“La pregunta”

Batalla-de-Piribebuy-2“A los mártires de la masacre del Hospital de Sangre de Piribebuy el 12 de agosto de 1969”

Capítulo I – Piribebuy, año 1927, 21 de setiembre

– ¿Sabe si mi mamá va a regresar?

Es la pregunta que ha repetido durante décadas.

– No, mi hijo – responde Ña Juana con los ojos anegados en lágrimas por la emoción –. Quizás vuelva pronto – acota sumida en una extrema tristeza.

Ambrosio hace un gesto de contrariedad.

– Gracias – acota susurrando triste –. Dígale que venga. Hace tiempo la busco porque la quiero y extraño mucho.

– ¿Quieres comer algo? – agrega la mujer fingiendo una sonrisa –. Sobró bastante mandioca del almuerzo. Te puedo echar un poco en una bolsa.

No contesta.

– Come algo, mi hijo.

Escucha el ruego, pero hace caso omiso a la demanda. Da media y reanuda su lento y vago andar. Camina sin rumbo hurgando en los más recónditos sitios piribebuyenses.

– Mamaaaaaaaaaá – y el grito se pierde entre trinos de aves y ladridos de perros –. Regresa, mamaaaaaaaaaá – y repite, vanamente, la súplica.

De canija complexión, mediada estatura, pelo larguísimo y grasiento, barbas enormes y sucias, manos delgadas, pies deformes por el descalzo andar, ojos tristes de perdida y benévola mirada, labios secos, boca desdentada, sonrisa campechana y forzada, y ropas en extremo malolientes, ofrecen a Ambrosio, que roza las siete décadas de vida, una simbiótica imagen que destella, contradictoriamente, rechazo y compasión.

– Pobre, señor – se suele escuchar tras su paso.

– ¿Quién es? – preguntan unos pocos.

– Es Ambrosio – responden otros –. Es muy querido acá. Es nacido y criado en la zona. ¿Sabes donde Lizardo tiene la carpintería? En ese terreno estaba su casa. Se la robaron cuando perdió la mente. El padre de Lizardo le hizo firmar un papel y él, que no sabe ni leer ni escribir, lo hizo. El padre de Lizardo le tomó la mano y le hizo hacer un garabato. Poco después le derrumbaron su chocita. Resulta que el papel decía que Ambrosio estaba de acuerdo con regalarle la casa. Habían comprado todos los terrenos que estaban alrededor para la carpintería y solo faltaba donde Ambrosio vivía, pero como era un niño sin familia lo engañaron. Unos leñadores derribaron su casa. El señor prometió darle cobija y lo hizo, pero al poco tiempo le dijo que su negocio estaba muy mal y lo lanzó al camino. Desde entonces está a su suerte. Así como lo ves.

– ¿Nadie salió en su defensa?

– Sí, todos lo defendimos, pero el papel tenía un sello de algo del gobierno. Nada se pudo hacer.

– ¿Es como el loco que hay en todos los pueblos?

– Desde los 8 años busca a su mamá.

– ¿Lo abandonó?

– No, doña Dominga era enfermera y murió cuando los brasileños quemaron el hospital en la guerra grande.

– Pero… ¡De eso hace mucho!

– Y desde hace mucho ese señor enloqueció, por eso desde hace mucho busca a su mamá. Espera verla en algún momento, encontrarse con ella.

Capítulo II – Piribebuy, año 1869, 11 de agosto

Dominga se alista para ir a cumplir con su deber de enfermera voluntaria en el Hospital de Sangre de Piribebuy. Es una labor que ejerce con devota pasión, a pesar de que no le reporta beneficios pecuniarios.

– Ambrosio – murmura tierna arrodillándose junto al pequeño hijo que duerme –. Ambrosio, despierta.

El niño se despereza luchando contra el sueño que persiste. Bosteza largo, y, trabajosamente, abre sus ojitos vivaces, que frota suave esparciendo legañas sobre las cejas.

– ¿Mamá?

– Me tengo que ir.

– ¿Te vas de nuevo?

– Sí. Me voy.

Ambrosio se incorpora en el roído camastro.

– ¿Cuándo regresas?

– Lo más pronto que pueda.

– No te vayas, mamá.

– Tengo que ir. Hay mucho por hacer en el hospital. Hay mucha gente que necesita ayuda. La guerra es dura, Ambrosio, y los heridos me necesitan. Tengo que ir.

– ¿Cuándo no te vas a ir más?

– Cuando se acabe la guerra

– ¿Y cuándo se acaba la guerra?

– No sé – responde Dominga en su incertidumbre –. Cuando los brasileños quieran.

– ¿Cuándo vuelves?

– Quizás mañana, o pasado mañana. No te sé decir, mi hijo.

