“Leguizamón y el vacío que supera la centuria”

leguizamon“Ohhhhh, mi amigo cubano”. Así, con esa frase acompañada de una sonrisa, siempre me recibió cada vez que lo visitaba en su peluquería. Nunca supo mi nombre; para él era más que suficiente el gentilicio que identifica el país que me vio nacer. En lo que a mí respecta fue prácticamente igual. Siempre lo llamé por su apellido: Leguizamón, porque así hacía identificar su lugar de trabajo.

Supe de su existencia por Yamili García, mi hermanita adoptiva. En cierta ocasión, de visita en casa, Lichy, mi esposa, le comentó sobre los trabajos que pasaba, que paso, para hallar un buen barbero, entiéndase peluquero, y enseguida nos hizo saber de la existencia de Don Leguizamón.

“Es el único que le corta el cabello a Julio cuando venimos a Paraguay. Su local está cerca de acá. Ve donde él, Aldito, y le dices que eres amigo de Doña Reina la suegra de Julio el puertorriqueño”.

Hice caso. Con la recomendación de “Yami”, enfatizada con la frase “cada vez que Julio sale de allí lo veo más bonito”, me fui un día; y un día bastó para que me convirtiera en su cliente.

Leguizamón era, lamentablemente era, el clásico barbero. Ese que todo el mundo conoce y, al mismo tiempo, conoce a todo el mundo. Buen carácter, excelente conversador, paraguayo hasta el karakú (entiéndase hasta el tuétano), te recibía, como ya dije, con una sonrisa, me atrevo a decir eterna, y con un radiecito en el que siempre estaba sintonizado una emisora que deja escuchar polca paraguaya.

“Esta barbería tiene más de 100 años”, comento una mañana de sábado y lo miré incrédulo. Enseguida captó mi duda y acotó: “La inauguró mi papá. De niño aprendí el oficio. Trabajé con él y cuando murió la heredé. Aquí estoy hasta que Dios quiera, amigo cubano”.

A veces me perdía. Dejaba de ir 1 o 2 meses y al verme entrar fruncía el ceño: “¿Qué pasó de vos, mi amigo cubano?”. Le ofrecía mis razones y siempre, siempre, me advertía que cada vez que pudiera pasara a verle. “Y si te quieres cortar el pelo y no tienes dinero, vení igual y resolvemos”.

No recuerdo la última vez que recibí su servicio, pero nunca voy a olvidar la última ocasión, infausta, que requerí de su presencia. Fue a finales de mayo o principios de junio. Aunque el cartel “Peluquería Leguizamón”, se mantenía, se mantiene, en el lugar me extrañó ver, a través del cristal de la puerta, que todo en el interior estaba desmantelado.

“Quizás esté haciendo algún arreglo”, pensé y crucé la popular calle asuncena Manduvirá para solucionar el pago de algunas cuentas caseras en una oficina que está justo frente a la barbería.

“Vi que estuvo asomado en la peluquería. ¿Usted busca a Leguizamón?”, preguntó parco el señor encargado de las cobranzas. Le dije que sí, que soy su cliente, y más que su cliente su amigo. “Él falleció hace como 3 meses”. Quedé atónito y lo mire perplejo. “Una neumonía muy severa. No se cuidó. Se empeñó en trabajar y no hizo caso al médico”. Abrí los ojos aún estupefacto. “Y no fue el coronavirus. Leguizamón murió antes. En enero o principios de febrero, no sé decirle”.

Murió un gran hombre, dejó de existir una buena persona. Sinceramente aún me cuesta creer. Suelo pasar frente a su local y me es imposible no dirigir la vista hacia el cartel “Peluquería Leguizamón” que, como aclaré, persiste en el lugar manteniendo vivo su recuerdo, empeñado en recordar una tradición familiar que, tras mantenerse por más de una centuria, ha dejado un gran vacío en el centro de la ciudad de Asunción.

Hasta la vista, querido amigo.

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