“Aquella noche Chicago reverenció a Las Martinas”

jose-contreras-minUbi concordia, ibi victoria. Finalmente, tras casi 90 años de espera, la fanaticada beisbolera de los Medias Blancas de Chicago celebró la victoria en la Serie Mundial. Décadas, interminables, se sucedieron desde que en 1917, “La ciudad de los vientos”, se invistió de gloria por última vez.

La vida, con sus caprichos consuetudinarios, privó a generaciones de chicagüenses de tan excelsa satisfacción. Fueron 88 años de angustias, sufrimientos, lamentos y resignación. “No se pudo. La próxima temporada tendremos otra oportunidad”, se escuchó decir durante más de 17 lustros.

¡Demasiado tiempo para tan nobles intenciones!

Esa noche, la del 26 de octubre de 2005, se quebró la maldición. Lágrimas, gritos de agradecimiento, frases de alivio… Y ahí estaban ellos, ovacionados por su público. Ahí se pudo ver a Guillén, Crede, Iguchi, Marte, “El duque”, Konerko, Ozuna…

Cuentan que, en medio de tanto alborozo, fue sorprendido, con su sempiterno número 52 en la espalda, mostrando una simbiosis de sentimientos muy enrevesado de describir. El éxtasis de la victoria no fue óbice para que sus cavilaciones se trasladaran hacia el extremo occidental de la ínsula mayor del mar Caribe.

– Mi gente – pensó.

Allí, en su natal Las Martinas, un pueblito perdido en la geografía de la nación que le vio nacer, imaginariamente, besó a su viejo, uno de sus más fieles seguidores, quien lo contemplaba orgulloso, como suelen hacer los progenitores, desde el astro más titilante; abrazó a su vieja, a sus hermanos, al viejo Guerra, a Fuentes, a Alfonso, a aquel díscolo amigo empeñado en identificarse con el número 99, al otro encariñado con el 24, al muchacho delgado sonriente a quien todos apodan “El Pirineo”, y al “Capirro”, el veterano que tantas veces lo aconsejó.

– Gracias – susurró emocionado –. Sin ustedes no hubiese nunca llegado.

Dicen que esa noche Chicago agradeció. “La ciudad de los vientos” buscó incesantemente  las fronteras de cierto humilde territorio,  y se sorprendió como una demarcación tan diminuta  y recóndita pudo haber traído al mundo a un ser de tan agigantadas y dimensiones.

Ese 26 de octubre de 2005, la mítica urbe reverenció a “Las Martinas”, su hijo dilecto se había convertido en leyenda.

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