El niño abraza a la madre. A sus escasos ocho años sabe que es el único tesoro que posee en la vida. Sin hermanos, no conoció ni a sus abuelos ni a su padre, se adueña de él una intensa congoja cada vez que tiene que despedir a su mamá. Teme que un día no regrese y… “¿Qué va a ser de mí?”, cuestiona.

Dominga, suavemente, rompe el abrazo de su hijo.

– Me tengo que ir, Ambrosio – y deposita un beso en la frente de su retoño –. Te dejo comida para dos días, en caso de que se te termine, Ña Sinforiana sabe qué hacer. ¿Me entendiste?

– Sí, mamá.

– Ella, como siempre, va a estar pendiente de ti, por eso te ruego, mi niño, que le hagas caso. Y si necesita algo y le puedes ayudar, ya sabes. Dale una mano que ella es muy buena.

Ambrosio asiente con la cabeza y Dominga lo vuelve a abrazar.

– No te vayas, mamá – repite la súplica.

– A ver, acuéstate de nuevo para que duermas otro rato – acota evasiva la joven madre –. Falta poco para que amanezca, por eso puedes continuar descansando.

El pequeño obedece. Se acomoda en la improvisada cama.

– Hace frío, mi niño – afirma Dominga arropándolo –. Tienes que cuidarte, porque si te me enfermas no sé qué voy a hacer.

Termina de cubrir al vástago con improvisadas mantas.

– Que Dios te bendiga, hijito – concluye volviendo a besar las mejillas del pequeño.

Se incorpora. Tras breves pasos se detiene. Devuelve la mirada a Ambrosio que finge dormir y sale al exterior.

Dominga camina convencida de sus acciones, orgullosa de servir a su querido Paraguay, pero se siente afligida por haber dejado solito, una vez más, a su único y valiente heredero.

– Protégelo, Dios mío.

Enjuga las lágrimas y agiliza el paso. No es mucha la distancia a recorrer. El Hospital de Sangre de Piribebuy están a poco menos de dos kilómetros de su residencia, pero la oscuridad imperante en el lugar le provoca cierto temor. Avanza rápido, empero, el angosto pedregal obstaculiza la marcha.

– Protégeme, Dios mío.

Amanece y la silueta del austero, pero útil, nosocomio comienza a aparecer ante sí. Paulatinamente se acerca a su lugar de funciones, y mientras eso sucede puede percibir los quejidos lastimeros de los heridos de guerra. Esos seres humanos que se debaten entre la vida y la muerte. Esas personas que, aferrándose a la existencia terrenal, bregan por no partir a la eternidad sin la indefectible despedida de sus allegados.

– Protégelos, Dios mío – suplica Dominga.

Capítulo III – Piribebuy, año 1927, 21 de setiembre

Es el 21 de setiembre de 1927. La primavera aflora en tierras guaraníes, pero la psiquis de Ambrosio no entiende de estaciones, ni permite dirimir años o fechas. Para el cuasi septuagenario lo más importante es hallar a Dominga, o que alguien pueda ofrecer alguna seña, o vestigio de su paradero.

– ¿Sabe si mi mamá va a regresar?

Repite la pregunta, incesantemente. En ocasiones con lugareños que encuentra a su paso, en otras con interlocutores que crea su mente díscola. Cincuenta y ocho años antes tenía la compañía de la autora de sus días; casi seis décadas después la tristeza, la soledad, el abandono, han hecho mella en su personalidad. Tanto que solo los pobladores conocen su verdadero nombre: Ambrosio, sin otros agregados; Ambrosio, sin apellidos; Ambrosio, sin sobrenombre o alias que le identifique; Ambrosio para los ajenos, para los extraños, para esa gente que le protege con lo que puede; porque, lastimosamente Ambrosio ni su apelativo recuerda. Cuando alguien le llama reacciona, pero solo lo hace porque encuentra una supuesta fuente confiable que le oriente en su búsqueda.

– Responde por instinto – advierten –. Él no se reconoce. Le hemos preguntado su nombre y queda serio sin responder.

Aunque quisiera le es imposible. Su intelecto, víctima de tanto sufrimiento, torció camino y poco le importa si al nacer se le nombró Ambrosio, o José, o Gabriel. Su existencia, desde el 12 de agosto de 1869, se ha volcado a encontrar a Dominga, la autora de sus días.

– ¿Qué hice para que me abandonara?

– Ella no te abandonó, Ambrosio.

– Entonces, ¿sabe si mi mamá va a regresar?

– Puede que sí, mi niño.

Sí, porque a pesar de sus sesenta y seis años, Ambrosio es eso, un niño. Un infante mimado por toda una localidad. Un pequeño que llora, a solas, porque se desespera al no encontrar a mamá. Un rorro que por décadas ha repetido, una y otra vez, la misma pregunta.

– ¿Sabe si mi mamá va a regresar?

