“Aunque no lo crean… ¡Cursé 2 veces el preescolar!”

leonor perezQuizás piensen que es producto de mi imaginación. Quizás, y con razón, estén cavilando expresiones tales como “qué niño más bruto”, “quién lo iba a decir”, “ya sabía yo que esa cabeza que tiene es por gusto”… No importa. Lo más libre que tiene el ser humano es el pensamiento, y dentro de la mente de cada uno no puede existir censura. Tienen mi venia de comentar lo que se les antoje, pero lo cierto es que, en septiembre de 1973 comencé a cursar el preescolar… ¡Por primera vez!

La escuela está, porque aún existe, a escasas cuadras de mi residencia en el barrio marianense de Santa Felicia. Se llama “Leonor Pérez Cabrera”, y está tan perdida en la geografía habanera que ni en Internet existen fotos de ella, por eso ilustro este comentario con la imagen de la progenitora de José Julián Martí Pérez, el cubano más universal que reconoce la historia.

Recién cumplidos los 4 años, era más insoportable que ahora con 51, mi núcleo familiar decidió aliviar el trabajo doméstico de Esperanza Hilaria González Echazábal, mi abuela materna. Mis padres en el trabajo, mi abuelo en el suyo, “Esperanceja la vieja”, como le decíamos mi hermano y yo, tenía que lidiar con el ímpetu de Aldito, un servidor, y la invalidez de Isabel Echazábal Llánez, “Titica”, que en ese momento tenía 98 años, autora de los días de Esperanza, abuela de Caridad, y bisabuela mía.

Insisto, había que aliviar a mi abuela del trabajo doméstico por eso, alguien, supongo que haya sido mi madre, hizo las gestiones, aceptaron, e inicié el curso en calidad de oyente.

Recuerdo, como si la hubiera dejado de ver ayer, a mi maestra: Isabel Pérez; como también a muchos de mis compañeritos de aula, que, dicho sea de paso, eran también mis vecinos. “Chacho” y Alain, mis hermanos del barrio, estaban en 1er grado; Sandra “La guajira”, mi hermana, vivía al lado de mi casa; estaba Aurelio, estaba Luis Ángel, estaba Juan Pablo, “El Muñuño”, al que lamentablemente asesinaron, en 1988, en una cárcel habanera…

Me sentía bien en la “Leonor Pérez Cabrera”. Era como trasladar el barrio a un pequeño lugar. Reconozco que no me era muy antipática la maestra. Isabel Pérez, Isabelita, era demasiado estricta para mi gusto, y como no estaba acostumbrado a un reglamento escolar siempre decía que “la maestra no servía para dar clases”.

Obviamente, mi familia hacía caso omiso a mis comentarios. Mis viejos, mis abuelos, sabían que el conflictivo era yo, y que Isabelita solo hacía cumplir con lo que estaba establecido.

Yo insistía en no ir por la animadversión que experimentaba contra ella. Solo hacía llegar, asistía a la escuela en horario vespertino, y buscaba una excusa para regresar lo más rápido posible a mi casa al abrigo de mi abuela. No olvido un día que minutos después de arribo le hice una seña a la maestra, dándole a entender que se había hecho imposible controlar los esfínteres y mis heces fecales habían sido expelidas de forma tal que embadurnaron mis calzoncillos y el pantalón escolar.

¡Todo era mentira, pero Isabelita, sin comprobar, me creyó, e hizo que una de las conserjes me acompañara a mi casa!

¡Iba feliz disfrutando mi triunfo! ¡Había engañado a la maestra!

Llegamos a casa. La buena señora le explicó a Esperanza lo sucedido. Abuela le agradeció y… Mi victoria rápidamente se convirtió en derrota porque cuando “Esperanceja la vieja” constató que todo había sido un ardid mío para evadir la jornada escolar, le pidió a “Yoya”, otras de nuestras inolvidables vecinas y abuela postiza de cada niño del barrio, que vigilara a “Tititca”, y, literalmente, me agarró por una oreja y me devolvió a la escuela con la advertencia de que iba a aprender a no decir mentiras.

Lo anterior es apenas una breve reseña. Algo que debía haber escrito hace mucho tiempo como homenaje a Isabel Pérez, Isabelita, a mis compañeros de estudio y a la “Leonor Pérez Cabrera”, escuela perdida en Marianao, el primer centro educativo que me acogió en calidad de estudiante.

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