“Ofrecí disculpas a Gladys Pérez… ¡31 años después!”

DisculpasEl 2 de diciembre de 1988, de manera abrupta, culminó lo que yo llamo mi fugaz e intrascendente carrera militar. El Consejo Superior de la Escuela Interarmas de las FAR “Antonio Maceo” decidió, felizmente, dio por terminada mi vida de cadete, y, por ende, la aspiración que alguna vez tuve de vestir el uniforme de oficial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

Con la determinación de la alta oficialidad del CEM, también, terminó mi rebeldía intelectual, vocablos que empleo para definir la manera que asumí para sobrevivir en ese Centro de Enseñanza Militar, y que, como es sabido, me salvó de unos cuantos fines de semanas sin pase y, como suponen, me ofreció, contradictoriamente, otros fines de semana sin pase.

El año lectivo en Cuba comienza en septiembre lo que implicaba que tenía que estar 9 meses vegetando en casa hasta retomar mis estudios universitarios. “Como vas a matricular ingeniería en Telecomunicaciones te vas a incorporar de aprendiz en el departamento técnico de Radio Progreso”, me dijo mi viejo. “Y hablamos con el ingeniero Trilla, y Eduardo León te va a asesorar en todo”, acotó mi madre.

Como aprendiz no percibía un centavo, pero aquella decisión de Caruca y Berti, apoyada por mi hermano Jorge Trilla, me abrió las puertas al mundo que, posteriormente, me vio emerger como profesional. Si bien no soy ingeniero, ni remotamente, la oportunidad me sirvió para estrechar lazos de amistad entrañables con Lázaro Herrera, Lázaro Valdés, Felipe Ferrer, Fuentes, Planas, Mayito, Eileen, el inolvidable Medina, Echevarría, Juanito Núñez, Illas, además de Eduardo y Trilla, que terminó, años después, fungiendo como el tutor de mi tesis en el Instituto Superior de Arte.

Radio Progreso no me era ajena. La emisora que me vio nacer, la emisora que me vio jugar en sus pasillos junto a los hijos de otros trabajadores, me acogía, nada más y nada menos, que como aprendiz de técnico. Eduardo, mi hermano Eduardo, me esperaba a las 07:00am en los estudios de corte y edición. Mientras él, profesional sagaz y con experiencia, se encargaba de dar mantenimiento al equipamiento tecnológico, yo, que no sabía ni amarrar la perra, limpiaba las máquinas con un trapito y botaba el agua que se acumulaba en los extractores de humedad.

Esa actividad se hacía relativamente rápido, y durante la mañana  yo cumplía lo que León de ordenaba, porque por la tarde me sumaba al autorradio, dirigido por Rubén Cunningham y René Horta, encargados de los enlaces en vivo para la discoteca popular, espacio musical que se transmite, creo que aún existe, en el lapso comprendido entre las 03:00pm y las 06:00pm.

“Debías también de dar una vuelta por los distintos departamentos, Aldito, así vas conociendo otras cosas de la emisora”, me aconsejó Eduardo. Acepté la recomendación, y sin dejar de cumplir mis funciones, comencé a revolotear por cada piso del edificio.

Una mañana, no recuerdo los motivos, estaba yo en la fonoteca y llama “Pepito” Ciérvide solicitando una música determinada. Creo que “La China” Ester o Margarita Martínez localizaron la cinta y me pidieron de favor que se la llevara a quien, por mucho tiempo, fue considerado como el mejor editor de Cuba, alguien que, como a mí, la radio le corre por las venas.

Agarré la encomienda. Subí hasta el segundo piso, la fonoteca se encuentra en la planta baja, y al entrar tropecé con la puerta del estudio de edición. Fue un golpe fuerte, fortísimo, tan duro me di que dejé escapar la grosería más extrema que se conoce en Cuba a tal punto que nadie, o casi nadie se atreve, a exclamarla en público. Y si lo hace puede ganarse un considerable responso. Esa que tan prosaicamente hace alusión al miembro viril masculino. Esa que en Filipinas es una vara empleada para cargar, en sus extremos baldes de agua, pero que en Cuba es una radical ofensa. (Creo que el actor español Juan Echanove ha sido el único que la ha exclamado en la televisión, en los medios de comunicación, de la isla desde que Cristóbal Colón llegó a esas tierras el 27 de octubre de 1492).

“Muchacho, que hay una dama delante”, me dijo en todo suave, pero requiriéndome “Pepito”, uno de mis paradigmas profesionales. Él estaba acompañado por la periodista Gladys Pérez, excelente realizadora y una de las referentes del periodismo radial en Cuba. Gladys me miraba muy seria, y, por designios del infortunio, se me ocurrió intentar enmendar la situación agregando una frase que, evidentemente, puso en tela de juicio la educación que recibí en, hasta entonces, 19 años de vida: “Gladys, disculpe, hágase la idea de que es plástica”.

Ellos intercambiaron miradas. Reconozco que, como imberbe, novato, bisoño, o imbécil, no di importancia a la situación. Dije adiós y salí del cuarto de edición. Hora y media después, aproximadamente, “Pepito” me fue a buscar al departamento técnico. Nos retiramos hacia un lugar donde no se escuchara la conversación y me dio una lección que nunca he olvidado. “Busca a Gladys y ofrece tus disculpas. No pasó nada. Yo sé que no lo hiciste por malo, Aldito, pero coño, mijito, eso no estuvo bien”.

La ocasión de conversar con la respetada Gladys Pérez nunca la tuve. Sí nos vimos por los pasillos de la emisora y nos saludamos siempre, pero la oportunidad de sentarme con ella nunca existió… ¡Hasta hace 2 días!

Vía FACEBOOK me escribió, somos contacto hace mucho tiempo, solicitando contactar con mi vieja. Intercambiamos mensajes de audio, muy cordiales, respetuosos, y aproveché, ¡31 años después!, para ofrecerle mis excusas.

“Muchachón, no pasó nada”, me dijo Gladys. “No recuerdo. Yo borré aquello. No te preocupes. Son cosas que pasan cuando uno es joven”.

Ella, y le creo, olvidó la engorrosa situación pero yo no, y el haberle expuesto mis pretextos me hace andar un poco más liviano por la vida.

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