“De ahí me viene la manía de comer croquetas crudas”

Si de algo me vanaglorio es que siempre he estado rodeado de personas con buena mano para la cocina. Aclaro, tanto mujeres (Mi abuela, mi madre, mi suegra, mi esposa…) como hombres (Cuco, mi hermano, es un excelente cheff improvisado). Y no solo alardeo de lo anterior, sino que lo agradezco porque, y lo reconozco públicamente una vez más, el hijo mayor de Luberta y Caridad, es incapaz de freír un huevo.

Lichy, mi media mitad, posee unos dotes culinarios asombrosos. Es experta en preparar platos exquisitos en tiempo récord, ante la mirada atónita de seres humanos ávidos de satisfacer su sistema digestivo.

¡No crean que las croquetas del San Juan tenían ese aspecto! La imagen es solo referencia al tema

Ella, la que me acompaña en el día a día, lo niega, pero, yo lo afirmo: Las croquetas que nacen de sus manos son exquisitas… ¡Aunque estén crudas!

– Déjame freír, Aldo, por Dios – reclama, un tanto molesta, después que, aprovechando su distracción, le robo 2, 3, 4 que están en espera de caer en la sartén donde hierve el aceite.

Solamente me río y, ante la imposibilidad de hablar, por el aquello de que con la boca llena no se puede hacer, rompo a reír evitando atragantarme.

– ¿De dónde te viene la manía de comer croquetas crudas? – me preguntó hace ya algunos años.

Período especial en Cuba. Años 1994, 1995, 1996…

Éramos un grupo que soñamos, en algún momento, con revolucionar la radio en la isla. Néstor, Cuco, Emigdio, Roly, Abelito, Patty, Luisito Posada, Manolito “El polluelo”, Ivette, Frank “el cojo” el mismo que por un tiempo recibió el mote de “Mogollón”, Alfredito “El almendrón”, Arístides Safora que prometió un día que si volvían las Cruzadas él agarraba su espada y se iba a las Cruzadas, yo… Llegábamos muy temprano a Radio Progreso y nos sorprendía la noche haciendo, y discutiendo, diáfanamente, sobre novedosas maneras de realización.

Para nosotros el tiempo no era problema, ni el inexistente transporte, ni la falencia de ropa o calzado… ¡No! Para ese grupo de “atrevidos muchachos” el único obstáculo, el único gran obstáculo que existía era la ausencia de comestibles. Ese afán de entretener las tripas con algún mendrugo, que en muchas ocasiones nos puso de mal humor, impulsó al hábito que, con los años, se ha convertido en reclamo de mi señora.

Resulta que el único alimento disponible estaba en el bar San Juan, sito a escasos metros de nuestro centro de trabajo, y, precisamente, consistía en croquetas crudas, aún está por definirse el sabor, porque el icónico centro comercial, que tanto ha dado de comer y de beber a generaciones de funcionarios de Radio Progreso, no tenía, ni por asomo, la posibilidad de freírlas.

El precio era 35 centavos cada una y vendían todas las que podías comprar. El grupo nuestro, caracterizado por el hambre insaciable y los muy bajos salarios, hacía una ponina, entiéndase vaquita, entiéndase colecta, para adquirir 20, 30, 40 y hasta 50 unidades de “aquella cosa” cuyo sabor, ácido en extremo, provocaba, poco tiempo después de la degustación, previas pestilentes flatulencias, inolvidables espasmos estomacales sucedidos de deposiciones fecales líquidas, fétidas y constantes.

Quizás muchos lectores nos acusen de cochinos, asquerosos, marranos, infectos… No voy a caer en controversias o disentimientos superfluos. Les autorizo a embadurnarnos de cuanto adjetivos se les antoje, pero, eso sí, piensen que “aquella cosa”, aquella masa indefinida que, sin proceso de cocción masticamos con apetencia, era, al menos para nosotros, quiméricamente hablando, un verdadero manjar.

En cierta ocasión fui sorteado para ir al San Juan y comprar nuestra manutención alimenticia.

– Acompáñame – le dije a Frank.

Y nos fuimos ambos a la captura del salvamento diario. De regreso, yo traía el trofeo, se me cae una a la acera. Frank y yo nos miramos con incertidumbre sobre si dejarla en el lugar o recogerla, porque ¡una croqueta menos era una croqueta menos; además, estaban contadas! Pero un perro callejero, de los tantos de la zona, se nos adelantó, o al menos eso pensamos.

El noble canino, con paso ágil a pesar de su enjuto y garrapatoso cuerpo, se acercó al alimento, lo olió, lo mordisqueó y… ¡Ahí mismo lo dejó!

– Gordo – me dijo Frank a punto de llorar –. Estamos muy mal. Ni ese perro come lo que nos comemos nosotros. ¡Tal parece que le dimos lástima!

Han pasado los años y todavía gusto de las croquetas crudas, a pesar de las peleas de mi esposa. Lo hago, y los seguiré haciendo, porque, aunque no los olvido, ni los olvidaré nunca porque sería traicionarme a mi mismo, es una manera de sentirme cerca de ese grupo de jóvenes que un día soñó con revolucionar la radio cubana.

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