El tiempo, mi padre, y la eternidad

luebtrtaCuando el 23 de enero de 2017, aproximadamente a las 19.00hs, identifiqué que mi dispositivo celular señalaba una comunicación desde Cuba, realmente, presagié lo peor. En efecto, la voz de mi madre, entrecortada pero firme, logré escuchar: “Gordo, ya se produjo el desenlace”.

Lacónica fue la frase pero transmisora de un dolor extremo. Había dejado de existir quien por espacio de 48 años y 4 meses compartió el diario quehacer, con sus alegrías y sinsabores; había fallecido mi padre; había sucumbido a los embates de una cruel enfermedad el mismo que desde el 15 de abril de 1965 hizo reír, o al menos sonreír, diariamente, a millones compatriotas; había ratificado su condición de leyenda, para la eternidad, Alberto Damián Luberta Noy.

Reconozco, a pesar de los 12 meses transcurridos, que aún me cuesta creer que no se encuentra entre nosotros con su humor criollo y refinado, su carcajada que inoculaba optimismo al amargado más impermeable, sus comentarios certeros, y sus sabios consejos, que continué recibiendo a pesar de la distancia y de rozar las 5 décadas de vida.

La vida de mi viejo comenzó a apagarse en el mes de diciembre de 2015. Se fue extinguiendo paulatinamente, empero, nunca perdió el alborozo, muy característico en su persona, ni mucho menos las ansias por continuar compartiendo en el mundo terrenal.

Su sonrisa se mantenía imperturbable a sabiendas que su cuerpo no respondía al tratamiento oncológico que le fue impuesto.

Murió mi progenitor, y con su postrero estertor perpetuó la estela de alegrías que supo diseminar.

“El ‘Lube’ está con nosotros y tú lo sabes”, escribió Fabio Bosh, nuestro querido “Fabito”, Premio Nacional de Radio’ 2017. Y sí, el viejo no se ha ido, ni se irá nunca. Continúa su andar pausado luciendo, humildemente, una guayabera; insiste, trago en mano, en animar a sus queridos e idolatrados Industriales; se empeña, hasta el cansancio, en enfrascarse leyendo, ávidamente, hasta altas horas de la madrugada; persevera, en franca porfía con la triste realidad, en teclear, con espasmódica y convulsa rapidez, luchando por concluir un libreto, algo que lo mantuvo en vilo aún hasta, prácticamente, sus últimos respiros.

Papá, “Fabito” tiene razón. Acá sigues, por eso escribo un agradecido hasta luego. Un beso, viejuco, y gracias por impulsarme a pesar de la momentánea partida.

Se te extraña, ¿sabes?

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