“Venancio”

“De lo feo del mundo se busca alivio en la mujer, que es en el mundo la forma más concreta y amable de lo hermoso”

José Martí

-¡Venancioooooooooo!

El grito lo llenó de terror. Lo percibió cuan arma psicodélica, de convulsionante efecto, que, amenazadora, se yergue ante sí. Se llevó, en gesto desesperado, las manos a la cabeza. Reconoció la voz, ¡cómo no iba a hacerlo tras largos años de penosa y lacerante convivencia!, a pesar de que esta llegó a él distorsionada, conformando una perfecta simbiosis fantasmal de alaridos lastimeros

-¡Asesinooooooooooo!

Abrió desmesuradamente la boca dejando ver la roída dentadura, encallada, por demás, en una encía donde pululaban abscesos de pus, buscando  inhalar un hálito de aire que mitigara su angustia.

Oteó el lugar escudriñando  la fuente lógica de las especulaciones.

-¿Dónde estás, Ramona? – preguntó lloroso.

-Aquí contigo.

-¿Dónde? – insistió en la interrogante.

-Estoy más cerca de lo que imaginas. Si en algún momento pensaste que me fui, estás muy equivocado.

Aterrado dio un traspié.

-¿Me escuchas? ¡Venanciooooo!

En efecto. Venancio escuchaba. Perfectamente lo hacía, pese a que su deseo era no recibir esas señales diabólicas empeñadas, sardónicamente, en mellar, aún más, su debilitada psiquis. Por eso, con gesto exasperado, recurrió al gastado instinto defensivo de plantar las manos en los oídos intentando eliminar todo vestigio de audición. Por eso las lágrimas, los sollozos ahogados, el descontrol de los esfínteres que, olores entremezclados, incrementó la fetidez imperante en la mazmorra policial.

-¿Tienes miedo? – y la voz se le antojó mordaz –. Sabía que en algún momento tendrías miedo. ¡Lo sabía y me alegro que así sea porque vas a saber lo que es sufrir!

-Perdóname – susurró llorando.

-No, Venancio, no te voy a perdonar. Nunca lo voy a hacer, al contrario. La vida es un boomerang y te va a devolver todo lo que me hiciste, o todo lo que hiciste, porque no fui yo tu única víctima. Siempre te advertí que terminarías mal.

Subyugado por la debilidad de sus piernas cayó al mugriento suelo de la celda ante la mirada atónita de sus compañeros de reclusión. Domeñados por una involuntaria y repentina atetosis, Pedro Enrique y José Ángel, sobrecogidos de pavor, intentaron, en vano, hallar explicación lógica a la escena que el recién llegado ofrecía en tan reducido espacio. Venancio comenzó a llorar mientras sus compañeros de calabozo, ateridos, sin saber qué hacer, contemplaban lo que sucedía.

-Perdóname, por favor – dijo, suplicante, mientras se retorcía endemoniado.

-Se acabaron tus borracheras, tus abusos, tus maltratos, tu arrogancia, tu prepotencia. Estás preso, Venancio, estás donde tenías que estar desde hace mucho tiempo. Estoy tranquila porque sé que contigo lejos de la familia, los niños van a estar bien. Ya puedo al fin descansar en paz, asesinoooooo…

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