mí es el 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes, aunque la data no tiene que ser señalada en el calendario para hacer una de las mías.

Lo que les narro es real. Lo que a continuación expongo es totalmente verídico y sucedió el 15 de abril de 2015, fecha que marcó las 5 décadas de la salida al aire de “Alegrías de Sobremesa”, espacio humorístico que por 52 años escribió Alberto Damián Luberta Noy, mi progenitor, y que era emitido por las frecuencias de Radio Progreso, “La Onda de la Alegría, como su eslogan lo afirma.

Siendo las 09.30am, hora de Paraguay, tecleo el número telefónico correspondiente a mi casa, aguardo unos segundos, y entonces escucho la voz, somnolienta, de mi madre. “Esta es la mía”, pensé.

– ¿Caridad Martínez González?- pregunto engolando la voz con el propósito de imitar a Marlon Alarcón Santana, Otto Dariel González, José Leandro Rodríguez, u otro de los locutores de nuestra querida emisora.

– Sí, soy yo.

“No me reconoció” aseguré y  reafirmando un tono de voz que no poseo y una dicción que nunca he soñado, recuerden que exhibo una asombrosa tartamudez desde que comencé a balbucear mis primeras palabras, voy a la carga.

– ¿El maestro Alberto Damián Luberta Noy se encuentra?

– No, acaba de ir al banco a hacer una gestión.

“Eureka”, me dije imaginando que Aristóteles había reencarnado en mí.

– Maestra, sabemos que hoy es un día trascendental para la Radio Cubana por eso queríamos conversar con su esposo, y consideramos que usted revista gran importancia para la fecha por ser una mujer de radio y, al mismo tiempo, amantísima cónyuge del artífice, del inigualable, de quien ha hecho reír a tantas generaciones de compatriotas, ¿podemos hacerle a usted una pequeña nota por esta vía?

– Sí, como no.

“Me la comí con la muela y cayó como palomita. De esta no te salvas, Caridad”, cavilé triunfal.

– ¿Esta lista?

– Sí, como no.

– Caridad Martínez, le estamos llamando de Radio Martí.

Silencio absoluto.

– Va a conversar con Huber Matos y Armando Pérez Roura.

Mutismo total.

– Ileana Ros-Lehtinen va a participar de la conversación porque está invitada al estudio.

La paz de los sepulcros se había apoderado de la línea telefónica.

– ¿Caridad Martínez, está en línea?

– Ejemmmm… ejemmm… ejemmmmm.

– ¿Le sucede algo?

– Bueno… yooooooo… aquiiiiiiiiiiiii…

– ¿Está lista?

– Mireeeeeeeee… con sumo respetoooooooooo…

– Mima, soy yo- acoté, velozmente, al notar que estaba dispuesta a interrumpir la comunicación.

– ¿Quién? ¿Aldo?

Si yo me encuentro lejos de Ciudad de la Habana ella se encargó de enviarme aún más allá. No sé si de repente me fui para la Patagonia, bien al sur de nuestro continente, o para la China, pero les puedo asegurar que por voluntad de la autora de mis días me trasladé a un recóndito lugar, quizás no localizado en el mapamundi, a la velocidad de la luz.

Aclaración válida: Para los que no conocen, Radio Martí tiene su sede en los Estados Unidos y es una emisora muy crítica con el régimen cubano, así que se pueden imaginar los efectos de ofrecer una entrevista para ese medio aunque me han dicho que ya no lo es tanto. Esto último no me consta ni lo creo tampoco.

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El tiempo, mi padre, y la eternidad

luebtrtaCuando el 23 de enero de 2017, aproximadamente a las 19.00hs, identifiqué que mi dispositivo celular señalaba una comunicación desde Cuba, realmente, presagié lo peor. En efecto, la voz de mi madre, entrecortada pero firme, logré escuchar: “Gordo, ya se produjo el desenlace”.

Lacónica fue la frase pero transmisora de un dolor extremo. Había dejado de existir quien por espacio de 48 años y 4 meses compartió el diario quehacer, con sus alegrías y sinsabores; había fallecido mi padre; había sucumbido a los embates de una cruel enfermedad el mismo que desde el 15 de abril de 1965 hizo reír, o al menos sonreír, diariamente, a millones compatriotas; había ratificado su condición de leyenda, para la eternidad, Alberto Damián Luberta Noy.

Reconozco, a pesar de los 12 meses transcurridos, que aún me cuesta creer que no se encuentra entre nosotros con su humor criollo y refinado, su carcajada que inoculaba optimismo al amargado más impermeable, sus comentarios certeros, y sus sabios consejos, que continué recibiendo a pesar de la distancia y de rozar las 5 décadas de vida.

La vida de mi viejo comenzó a apagarse en el mes de diciembre de 2015. Se fue extinguiendo paulatinamente, empero, nunca perdió el alborozo, muy característico en su persona, ni mucho menos las ansias por continuar compartiendo en el mundo terrenal.

Su sonrisa se mantenía imperturbable a sabiendas que su cuerpo no respondía al tratamiento oncológico que le fue impuesto.

Murió mi progenitor, y con su postrero estertor perpetuó la estela de alegrías que supo diseminar.

“El ‘Lube’ está con nosotros y tú lo sabes”, escribió Fabio Bosh, nuestro querido “Fabito”, Premio Nacional de Radio’ 2017. Y sí, el viejo no se ha ido, ni se irá nunca. Continúa su andar pausado luciendo, humildemente, una guayabera; insiste, trago en mano, en animar a sus queridos e idolatrados Industriales; se empeña, hasta el cansancio, en enfrascarse leyendo, ávidamente, hasta altas horas de la madrugada; persevera, en franca porfía con la triste realidad, en teclear, con espasmódica y convulsa rapidez, luchando por concluir un libreto, algo que lo mantuvo en vilo aún hasta, prácticamente, sus últimos respiros.

Papá, “Fabito” tiene razón. Acá sigues, por eso escribo un agradecido hasta luego. Un beso, viejuco, y gracias por impulsarme a pesar de la momentánea partida.

Se te extraña, ¿sabes?