“En esta casa cuando suena el himno nacional hay que ponerse de pie y cantar”

abuelosRecuerdo con cariño y privilegio a mis tíos políticos: Miguel Moya, John Shiley, Gonzalo Novo y Francisco Castro; cónyuges, respectivamente, de Hortensia Sylvia, Lina Elena y Gladys Victoria, todas de apellidos Luberta Noy.

A Miguelito no le conozco personalmente, pero el solo hecho de haber proporcionado 4 retoños a la familia (sus hijos Patricia, Mike, Alex y Greg) es suficiente para agradecerle.

Una circunstancia parecida me une a John, también esposo de mi tía Tita. La vida no me dio la oportunidad de vernos, no obstante, el solo hecho de, a pesar de su deceso, mantenerse vivo en la memoria de todos, por el buen carácter y la benevolencia que le caracterizaba, me obliga a experimentar hacia su persona un especial sentimiento.

Con Gonzalo es otra la situación porque sí lo conocí y disfruté de su afición deportiva, boxística específicamente, en el pequeño departamento que junto a su núcleo compartía en la calle Prado. Lo recuerdo con su voz ronca agitando frente al televisor por su pugilista predilecto, mientras junto a Leo y Juanca disfrutábamos de unas exquisitas hamburguesas que, según Juan Carlos, preparaba él mismo. Lloré su inesperada muerte, en1976 (Ayúdenme si yerro), tenía yo 7 años, junto a “Tato”, “Caquito”, tía “Nena” y al resto de la familia.

A Francisco Castro sí lo pude disfrutar, por así decirlo. Nos profesamos un gran cariño. De su matrimonio con Gladys Victoria, tía “Yayi”, no nacieron hijos, por lo que, por así decirlo, me adoptaron como tal. Gran médico, especialista en ortopedia, “Paco”, incluso me recomendó continuar sus pasos. “Agarra medicina que yo te ayudo”. “No tío, queeee va. Lo tuyo nada tiene que ver conmigo”.

“Ponte bien”, le pedí cuando aquella infausta tarde de 1992 lo trasladamos sin conocimiento, víctima de un coma hepático, hacia el Hospital Naval. Falleció días después, y lo afirmo con toda justeza, dejando un gran desconsuelo en sus allegados.

De “Paco” tengo innumerables de anécdotas. ¿Cien? ¿Miles? No sé. No tengo la cifra. Unas las viví junto a él  y otras me divertí escuchándolo. Era una persona en extremo inteligente con un agudo sentido del humor, que era capaz de reír, a carcajadas, aún en las situaciones más extremas.

Esta anécdota, increíble, la escuché en su voz en infinidades de ocasiones.

Cuenta que cuando comenzó a “noviar” con mi tía Gladys, una noche llegó a visitarla. Apenas conocía a mis abuelos, Celia y Armando, y se trataban poniendo distancia. Según recuerdo, mi abuelo le abrió la puerta, le extendió la mano y, contestemente, le invitó a entrar. Saludó a mi abuela, y tras la advertencia de “Gladys se está terminando de bañar”, tomó asiento.

– Estaba por comenzar un juego de béisbol entre Cuba y Estados Unidos, y cuando se comienza a escuchar el himno nacional cubano veo que ‘los viejos’ se ponen de pie y comienzan a cantar. Yo me quedé sentado, muy sorprendido porque nunca había visto una cosa así, pero me quedé en una pieza cuando Armando, en posición de firme, me dijo ‘compañero, en esta casa cuando se escucha el himno hay que ponerse de pie y cantar.

– ¿Y tú qué hiciste, “Paco”?

– ¿Yo? – acotaba divertido –. Me puse de pie y canté también –. Y seguidamente advertía –. Pero la cosa no para ahí. Gladys, bañada y vestida, salió del cuarto y cuando nos vio a los 3 en firme y cantando, dio media vuelta, entró al cuarto y salió nuevamente cuando terminó de reírse.

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