“Mi fugaz e intrascendente carrera beisbolera” (Parte II)

Un mes o dos previo a la culminación del curso 1980-1981, en el que concluí exitosamente el 6to grado, correspondió a mi unidad de estudio “Nené Traviesa”, sita en Ciudad Escolar Libertad, disfrutar de 2 semanas en el campamento de pioneros “José Martí”, hoy marina Puerto Sol, en la antigua playa de Tarará.

Ir a Tarará resultaba, al menos para mí, un verdadero disfrute. Además de las clases correspondientes, las actividades colaterales al plan de estudio eran innumerables y variadas, por lo que el lapso lejos de casa auguraba pródigo en trajines no escolares.

Vista aérea actual de la playa Tarará donde estaba enclavado el campamento de pioneros “José Martí”

Mi profesor guía, Alberto Aguilar Ríos, además de excelente persona y egregio docente en materias de ciencias, era un deportista nato; específicamente, un beisbolista frustrado. Pudo haber aspirado a integrar algún equipo, al menos de la liga provincial, pero, dicho por él mismo “me tuve que poner a estudiar y dejar la pelota a un lado”.

El profe Alberto era, por antonomasia, el manager del equipo de “Nené Traviesa”, en el que estábamos varios de sus alumnos, y nos había adelantado un tope con alguna de las escuelas que también disfrutaban su estancia en Tarará.

Dicho y hecho, pero había un detalle a destacar: los alumnos contrincantes, al igual que nosotros, también cursaban el 6to grado pero en una de las llamadas Escuelas Taller. ¿Qué significaba eso? Que el 6to nuestro implicaba 11 o 12 años; y el 6to grado de ellos, 16 o 17 años, ya que, como se sabe, a ese tipo de centros de enseñanza (repito, escuelas taller) asistían alumnos que, por una causa u otra, se habían atrasado en el aprendizaje.

La rivalidad se traducía en los siguiente: niños en víspera de la adolescencia (nosotros) VS adolescentes en la víspera de la adultez (ellos).

El partido fue pactado a 7 innings y los profesores solo podían batear, a la mano contraria, en la última entrada si era necesario.

Nosotros iniciamos con la siguiente alineación:

  1. Osvaldo Rafael López Boudet (2da base)
  2. Roberto Enríquez (Jardinero Izquierdo)
  3. Vladimir (no recuerdo el apellido) (3ra base)
  4. Roberto Rigal (Jardinero Central)
  5. Aldo Luberta Martínez (Receptor)
  6. Jorge Mora (1ra base)
  7. Raimundo Zequeira (Jardinero Derecho)
  8. José Carlos (no recuerdo el apellido) (Lanzador) (No había bateador designado)
  9. “El coquito” (alumno de 5to grado del que no recuerdo ni el nombre ni el apellido) (Campo Corto) (Le decíamos cariñosamente así porque su abuela vendía coquitos)

Comenzó el juego y… ¡Más desastroso no puso ser! ¡Nuestros lanzadores otorgaron, nada más y nada menos, que 8 bases por bolas consecutivas y el equipo contrario anotó en 5 ocasiones y, lo más doloroso, sin conectar hit!

El profesor Alberto no sabía qué hacer, y comenzó a traer pitchers manejándose con los mismos jugadores que estaban al campo. Solo Raimundo Zequeira pudo, finalmente, sacar los 3 outs y el calvario concluyó.

A pesar del 5-0 el buen ánimo no faltó. Y, como obra de la providencia, nuestro equipo comenzó a descontar. Paulatinamente fuimos borrando la diferencia y llegamos a la parte baja de la 7ma entrada, nuestra última oportunidad al bate, con el score 5-4.

Correspondía el turno a Vladimir, y nuestro 3er niño en la alineación no lo pudo hacer mejor: al primer lanzamiento conectó doble entre los jardines centrales e izquierdo, lo que nos valió tener un corredor en posición anotadora y sin outs. La jugada estaba cantada. Darle la base por bolas a Rigal para trabajarme a mí, pero no; la dirección contraria optó por lanzarle y él tocó la pelota. Fue out en primera pero Vladimir se ancló en 3ra con la posible carrera del empate.

Ahí vine yo. “Aldito, empata esto, que yo lo termino”, me dijo el profe Alberto dándome un fuerte manotazo en la espalda. Me paré en el cajón de bateo y escuché que alguien gritó que me diera la base por bolas. “¡Una más, no!”, pensé. En 2 ocasiones al bate me habían dado 4 bolas malas y en la última había conectado un fly de sacrificio. Pero para mí tranquilidad veo al lanzador que se puso de frente y soltó una pelota que se antojó una recta en cambio. Hice el swing y escuché el toc, sonido onomatopéyico que hace la madera (estábamos jugando con bate de madera) al chocar con la pelota. Solo escuché la gritería y la voz de Alberto que me decía “corre, Aldito… Corre, Aldito”. Tuve noción de lo que había hecho cuando llegué a 1era y pedí tiempo: con hit al centro del terreno había empatado el juego.

Lo demás es historia. Nuestro profesor, a la mano contraria como se había pactado, conectó largo jonrón por el jardín derecho. Yo corrí, disfrutando la victoria, con los brazos en alto. De veras, no lo podía creer. Llegué al home y me dispuse a recibir a nuestro héroe que era traído en andas por alumnos y profesores. Cuando pudo me dio un abrazo. “Así se hace, campeón”, me dijo.

Pero cuando pensé que mis emociones culminarían… Se me acercó Lissette Maza Sarduy (mi vecina mi amiga, mi compañera, mi hermana de la infancia), una de las niñas más lindas de la escuela, y me dio un beso y un abrazo. “Todos felicitan al profesor, pero si tú no empatas el juego no hubiésemos ganado”.

Esa noche apenas pude dormir:

  1. Por la victoria
  2. Por la victoria ante alumnos que eran prácticamente hombres
  3. Por el detalle de Lissette para conmigo.

Analizando bien, no siempre me fue mal jugando béisbol. ¿Verdad?

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