“Flatulencia histórica en la familia Luberta”

prado264Era una tradición ir a casa de mis abuelos paternos los domingos en horario vespertino. En la mayoría de las ocasiones nos reuníamos los nietos más chicos de Celia y Armando y, lo reconozco, la residencia se convertía. “Tato” quien era el líder del grupo por ser el mayor, “Caquito”, “Ody”, el inolvidable Humbertico, Cuco, yo… Aquello parecía un círculo infantil del que había que tener mucha paciencia y tolerancia para soportar.

Al concluir la visita nos apretábamos en el vehículo de mi viejo y le dábamos un empujón, por así decirlo, a mi tía Nena y a mis primos, Leonardito y Juan Carlos, (identificados en el texto como “Tato” y “Caquito”, respectivamente) hasta su hogar, sito en el mítico Paseo del Preado habanero con sus característicos leones de bronce. Pero no todo quedaba ahí, ya de paso, íbamos todos a degustar las ¡exquisitas! pizzas que ofertaban en el restaurante-bar Prado 264.

Esto sucedió entre 1977 y 1979, porque “Cuco”, mi hermano Alberto Luberta Martínez tendría entre 3 y 5 años. Si Leo era el mayor del piquete de nietos que nos reuníamos para visitar al matrimonio Luberta Noy, “Cuquito” pertenecía al otro extremo; o sea, era el más chiquito. Chiquito en edad y de tamaño, algo que le jugó una mala pasada.

Aquella noche, no tan entrada la noche, llegamos y aún no había abierto el centro comercial. En el exterior había unas pocas personas aguardando la apertura, por lo que decidimos esperar dentro del vehículo. Mi madre, previsora al fin, se bajó, marcó en la fila y regresó al auto. Cuando el mozo encargado de la entrada abrió las puertas del establecimiento, nos bajamos todos y nos unimos el pequeño conglomerado humano que, como nosotros, exigía saciar el hambre.

Y fue cuando sucedió. Entre el minúsculo tumulto se escuchó el grito de “Cuco” que a toda voz exclamó… “¿De quién fue el pe’o, caballeros?”. De más está decir que en ese momento mi hermano, desde su escasa figura, se convirtió en el centro de atención del lugar. Mi padre, en extremo penoso, esbozó una tímida sonrisa al tiempo que le subían y le bajaban los colores. Mi tía Nena lo miró asombrada, mis primos y yo echamos a reír, y a mi madre no le quedó más remedio que regañar al niño. “Albertico, qué tú estás diciendo”. Y ahí vino la segunda parte de la historia porque “Cuco”, decidido a delatar al supuesto autor de tan olorosa flatulencia, respondió: “Yo creo que fue el señor ese que me está mirando mal”.

Bueno, ahí el protagonismo cambió. Las vistas se dirigieron a la figura masculina que mi hermano había acusaba como pedorro, y el pobre hombre, sin saber qué hacer, y quizás para congraciarse con el pequeño o para desviar la atención, sonrió con nerviosismo y, si mi memoria no me tradicional, dijo: ¡Qué niño tan gracioso!”.

Han transcurrido más de 40 años del suceso y me atrevo a asegurar que es una de las flatulencias que más ha repercutido en la familia Luberta.

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