“Ay, las cosas que se le ocurrían a mi padre…”

Era una persona ocurrente. Lo saben hasta los que no tuvieron la oportunidad de conocerlo. El solo hecho de mantener por 52 años (1965-2017) un programa humorístico diario, “Alegrías de Sobremesa”, por las frecuencias de Radio Progreso, es muestra fehaciente, o más que fehaciente, de que Alberto Damián Luberta Noy tenía una agilidad mental impresionante.

Mi hermano, en una entrevista, afirmó que el autor de nuestros día era capaz de convertir en simpática una situación que se proyectaba como lo contrario. Por ejemplo, mi abuelo, Armando Luberta Artolitía (1908-1996), en cierta ocasión se intervino quirúrgicamente, no recuerdo si de cataratas, y la anestesia le provocó una situación de demencia transitoria, por así decirlo.

Fueron días muy complicados. El padre de mi progenitor comenzó a tener visiones muy tergiversadas. De la noche a la mañana lo mismo veía una invasión de ratas o cucarachas, o que se le echaba encima un gigantesco perro, o miles de aves migratorias pasaban volando por dentro de su casa. Se alteraba mucho mi abuelo, no obstante, y por fortuna todo pasó sin secuela alguna.

Pero cuando la situación volvió a la normalidad, transcurridas, una semana o 2, en “Alegrías de Sobremesa”, al personaje de Sarría, que interpretaba magistralmente Antonio “Ñico” Hernández, le sucedió una situación parecida. Hasta el viejo Armando, escuchando las ocurrencias de su tercer hijo convertidas en un sketch radial, se divertía preguntando si en verdad le había ocurrido a él.

En 1993 había una situación extrema en Cuba. No voy a traer a colación las tristes circunstancias que vivimos, sin excepción, nosotros, los ciudadanos de a pie. Sin alimentos, sin transporte, sin ropa, sin calzado… Es duro recordar el llamado “Período Especial” que golpeó, hasta el cansancio y con alevosía, reitero, al cubano de a pie.

Y a pie venían mis padres de Radio Progreso rumbo a nuestra residencia en el Municipio Marianao, lo que implicaba que tenían que vencer unos 10 kilómetros de distancia. En mi casa, en ese momento había 2 autos a nuestra disposición. Uno de mi mamá, lada 2105, y uno de mi papá, lada 2107. Pero, y siempre hay un pero, ambos móviles estaban inmóviles ante la escasez de combustible.

Caminaban los viejos, bajo mucho sol, con mucho calor, y sin nada para tomar. Había avanzado 3 o 4 kilómetros cuando en dirección contraria a ellos pasó una caravana fúnebre.

– Pobrecito – dijo mi madre – se murió.

– ¿Pobrecito? – acotó mi viejo irónicamente – pobrecitos nosotros. Al menos él tiene transporte.

Ay, las cosas que se le ocurrían a mi padre…

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