Como dijo José Martí, “en silencio ha tenido que ser…”

balserosTuve 3 intentos de salida del país. Mis abuelos maternos, Margarita y José Antonio, “Cheo” como aún se le conoce, en mil novecientos ochenta y cuatro, habían decidido ir a vivir a los Estados Unidos; luego se fue mi mamá. Vivía con mi papá en la casa que ahora es de mi tía Carmen, allá en el barrio Santa Felicia de Marianao. Poco a poco la decepción y la frustración, como a la gran mayoría de los cubanos, me fue carcomiendo y aunque no dejé de hacer mis obligaciones la idea de irme del país comenzó a tomar fuerza. Mi abuelo, a quien tanto debo, había fallecido en el mil novecientos ochenta y ocho y yo no pude acompañarlo en sus últimos momentos. El no darle el último beso a mi querido, y nunca olvidado, “Cheo” me tenía muy triste y me propuse que con Margarita no iba a suceder lo mismo. Ella sí me tenía que disfrutar hasta que le llegara el momento de descansar, en la eternidad, junto a su compañero en vida.

¿Recuerdas la frase de José Martí en su carta a Manuel Mercado? “En silencio ha tenido que ser porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas”. Bueno, así fue mi plan de fuga del régimen de los Castro. Bien en silencio, porque, en esos casos, una indiscreción podía llevarte a la cárcel. En apariencia todo estaba bien, pero mi idea se iba madurando.

Me acuesto retozado en mi barquilla

No hay nadie que me quite la corona

De pétalo de sol y lluvia fresca

El piso de mi barca es de paloma

En el mes de julio de mil novecientos noventa y uno concluí mis estudios preuniversitarios en la Escuela Vocacional “Vladimir Ilich Lenin” y en septiembre de ese mismo comencé la carrera de ingeniería en telecomunicaciones en el Instituto Superior Politécnico “José Antonio Echeverría”, el ISPJAE o la CUJAE, que era como se llamaba antes porque en lugar de ser Instituto Superior Politécnico era Ciudad Universitaria.

Aparentemente, repito, conmigo todo marchaba bien. Por mis buenos resultados académicos me habían premiado con la carrera de mis sueños, pero la frustración pudo más. No tener alimentos, ni ropa, ni zapatos, ni medicamentos… Estar obligado a desplazarme en una bicicleta para cualquier parte porque tampoco había transporte público fueron las gotas que rebosaron la copa. Si me quedaba en Cuba, con título de ingeniero y todo, yo iba a ser un mantenido de mi familia que vivía en Miami y yo no quería eso para mí.

¡Tenía diez y nueve años y un horizonte lleno de angustia y desesperanza, por eso decidí que había llegado el momento de decir adiós a mi querido barrio marianense e irme a buscar fortuna noventa millas más al norte de las costas de Cuba!

Mi barquilla es de sol de romerillo

Con un timón de fresca calabaza

La cama son diez hojas de yagrumas

Y mis velas son cien alas de torcaza

El primer intento de salida ilegal lo hice a finales del año mil novecientos noventa y dos por la playa Santa María del Mar que se ubica al este de Ciudad de la Habana. Recuerdo que era invierno y poco después de las ocho de la noche, a pesar del frío y por consejo de los guías, nos metimos en el agua con ropa y todo a esperar que llegara la lancha que venía a recogernos. Después de casi dos horas, y viendo que la embarcación no llegaba, salimos del agua y, ¡cuál no fue la sorpresa!, nos encontramos con una patrulla de guardafronteras. Enseguida nos pidieron identificación y el motivo de que a esa hora de la noche y la baja temperatura teníamos la ropa mojada. Te cuento que me hice el borracho y que me había dado un baño para refrescar y que no me regañen cuando llegue a casa. No sé si me creyeron pero, asombrosamente, me dejaron ir. Llegué a Marianao como a las dos de la madrugada y cuando amaneció me fui a la CUJAE como si nada hubiera pasado. Recuerda que “en silencio ha tenido que ser….”

