“¿Por qué el 1 de agosto me es inolvidable?”

YcuaSi hay un día específico que nunca voy a olvidar es el domingo 1 de agosto de 2004. Muchos piensan que ya me había establecido en territorio paraguayo, pero no. Aún vivía en Cuba, y, para más detalles, no tenía pensado, ni remotamente, viajar hasta estos lares geográficos.

Mi esposa y yo aterrizamos, por así decirlo, en el aeropuerto internacional “Sivio Pettirossi” el 6 de marzo de 2006.

Sucede que el 1 de agosto, desde el año 2000, se había convertido en una fecha de extrema felicidad para nuestra familia. Ese día, a las 05:00pm, llegó al mundo Aldo Daniel Luberta Ruiz, bautizado así en mi honor, gesto que infinitamente agradezco al matrimonio de Dunia y Albertico, “La Cuca” y “El Cuco”, mi cuñada y mi hermano.

El 1 de agosto de 2004, no olvido, que me encontraba almorzando junto a mi viejo. Dábamos los toques finales a los preparativos para asistir a la fiesta que por el cuarto cumpleaños de Aldito habían preparado.

Entre la plática y las imágenes del noticiero del mediodía transcurría nuestra degustación alimenticia cuando se interrumpe el servicio informativo con la placa de ÚLTIMA HORA. Mire a papá, papá me miró a mí; fruncimos el ceño extrañados y aguardamos para ponernos al tanto sobre qué estaba sucediendo.

Segundos después la noticia de la tragedia. En Asunción, Paraguay, se estaba incendiando el supermercado Ycuá Bolaños, sucursal Jardín Botánico, y aunque, en inicio, las informaciones, como suele suceder en situaciones extremas, eran confusas e inexactas en cuanto al número de víctimas, el pronóstico era nada halagüeño.

Tal y como se había vaticinado la tragedia dejó más de 400 fallecidos, y muchos sobrevivientes con secuelas tanto físicas como psicológicos, y, sobre todo, un manto de injusticia que 16 años después aún está latente.

Cada 1 de agosto dedico un pensamiento a mi Aldo Daniel querido, ese muchacho que este año llegó a 2 décadas de vidas y es orgullo de nuestra prole; pero cada 1 de agosto también, abrazo a las exigencias truncas que dejó el siniestro. Y cuando me refiero a las vidas truncas no solo señalo a los decesos, sino también a esas personas cuya existencia se aferró a la tablita de la resignación tras el incendio. Cada 1 de agosto exijo justicia y, repito, junto a miles de voces: ¡Ycuá Bolaños nunca más!

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