“Si tú supieras donde acabo de ver al ‘Duque’…”

el duqueFue a mediados del año 1997. Quizás entre los meses junio y julio, no recuerdo exactamente. Lo cierto es que buscando un buen caso de alcoholismo para el programa Francamente, del que formaba parte como escritor, y gracias a un gran amigo, accedo a los predios del hospital psiquiátrico de Ciudad de la Habana.

– Mi hermano está ingresado allí, precisamente, desintoxicándose por tantos años bebiendo – me dijo –. Si quieres habló con alguno de los médicos.

En efecto. Una mañana, alrededor de las 09:00, me esperó el médico en uno de los portones, y, tras un cálido saludo, me llevó a la sala donde estaban los pacientes.

– Son los menos críticos – me aclaró.

Hice 7 entrevistas, 4 mujeres y 3 hombres. Muy impresionantes testimonios me ofrecieron quienes habían, prácticamente, destruido su vida por el alto consumo de alcohol.

– ¿Tienes tiempo para un recorrido por el hospital?

Gustoso acepté. Realmente una experiencia maravillosa recorrer ese centro que tantas veces había visto desde el exterior. Pacientes trabajando, cantando, recibiendo clases de educación física…

– Espera – le dije atónito al doctor deteniendo la marcha en seco –. ¿Ese que está dirigiendo los ejercicios…

– Es ese mismo que están pensando, Aldo – me respondió un tanto apenado.

– No puede ser – murmuré muy triste.

A escasos metros de mí estaba el legendario 26 del béisbol cubano, campeón olímpico, el campeón mundial, el que tantas glorias nos dio, cumpliendo una absurda sanción impuesta por quienes profesan un obsoleto discurso fomentado en la doble moral.

Me acerqué muy lentamente sin intenciones de interrumpir la actividad docente, hasta detenerme en un punto donde pudiera convencerme de que en tenía delante de mis ojos a Orlando “El duque” Hernández.

– Buenos días – expresó sonriente –. Denle los buenos días – dijo a sus alumnos –. Vino a saludarnos.

Con fingida sonrisa por la tristeza estreché su mano.

– Necesitamos que vuelvas al equipo – le dije –. Nos haces mucha falta.

– Están revisando la sanción – fue su respuesta –. Lo más probable es que vuelva.

Le deseé éxitos y le ofrecí disculpas por mi breve intromisión.

– Acá estoy para lo que necesites – finalizó.

Nunca me presenté. Jamás supo con quien conversó. No le dije mí nombre ni tampoco qué hacía yo en el Hospital Psiquiátrico de Ciudad de la Habana. Era innecesario que me identificara. ¿Para qué? Soy un fanático más del béisbol y como tal hube de dirigirme a él.

Lo más probable es que “El Duque” no recuerde la anécdota, pero yo si la guardo, con una mezcla de honor y privilegio, porque tuve que oportunidad de una petit plática con alguien que está inscrito en la historia del béisbol mundial.

Rozando el mediodía llegué a mi casa y antes de que mi padre, admirador sin límites y fiel seguidor de la trayectoria deportiva de Orlando Hernández, me preguntara por mi gestión laboral, le dije:

– Pipo, si tú supieras donde acabo de ver al “Duque” te mueres de tristeza

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