La broma que no le pude hacer a mi padre

pipo sonriendoAlberto Damián Luberta Noy era un ser humano muy perspicaz y poseedor de una agudeza intelectual muy refinada. Si a cualquier persona se le puede pasar gato por liebre, como asegura el refrán, no cualquier persona le podía hacer pasar a mi progenitor gato por liebre… yo, en un  momento imaginé que era un afortunado del destino en ese sentido pero una conversación telefónica Asunción-Ciudad de la Habana hizo que pusiera los pies en la tierra.

– Dime- reconocí la voz de “El Padrino”, además de por timbre, inconfundible e inolvidable, por su tradicional vocablo al levantar el auricular para responder una solicitud a través del dispositivo nacido de la invención del italiano Antonio Meucci y, presuntamente, plagiado por el estadounidense Alexander Graham Bell (vaya fraseología para no repetir la palabra teléfono).

“Hoy le corresponde al viejo”, pensé, y en cuestión de segundos ideé una broma que a posteriori quedó trunca.

– ¿Alberto Damián Luberta Noy?- pregunté cuidando mi dicción (recuerden que soy tartamudo).

– Un servidor. ¿Quién me habla?

– Es el capitán Gómez Aranda de la Estación de Policía de Zapata y 2- respondí.

– Dígame, compañero- exclamó solícito el autor de mis días.

“Caíste, viejuco”, cavilé triunfal y comencé por adelantado a celebrar mi victoria… ¡craso error!

– Le llamo porque hemos detenido al locutor Marlon Alarcón Santana.

– ¿A quién?- preguntó sorprendido el tercer retoño de Celia y Armando.

– A Marlon Alarcón Santana, el locutor, ¿usted lo conoce?

– Por supuesto. Compañero de trabajo de años, además es muy allegado a mi familia. Muy allegado, compañero. ¿Qué sucedió?

Y expuse, ingenuamente, del imaginario arresto de quien considero un hermano.

– En un operativo hicimos un registro en su casa y encontramos que el ciudadano Marlón Alarcón Santana tiene en su casa una venta ilegal de ron.

Ahí mi padre rompió a reír a carcajadas.

– ¿Le divierte que Marlon esté detenido?

– No, no es eso. Es que no le creo porque si Marlon tuviese ron en su casa no lo trafica, sino se le toma- acotó disfrutando el momento- ¿quién me habla?

Cuando me identifiqué, al saber que íbamos a intercambiar unas palabras, su alegría aumentó, no obstante dejó por sentado que él no se llamaba Caridad Martínez González.

– Gordo- señaló cariñoso- ¿tú crees que yo soy un viejo bobo? Allá tu madre que cree todas tus locuras- y agregó en imaginario paréntesis- bueno, cuéntame, ¿cómo anda la vida por Paraguay?

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