“Mi fugaz e intrascendente carrera beisbolera” (Parte I)

Crecí amando el béisbol. Mi abuelo y mi padre fueron los culpables que, a su vez, mi hermano y yo seamos fervientes fanáticos del deporte de las bolas y los strikes. En lo particular, y por varios años, me dediqué a la práctica de una disciplina que, felizmente, involucraba tanto a mis amigos, hermanos, del barrio, como a los compañeros, hermanos también, de la escuela.

1985: guiando a Ernesto Agüero, fotógrafo, e intentado que mi hermano no batee

Entre 1974 y 1984 cursé estudios de preescolar, primaria y secundaria, en Ciudad Escolar Libertad, CEL; más que un centro era un imperio de excelencia educativa que contaba con todos las herramientas para ofrecer al alumno una enseñanza integral.

Dentro del predio de la CEL había una clínica odontológica, 2 teatros (“Manuel Ascunce” y “Conrado Benítez”), el Museo de la Alfabetización, el círculo de interés de enseñanza artística “Dominica del Amo”, las piscinas de la entrada del Obelisco de Marianao, y las del gimnasio “Marcelo Salado”, en el que no solo practiqué natación, sino, además, judo, balonmano, levantamiento de pesas y béisbol obviamente.

¡Cómo no iba a ser alumno de Venancio Perdigón y Domingo Perdomo!

2016: de visita en Cuba y disfrutando de un imaginario turno al bate en el terreno de Ciudad Escolar Libertad

Ellos me aceptaron en las prácticas, alentados por mi confesión: me gusta jugar de cátcher. Era muy poco común que un niño de 10 años tuviese inclinación hacia una de las posiciones más difíciles del béisbol. Quizás sea la más difícil, pero no me gusta ser absoluto.

Además de querer ser receptor, yo tenía fuerza al bate, no así mucho tacto, y por tal motivo era capaz de hacer caminar la pelota; hacerla caminar lejos, tan lejos que podía más allá de los límites del terreno, como algunas veces ocurrió.

Nunca llegué a ser el primer cátcher del equipo. Esa condición, y por derecho, se la había ganado Vitón, excelente defensor detrás del plato y mejor bateador que este servidor, por lo que la mayoría de las veces yo quedaba en el banco viendo a mis compañeros de team intentar salir victorioso ante el contrario.

La anécdota que viene a continuación ocurrió en 1980, estaba terminando el 5to grado, en el terreno de “Jesús Menéndez, gimnasio que se encuentra en la barriada de Pogolotti, también en el municipio Marianao. Con los chicos del “Menéndez”, dirigidos por el excelso profesor Ángel “Chacho” Fuentes, teníamos una bonita rivalidad, por lo que los topes entre ambos conjuntos eran muy frecuentes y concurridos por aficionados que no solamente eran nuestros padres y abuelos.

Ese día se había programado un doble juego a 5 entradas cada uno. Los “profes” movían el banco, y, lo mejor, es que cada niño salía a la grama en algún momento.

En la parte alta de la 4ta entrada el partido estaba 2-1 a nuestro favor, y con un out Manzano conecta triple. Perdigón pide tiempo, mira al banco y hace seña de que yo iba a batear de emergente. Me levanto, selecciono un bate, me pongo un casco, y entonces Perdomo se me acerca: “Luberta, lo tuyo ahora es dar un fly a los jardines para que impulses a Manzano y ampliar la ventaja. ¿Me entendiste?”. Asentí. Me paré a batear, y, en efecto, al primer lanzamiento hice swing y levanté un batazo al jardín central que, aunque fui out, sirvió para impulsar a Manzano.

¡Había cumplido felizmente la misión encomendada! Todos estaban felices, y yo, el más feliz de todos!.

Ese primer juego lo ganamos 3-1.

Para el segundo partido vino lo bueno.

Perdíamos 3-2 en la parte alta del 5to inning, y en nuestra última oportunidad al bate, alguien, que no recuerdo, abre bateando rolling fácil al campo corto y fue out en primera base. Otro alguien, que tampoco recuerdo, conecta doble por encima de primera y llega a tercera por un mal tiro del jardinero.

Y llegó mi turno de hablar en lugar de hacer silencio.

– Profe, si me pone a mí se lo empato como en el primer juego.

Perdigón me mira, mira a Perdomo, me vuelve a mirar.

– Tiempo – gritó Perdigón – Aldo Luberta, batea de emergente.

Me sentí en el paraíso. Agarré un bate. Me puse un caso. Hice unos swignes al aire, y me coloqué el cajón de bateo mirando con cara de pocos amigos al lanzador que si no me equivoco es familia de José Mayarí, excelente jugador de béisbol que llegó a ser parte de los Industriales de la capital e integró el equipo nacional de softball que obtuvo la medalla de plata en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Ciudad de la Habana en 1982.

– ¡Play ball! – exclamó el árbitro actuante.

El pitcher se puso de acuerdo con su cátcher. Inició el wind up y… ¡Strike uno!, escuché en la voz del umpire. La primera bola cayó en zona buena y no la vi pasar. “Le doy a la que viene”, pensé. El lanzador tiró y… ¡Strike dos! Otra pelota en zona y tampoco la había visto pasar. Pedí tiempo. Miré al banco. Perdomo abrió los brazos dándome ánimo, mientras que Perdigón me observaba con lástima, augurando cual sería mi final. “¿Quién me habrá mandado a meterme en este lío”, pensé resignado.

– ¡Play ball! – indicó el árbitro para reanudar el juego.

Nuevamente me coloqué en el cajón de bateo. Nuevamente el pitcher lanzó y… ¡Strike tres… Poncha’o!

Me habían tirado 3 pelotas por el mismo centro del home y yo, pobre de mí, no vi pasar ninguna.

Consejos: 1) Mejor es quedar callado que hacer un papelazo; 2) Una cosa piensa el cazador y otra el conejo… Se los digo por experiencia propia.

Un comentario en ““Mi fugaz e intrascendente carrera beisbolera” (Parte I)

  1. Gracias Aldito por estos recuerdos que compartes en plenitud de tu demostrada cubanía. Con el aprecio de siempre. Manuel Andres Mazorra

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