“El abrazo que nunca nos pudimos dar”

“Papindooooooooooooo” le gritaba y, casi al mismo tiempo, le daba una cariñosa bofetada. “Un día te voy a hacer correr”, me advertía sonriente. “Alégrate de que me agarras tranquilo”.

Enrique Domínguez (izq) junto a Luis Pantoja, Premios Nacionales de Radio 2014

Enrique Domínguez Sosa tenía una paciencia increíble. El ejercicio del magisterio le corría por las venas, además de su amor a la radio. Fue asesor, escritor y director de programas dramatizados; además, de profesor de muchas generaciones de realizadores, que le agradecemos su constancia para con nosotros, sin pedir nada a cambio.

¡A Néstor Camino, a Cuco (mi hermano) y a mí, nos soportó, literalmente nos soportó, hasta en las aulas de la Facultad de Medios de Comunicación Audiovisual del Instituto Superior de Arte!

Era un gran conversador, poseía una vasta cultura y siempre, siempre, terminaba las plásticas, personalmente o vía telefónica, con la frase “¿cuándo van a ir por casa?”.

El 5 de marzo de 2006, momentos previos a mi partida, le llamé. Estuvimos conversando por espacio de 15 o 20 minutos, aproximadamente. Lapso que aprovechó para aconsejarme nuevamente, y rogarme “por lo que más quieras, cuídate mucho y no demores en regresar”.

El Día de los Padres de 2009, como es usual, llamé a casa. Después de charlar con mis allegados, de felicitar a los progenitores de la familia (mi viejo, mi hermano…), escucho que Cacha grita: “Enrique, toma el teléfono que te quieren saludar”. “Aquí está Enrique, no sabe que llamaste”, me comenta en voz baja. Al escuchar su voz le grité “Papindoooooooooo”, y se echó a reír. En esa ocasión la plática fue breve, no obstante, “el profe” no perdió la oportunidad para pedirme que me cuidara, que no dejara caer mis apellidos, y repetir la pregunta: “¿cuándo vienes? Ven aunque sea de visita. Te quiero dar un abrazo”.

Esa fue la última ocasión que intercambiamos palabras.

Nos enviábamos saludos a través de terceros, intenté infructuosamente comunicarme con su casa en varias ocasiones, y así fue pasando el tiempo. Transcurrieron 1, 2, 3… ¡10 años de mi partida para volver a pisar tierras cubanas!

En mi mente hice una hoja de ruta de los lugares y personas que eran visita obligada, a pesar de que quería compartir con mi gente, sobre todo con mi viejo, que ya estaba muy malito de salud. Enrique, obviamente, estaba dentro de los seres humanos a abrazar; sabía que sus estados físico y económico para nada acompañaban a una persona que empeñó su vida en hacer el bien al prójimo.

El 16 de septiembre de 2016 aterricé, aproximadamente a las 11:30am, en mi isla querida. Me recibieron mi madre, mi sobrino Albertico Javier (Alberto Luberta III, que no me recordada porque cuando decidí residir en tierra guaraníes apenas tenía 2 años), y mi tía Carmen Montes. Fue un momento emocionante de veras, que, al mismo tiempo, emocionó a una joven pareja que presenció mi llegada. “¿Te puedo dar un abrazo?”, le pregunté al chico que me miraba sonriente. “Pero, claro”, y nos fundimos en un estrechón. “Bienvenido a tu país”, acotó.

Los minutos siguientes aguardamos el vehículo que nos vendría a buscar, que de hecho tardó muy poco en llegar junto a nosotros. Ya estaba disfrutando los primeros minutos de mi estancia en Cuba cuando mi vieja se quedó muy seria y me dijo: “Te tengo que dar una mala noticia”. Tragué en seco. “Caramba, mima, apenas llego y comienza el infortunio. ¿Qué pasó?”. “Hace un rato nos enteramos de que hoy en la mañana murió Enrique”.

Volvía a tragar en seco. ¡Cómo pudo haber sido eso! “Un infarto. Le dijo a la señora que le cuidaba, que le tapara porque tenía frío, cuando regresó ya había fallecido”.

“Estuvo 10 años preguntando y esperando por Aldo, y muere el mismo día que llega a Cuba, comentó mi hermano posteriormente. “Se dice y no se cree”.

Quedó inconcluso el abrazo con Enrique Domínguez Sosa, Premio Nacional de Radio 2014. Supo que está en la dedicatoria de mi novela policíaca “Por mano propia”, texto que nunca llegó a tener en sus manos. El 16 de septiembre pasado, tras una década de ausencia, se cumplieron 4 años de mi llegada a Cuba. Fecha que me será imposible de olvidar porque, lamentablemente, “el profe” dejó de existir. Insisto, quedó inconcluso el abrazo, como también el grito de “Papindooooooooooooooo” y la bofetada cariñosa.

Gracias, Enrique, y te confieso que a cada rato escucho tu pregunta: ¿cuándo van a ir por casa? Algún día, profe, algún día.

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