Está sentado debajo del mango. Donde a diario se cobija tras las agotadoras caminatas en las que intenta encontrar el paradero de su madre, perdido hace cincuenta y ocho años. Se acomoda y el frondoso árbol le otorga el fresco primaveral que necesita. Cierra los ojos. Despacio se va entregando a los brazos de Morfeo, y aletargado es presa de un sueño abisal. Dicen que dormido lo han visto sonreír. ¿Se habrá encontrado con su madre en esa otra dimensión que pocos aseguran que existe? No hay respuesta para esa interrogante. De lo que sí hay certeza es que Ambrosio duerme. Duerme.

Capítulo IV – Piribebuy, año 1869, 13 de agosto

Las ruinas del Hospital de Sangre de Piribebuy aún humean. Cadáveres pululan por doquier y el olor a carne quemada se impregna en la ropa, en el pelo, como sanguijuela hambrienta. El panorama es dantesco. El día antes, el 12 de agosto, todo en el tranquilo lugar se convirtió en llanto, desolación y muerte.

– Mi mamá – gime Ambrosio mientras es sujetado por varios hombres –. Déjenme ir a buscarla. Mamá me necesita.

El forcejeo es inútil para el niño. Rudas manos lo sujetan y le impiden llegar hasta los escombros. Lo sucedido no tiene parangón histórico. Tropas brasileñas, iracundas por la muerte del general Juan Manuel Mena Barreto, e impulsadas por el odio visceral del conde D’Eu, concretaron el acto de cobardía más terrible del que se tienen noticias: rodearon el Hospital de Sangre, le prendieron fuego y, como si no bastara, toda persona que quiso salvarse, sucumbió bajo la bayoneta enemiga. No solo perdieron la vida más se seiscientos heridos, sino también las enfermeras que allí prestaban su noble servicio.

– ¡Mamaaaaaaaaaá! – grita Ambrosio desesperado –. Regresa, mamá.

Pero el regreso de Dominga junto a su único hijo es imposible. Dicen que falleció calcinada. El cadáver, trabajosamente identificado, fue encontrado fundido en un abrazo con un niño que había sido herido en combate. Quizás protegiendo, infructuosamente, al pequeño para que no fuese alcanzado por las llamas. Quizás, en gesto maternal, se asió al débil cuerpo para experimentar, por última vez, la sensación de la cercanía de su unigénito.

– ¿Por qué, mamaaaaaaaaaá? – solloza sin consuelo.

Ambrosio, finalmente, cae vencido, sin fuerzas. Uno de los hombres traslada al niño hasta su casa. Logra colocarlo encima del camastro. El pequeño no duerme. Tiene los ojos abiertos y llorosos, y la mirada fija en un punto no determinado. Para él todo es confuso. Experimenta, con apenas ocho años, el averno sentido de la vida.

– ¿Señor? – musita apenas y formula, por vez primera, la pregunta que durante casi seis décadas repetiría una y otra vez–. ¿Sabe si mi mamá va a regresar?

Capítulo V – Piribebuy, año 1927, 21 de setiembre

Ambrosio despierta empapado por el rocío nocturno. Observa en derredor. Solo le acompaña la oscuridad de la noche. Se levanta e inicia la misma rutina desde hace décadas. Camina sin rumbo pero con un objetivo fijo. Un jinete, a galope, le sobrepasa sin darle tiempo a preguntarle.

– ¡Ehhhhhhhhhh! – vocifera.

Queda con el brazo en alto, esperando a que retorne y, así, implorar por el paradero de Dominga. Cuando los cascos del caballo son apenas un eco imperceptible vuelve a andar.

– ¿Ambrosio?

Y la voz le hace detener.

– ¿Eres tú?

Abre desmesuradamente los ojos intentando identificar la silueta de su interlocutor.

– ¿No me reconoces?

Es don Antonio. Que, a la vera de la guardarraya, y bajo la tenue luz de un candil, está detenido junto a sus vacas que pacen sosegadamente sobreprotegidas por la negrura del firmamento.

– ¿Quieres un poco de leche fresca?

Y entonces Ambrosio sonríe. Como nunca, parece regocijado. Don Antonio, entonces, abre una alforja que lleva al hombro. Extrae un recipiente y se lo extiende al desaliñado hombre. Ambrosio, con el ceño fruncido, acepta el ofrecimiento, pero, ante la mirada sorprendida del vecino, vierte todo el contenido en la tierra.

– ¿Qué haces? – pregunta Antonio patidifuso –. ¿Por qué botaste la leche? – espeta un tanto malhumorado –. ¡Te brindo algo para que te alimentes y mira lo que haces!

Cuando la última gota cae, Ambrosio entrega el envase y queda mirando al buen hombre.

– ¿Sabe si mi mamá va a regresar?

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