“No puedes seguir jugando béisbol, tienes que trabajar la tierra”

Ayer a la tarde estuve conversando, no tan largo y tendido como solemos hacer, con un referente del béisbol cubano. Alguien a quien admiro muchísimo porque supo, a golpe de sacrificio, escalar al pináculo del béisbol mundial. Siendo amateur atesoró todos los títulos que pudo alcanzar: Campeón Centroamericano, Panamericano, Mundial, Olímpico… Y en las Grandes Ligas tocó la gloria al ganar un anillo de Serie Mundial.

Me reservo el derecho de publicar su nombre. Y lo hago no por su persona directamente, sino por la anécdota en sí. No es mi intención que se identifique al muchacho a quien su progenitor truncó un futuro que se proyectaba promisorio en el deporte de las bolas y los strikes.

“Aquello fue triste. A los 14 años ese muchacho medía 1.95 metros y cada vez que yo iba de visita a mi casa me pedía que le enseñara a lanzar. Yo hablé con mi entrenador, a ese que tanto le debo, como siempre te he dicho, y me dijo que se lo llevara”.

Cuenta que cuando lo vio “se quedó loco, caballo” y lo aceptó para iniciar sus pasos en las labores monticulistas. Tal fue su ascenso que en menos de un año integró la selección de su provincia al Campeonato Nacional Juvenil, y, como si no bastara, fue seleccionado como miembro del team nacional cubano que disputó un torneo mundial de la categoría.

“Pero si maravilloso fue su desarrollo, muy triste fue su final. Cuando llegó del Mundial Juvenil su papá le dijo que no podía seguir jugando porque él lo necesitaba en casa para que le ayudara a trabajar la tierra. No entendió. Muchos fueron a hablarle pero no entendió y lastimosamente el muchacho le hizo caso y dejó su carrera como pitcher de béisbol para convertirse en campesino. Cuando voy a Cuba, obviamente, voy a mi pueblo y nos vemos. Es triste verlo llorar por lo que pudo ser y no fue por un capricho de su papá. Su viejo lo hizo de buena fe, pero le truncó el futuro”.

Escuchando al campeón admiro más a esos padres que han apoyado las decisiones de sus hijos.

A mediados de noveno grado sorprendí a mi familia con una noticia: había solicitado la planilla para matricular en la Escuela Militar Camilo Cienfuegos de Capdevila, excelente centro de enseñanza preuniversitaria con régimen interno; o sea, entrabas el domingo a la noche y salía viernes o sábado, según correspondía la semana.

“¡Quién te entiende!”, dijo mi padre. “Cuando terminaste el sexto grado te ganaste la Lenin (Escuela Vocacional) y dijiste que tú no te becas; sin embargo ahora te quieres becar y en una escuela militar nada más y nada menos”, agregó Alberto Damián mirándome, muy sorprendido, por encima de sus anteojos.

Caridad fue más escueta: “¿tú estás convencido de lo que vas a hacer?”. Hasta mi hermano, que tenía 9 años, acotó burlón: “con lo regado que tú eres te vas a pasar el año entero castigado. Vas a entrar el primer día y vas a salir cuando se acabe el curso”.

No se habló más. Ellos dejaron que decidiera y, felizmente, pude acceder a la beca en los camilitos. Si bien es cierto que ni remotamente soy militar, esos 3 años (1984-1987) los recuerdo como una de las etapas más felices de mi vida. Mis compañeros de entonces, más que amigos somos hermanos. Cariño incondicional que no perdemos la oportunidad de profesarnos.

Reitero, admiro a esos padres que les dan un voto de confianza a sus hijos. Una decisión tomada por ellos puede cercenar sueños. Los niños, los adolescentes, todos lo fuimos, merecen también ser escuchados, y más que escuchados, ser tenidos en cuenta.

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