Y libre yo, volando al sol

Con un sabor naranja y flor

Y libre al fin, en un sin fin

Azul de mar, espuma y sal

El segundo intento fue semanas después, no recuerdo cuantas, pero no pasó mucho tiempo de la anterior. Yo estaba ansioso por irme y abrazar a los míos que me esperaban en Estados Unidos. Para esa segunda ocasión, el grupo que intentaba irse ilegalmente de Cuba, había acordado encontrarnos en el parque Coyula que está en la avenida diez y nueve y calle 32, en el municipio Playa. Cuando estuvimos todos caminamos unas cuadras hasta llegar a la costa. Sin meternos en el agua, como la primera vez, nos sentamos a esperar y tras horas de espera la lancha llegó hasta donde estábamos pero inesperadamente hizo un giro de ciento ochenta grados  y se internó en el mar nuevamente perdiéndose en la oscuridad de la noche. Según supimos después el timonel vio unas luces y se asustó. Regresé a mi casa y cuando hablé con mi mamá, que desde Miami estaba al tanto de todo, le dije en clave: “la guagua pasó pero no paró”. A la mañana siguiente de nuevo me fui a la CUJAE. No olvides que “en silencio ha tenido que ser…”.

Un rayo aprisionado en mi barquilla

Me trajo mil estrellas errabundas

Amanecí llorando allá en la quilla

Porque mi pena estaba moribunda

El tercer y definitivo intento fue en la noche del veinte y nueve de enero de mil novecientos noventa y tres. Estábamos en la playita de ciento diez, justo al lado del antiguo parque de diversiones Coney Island. Esperábamos en la costa cuando, bien tarde, sentimos el motor de la lancha que iba por nosotros y ahí pensé “esta no se me escapa” y me lancé al agua sin esperar a que llegara al pequeño muelle. En menos de un minuto trece personas se subieron a la embarcación y tomamos rumbo norte. En el grupo había dos ancianos que luego supe que eran los padres del trompetista cubano Arturo Sandoval.

Como sabes el mar del estrecho de La Florida en el mes de enero es muy traicionero. El agua estaba brava, muy picada como se suele decir, y llegué a calcular olas que tenían hasta diez pies de altura. La lancha más que navegar iba dando saltos como un sapito. A la anciana, erróneamente, la colocaron en la proa, precisamente donde más duros se sentían los golpes de las olas. Yo le ofrecí mi lugar, cerca de la popa, pero ya era tarde: había sufrido la fractura de dos costillas.

Al amanecer estábamos frente a las costas de Cayo Hueso, Estados Unidos, y faltando muy poco para llegar la lancha comenzó a tener fallos. Vía telefónica solicitaron ayuda y en nuestro rescate vino un barco más pequeño que nos dejó en un islote desde donde se apreciaban, con mucha nitidez, las costas de La Florida. El momento esperado estaba cerca: besar y abrazar a mi abuela y a mi mamá y vivir en libertad. Un guardacostas estadounidense nos recogió y nos llevó a tierra firme.

¡Habían terminado las angustias, se abría para mí una nueva esperanza de vida!

Navego solitario, estoy cercano

Al puerto donde me espera una niña

Con una mariposa entre las manos

Llorando anaranjada en su campiña

Han pasado más de veinte y seis años de esa noche. He vivido más en Estados Unidos que en Cuba. Allá en la isla me queda mucha familia y amigos, que son también familia. A ellos los echo de menos pero no me arrepiento de haberme montado en una lancha para escapar de los Castro. La vida me dio la oportunidad de acompañar a Margarita, mi abuela materna, en su último adiós, y, además, el privilegio de ser padre de dos hermosas niñas: Diana Laura y Danna Lucía. Lucho el día a día junto a mí querida esposa, María de los Ángeles, o “Sángeles” como cariñosamente le dicen. Hemos pasado momentos boyantes y momentos de penurias, pero con la tranquilidad de que llevamos una vida digna, tranquila, y, sobre todo, sin la necesidad de robarle al Estado ni a nadie. En Cuba estás con la zozobra constante de que te puedes buscar un problema porque, obligatoriamente, tiene que interactuar con el mercado negro. ¡O compras ilegal o te mueres de hambre! Acá tengo también el cariño incondicional de mis padres, porque el viejo, apenas un año después de mi salida, en el mes de marzo de mil novecientos noventa y cuatro se convirtió también en balsero.

Valió la pena el peligro, el haberme expuesto a la furia del mar, el haber dejado todo atrás para comenzar de la nada, porque la libertad no tiene precio. Hay otros detalles de mi salida que prefiero obviar porque, aunque han transcurrido más de veinte y seis años, ten presente siempre que, como dijo José Martí, “en silencio ha tenido que ser…”.

Fernando Enrique Montes Martínez

Balsero

Nota: Este testimonio funge como prólogo de mi libro “Yo vine remando” que se encuentra en etapa de elaboración. En el mismo hay fragmentos de la canción “Libre yo” del trovador cubano Alberto Tosca. La imagen que ilustra este trabajo es netamente de referencia.

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