“¿Profe, puedo fotocopiar su libro?”

apoyo escritoresLa pregunta me sorprendió. Surgió de una alumna que escuchó, de una compañera de clase buenas referencias sobre mi libro “La vida es un monólogo”, compendio de relatos, 19 en total, basados en entrevistas que hice en Cuba, entre 1997 y 2005, y que no pude dar a conocer allá por razones que todas y todos conocen.

Sonreí, sin molestia alguna, y le sostuve la mirada. “¿Puedo, profe?”, insistió, “es que quiero leerlo y no tengo dinero para comprar”. Quedé en silencio por escasos segundos. “¿Qué le respondo?”, pensé.

Evité una charla aleccionadora sobre la propiedad intelectual tan afectada por la piratería. Obvié, por ende, explicarle que esa acción iba a afectar mi economía porque derivaba en varios libros que iba a dejar de vender, aunque, y es algo que muchos saben, mi economía no depende del comercio de mis títulos. Nada de catecismo ni adoctrinamiento ético.

Eran totalmente innecesarios, además, mi interlocutora es una excelente alumna.

“Mira, vamos a imaginarnos una situación”, le comencé diciendo; “¿te gusta tomar fotografías?”, pregunté. Tras una respuesta afirmativa proseguí. “¿Pensaste en ser fotógrafa profesional?”. Movió la cabeza negando. “¿Conoces a alguien que se dedique a eso?”.

Entonces me puso al tanto del novio de una amiga que es fotógrafo y, “por cierto, profe, lo asaltaron a la salida de un evento y le robaron todo su equipo de trabajo”. Muy sinceramente lamenté la suerte del muchacho. “¿Qué está haciendo?”. “Nada. Está desesperado”. “Bueno, no quería un ejemplo tan extremo, pero ya que vino al caso te explico. Al novio de tu amiga le robaron sus medios de trabajo y no tiene entrada económica. Seguro que comienza a querer comercializar sus fotografías para recuperarse de apoco y poder adquirir nuevo equipamiento. ¿Qué pasa si en lugar de venderlas las regala? Es más estoy convencido que hoy él quiere obsequiarte una, tú, que tienes buen corazón, algo le pagas para contribuir a su recuperación”.

Ella quedó en silencio. “Toma” y le extendí un ejemplar. “No, profe, no”. “Yo no te lo estoy regalando, ni tampoco te lo voy a prestar. Llévalo y cuando puedas me lo pagas. Son 50.000 guaraníes (poco menos de 10 dólares)”. Ella me agradeció. Tomó el libro. Dio media vuelta y se marchó.

La plática sucedió en el mes de septiembre de 2019, en diciembre, al concluir un examen final, voy bajando las escaleras rumbo al estacionamiento de la universidad y escucho “profe, Aldo”. Era mi alumna que se acercaba con paso ágil.

“Su dinero” y extendió el billete. Acto seguido sacó el libro y me pidió una dedicatoria. Mientras escribía unas líneas con mi desagradable caligrafía me dijo: “Gracias por el pasaje imaginario que me regaló a Cuba”.

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