“Coralia, la prima de Bejucal que rompió con la familia por culpa de mi padre”

Mis raíces maternas están en Bejucal y Quivicán. En la primera localidad nació Esperanza Hilaria González Echazábal, mi abuela; en la segunda, Armando Martínez, el progenitor de Marcelina Gabina Juana de la Caridad, recordando la recua de nombres que recibió mi madre tras su llegada al mundo el 19 de febrero de 1944.

Entre los hermanos de “Esperanceja la vieja”, como la bautizamos mi hermano y yo, estaba Benito, el tío Benito. Un señor de baja estatura, muy delgado, que tenía una finca y trabaja muy tenazmente la tierra. La esposa de mi tío Benito se llamaba Luisa, y la hija de ese matrimonio, unigénita para más datos, era Coralia.

A Benito lo recuerdo perfectamente, incluso a su perro Corbata, muy cariñoso, demasiado para mi gusto. Cuando llegábamos a su casa, insisto una finca enorme, Corbata nos salía a recibir y daba saltos encima de nosotros. Mi abuelo jugaba y controlaba al perro, mientras yo, un niño de 5 o 6 años, me escudaba tras el rudo cuerpo de mi viejo hasta que el canino, de raza indefinida, se tranquilizaba.

De Luisa, mi tía, a la que nunca le dije tía no sé por qué, tengo una imagen muy vaga, al igual que de mi prima Coralia, a la que tampoco le dije prima.

Me cuentan que Coralia tenía un carácter muy especial y costumbres poco tradicionales.

Les explico.

Ella vivía en Bejucal con una perra. Rosadita era el nombre del can que, al parecer, tenía tanto sobrepeso como la dueña. Llevado a escala, reitero, me cuentan, pesaba lo mismo que Coralia. O sea, Rosadita era una colosal miniatura de la única hija del matrimonio de Benito y Luisa. Y como las 2 estaban pasaditas en kilogramos, mi prima decidió que ambas debían de hacer ejercicios y escogió, Coralia, la perra no, el techo de la casa para llevar a cabo una rutina atlética diaria que consistía en trotar.

¡Trotar y trotar/ trotar y trotar!, parafraseando la antológica canción mexicana “El rey”

Nunca las vi, pero me las imagino corriendo alrededor de un espacio tan reducido. También imagino que eran tantas las vueltas que, al borde del mareo, pudieron haberse precipitado hacia la acera, algo que, por fortuna no sucedió… ¡El estruendo sería recordado casi 5 décadas después!

El problema fue que alguien de nuestro entorno consanguíneo comentó, de manera divertida, el nuevo emprendimiento de Coralia… ¡Nada más y nada menos que delante de mi viejo! Alberto Damián escuchó atentamente y 2 o 3 días después expuso la situación, ¡con nombres y lugar exactos!, en “Alegrías de Sobremesa, nada más y nada menos que en “Alegrías de Sobremesa”.

El personaje de Estelvina, interpretado con el estilo único de Aurora Basnuevo, dijo algo así como “igual que mi prima Coralia la de Bejucal que se pone a correr con su perra Rosadita en el techo de su casa con tal de bajar de peso para convertirse en una mulatísima como yo”.

Por ese bocadillo Coralia se convirtió en el hazmerreír de su pueblo; y por ese bocadillo Coralia, nunca más le dirigió la palabra ni a mi padre, algo obvio, ni a madre, ni a mis abuelos, ni a su bisabuela, “Titica”, la madre de Esperanza y abuela de Caridad, que murió el 1 de diciembre de 1974 en los umbrales de su centenario.

Así era Alberto Damián, así eran sus ocurrencias.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s