“Mariela, ¿de qué me sirvió ir a las escuelas al campo?

Escuelas al campo“Nosotros íbamos a la escuela al campo. ¿Ir a la escuela al campo eran campos de concentración? Mira que aprendimos mucho y nos divertimos mucho y lo cuestionábamos todo. Si la pasábamos de lo más bien…”, aseguró Mariela Castro Espín en una entrevista para el programa radial que conduce, desde la ciudad estadounidense de Miami, el periodista Edmundo García.

La afirmación de la hija de Raúl Castro ha disparado un sinnúmero de críticas en las redes sociales. Opiniones que leo, que escucho, y que, obviamente, me obligan a hacer una reflexión.

Estuve en 3 escuelas al campo, en mis años de estudiante de secundaria básica en la escuela José Antonio Echeverría de mi inolvidable Ciudad Libertad: Campamento San Tranquilino, San Antonio de los Baños (séptimo grado – 1981), Campamento La Hoyada, Rincón (octavo grado – 1982) y Campamento Waterloo, Artemisa (noveno grado – 1983).

Sinceramente, ni aún con el paso de los años, encontré lógico enviar, por períodos de 45 días, a cientos de niños, en el umbral de la adolescencia, a realizar labores agrícolas de las que no teníamos ni la más mínima idea.

¿Nos divertimos? En efecto; mucho me divertí. ¿Recibimos el buen cuidado de los maestros? También es cierto; es algo que nunca voy a negar, pero… Mi interrogante va más allá de la afirmación de Mariela Castro: ¿de qué me sirvió perder el tiempo yendo a cumplir con la obligación de las etapas en el campo?

Absolutamente de nada; o sí, rectifico, me sirvió para convencerme de que Aldo Luberta Martínez no experimenta nada de empatía hacia la campiña, con sus verdores, con su flora, con su fauna…

Les cuento breve…

El 27 de septiembre de 1981, día domingo, junto a mis compañeros de aula partí a cumplir los primeros 45 días de las escuelas al campo que me correspondían. Con 12 años cumplidos en junio, en mismo día que mi padre arribó a sus 5 décadas de vida fui a cumplir “con el deber de todo joven revolucionario que debía forjarse como el hombre nuevo que Cuba necesitaba”.

Nos habían adelantado que el trabajo que haríamos era recoger café. ¡En mi vida había entrado en un cafetal y en la primera experiencia ya tenía hasta obligaciones! La norma diaria era una lata y media, pero yo, lo reconozco, apenas rellenaba el fondo del recipiente que a diario nos entregaban.

Los que me conocen saben que soy una persona de trabajo, pero no más allá de lo que estoy acostumbrado a hacer, por lo que de niño no era muy diferente. Esa etapa al campo terminó sin reconocimiento alguno: no hubo diploma de permanencia (estuve 10 días en casa padeciendo de una fuerte conjuntivitis hemorrágica), y, mucho menos, hubo diploma por cumplir la norma laboral. Al llegar a casa, apenado, se lo comenté a mis padres. Pensé que iba a recibir un fuerte responso, pero no. Afortunadamente me miraron compasivos y me dijeron: “Es tu primera vez, ya verás que el año que viene llegas cargado de honores”.

Lastimosamente para ellos no sucedió. Ni en octavo ni en noveno grados recibí los honores que la mayoría de mis compañeritos eran merecedores. ¿La razón? No me gusta trabajar en el campo, y muchos menos obligado.

Nada, soy vago para las labores agrícolas… ¡Qué le vamos a hacer!

De mis compañeros de aula, de mis hermanos, como suelo llamarles, tengo los mejores recuerdos, y, por consiguiente, las mejores relaciones que van más allá de haber estado 45 días en las escuelas al campo. De los lapsos campestres rememoro, por ejemplo, el juego de béisbol contra los “guajiros” de San Antonio de los Baños, en 1981, cuando un equipo de profesores y 5 estudiantes que fuimos elegidos para reforzar le caímos a batazos a los lugareños; por ejemplo, recuerdo con cariño que, en 1982, el campamento estaba cerca de Bejucal, tierra natal de mi abuela materna, y los domingos me buscaban e íbamos a casa de mi tía Lola a pasar el día…

Memorias como esas me quedaron de las escuelas al campo; por supuesto, y repito, la hermandad con mis compañeros, el cuidado celoso de los profesores, pero nada de los esfuerzos trabajando en el campo.

Mariela, hablo en mi nombre, en nombre de Aldo Luberta Martínez. No generalizo; supongo que muchos aplaudan tu afirmación y otras tantos estén de acuerdo conmigo. No cuestiono su fuiste a la escuela al campo o no, o si tuviste que hacer los sacrificios del niño de a pie. No lo haré porque no viene al caso, aunque debes suponer lo que pienso en mi yo interno.

Mi interrogante, que te la reitero, va más allá de lo dicho por ti: ¿De qué me sirvió ir a las escuelas al campo? De nada, señora, a pesar de lo que pueden haber afirmado, por décadas, tu tío y tu papá, fuimos al campo a perder el tiempo.

Un comentario en ““Mariela, ¿de qué me sirvió ir a las escuelas al campo?

  1. En lo que respecta al trabajo, plenamente de acuerdo. Yo era reacio completamente al trabajo agrícola. Yo fui de la última generación que tuvo que pasar los tres años de Escuela al Campo (2000-2002). Recuerdo con nostalgia mi primera novia, que la tuve allí, en séptimo grado. Recuerdo que en esos meses comí lo que no comía nunca jajajaja. Pero objetivamente hablando, fue una pérdida de tiempo y más allá de eso, una pérdida de recursos total, más aún en los años más duros de la crisis de los 90. Mis saludos y mis respetos.

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